Recuerdan a las ánimas con una muestra de altares en Yucatán

El humo del copal y del incienso, los aromas del maíz nuevo y del cacao convertido en chocolate, coloridos pétalos de las flores que nacen a las veras de los caminos del Mayab, se conjuntaron en la Plaza Grande de esta capital para recordar cómo se espera la llegada de las almas mayas.

Desde los cuatro puntos cardinales de la geografía yucateca, delegaciones municipales y dependencias de gobierno, dieron muestra de la fusión de creencias maya y española en una moderna cultura funeraria, la cual reza que las almas de los fieles difuntos retornan una vez al año para estar con los suyos.

Al igual que desde hace 20 años, la Gran Muestra de Altares del Hanal Pixán (Comida de muertos) congregó a propios y extraños en la emblemática plaza principal de esta capital, donde el aroma a tamales, mucbipollos o pibes, tortillas hechas a mano, shek (revoltijo) de cítricos y jícama, saciaba el alma de los muertos y provocaba el hambre de los vivos.

Altares de tres niveles (la tierra, el purgatorio y el cielo, concebido por la religión católica) fueron cubiertos con pulcros manteles blancos como marca la tradición, mientras otros fueron ataviados con hojas de plátano, para acrecentar el aroma del "pib".

Sobre ellos las ofrendas matutinas, agua, chocolate, pan, atole nuevo, así como dulces de mazapán, de pepita y coco, además de juguetes, bañados de coloridos pétalos de flores, buscaban honrar a los niños y niñas mayas que se adelantaron en el viaje al mitnal.

Otros altares tenían sobre si viandas abundantes que a los difuntos gustaba comer en vida: relleno negro, escabeche, tamales, pibes, relleno blanco, así como una extensa gama de guisos yucatecos que son "observados" por las fotografía de los difuntos que se colocan en los altares.

Bajo ellos, una cruz de cal, flores esparcidas en todo el camino, y velas de colores o blancas, alumbran el camino de los infantes, así como de los adultos, para que estos no se extravíen en su retorno a la casa de la familia, luego de un año de estar ausentes y en la que existe la posibilidad de que traiga algún amigo, al que hay que darle de comer.

Así, altares de todos los tamaños y colores, en estructuras de bajareque que simulan las características casa mayas circulares, se convertían en sitio de adoración al dios de muerte y de la vida, entre cuentas de rosarios y cantos de serafina, ambos en aparente proceso de extinción.

Entre ríos continuos de gente, que dan vida a una esperada celebración funeraria maya-católica, la plaza grande de Mérida cobijó las almas de los mayas difuntos y los cuerpos de los vivos, incluso de aquellos que se han extraviado y gustan transfigurar sus rostros en servidores de seres ajenos a los dioses mayas.