Reciben en Oaxaca a los Fieles Difuntos con coloridos altares

Al medio día del 31 de octubre las campanas de la iglesia y los cuetes resuenan en el valle zapoteca, anuncian la llegada de los angelitos, las almas de los niños que visitan a sus familiares en estas fiestas de Día de Muertos, a "los grandes" se les recibirá el 1 de noviembre.

Son las 12 en punto y el sol ilumina en pleno el patio de tierra de la casa de tía María, como la conocen en el pueblo.

Sus pequeñas manos morenas y torcidas por la artritis, aún pueden apresurarse a atizar el fuego para el copal, mientras su nieta, Laura, deshoja hábilmente la flor de cempasúchil a fin de hacer un caminito anaranjado que guíe a los angelitos desde la calle hasta el colorido tributo a los muertos, adentro de la casa.

En el altar de tres niveles, las pasitas de chocolate, los bombones, las manzanitas en dulce, las barras de chocolate oaxaqueño, el pequeño vaso de leche y al menos una decena de frutas variadas, son flanqueadas por sendos arcos de caña adornados con flor de muerto.

"Es que es un angelito, a los angelitos hay que ponerles dulces y cosas para los niños", explica al momento en que le abre paso a las veladoras blancas, entre el vaso de agua y el plato de sal, indispensables para "alejar a los malos espíritus".

Sin duda, al altar no puede faltarle el cempasúchil, la borla y la flor de muerto silvestre de diminutos pétalos blancos y morados que dan el toque final a la aromática ofrenda.

Afuera, el bullicio de la gente que acarrea flores al panteón no distrae a tía María, de eso se ocupará más tarde.

Y es que de acuerdo a la tradición, al medio día del 31 de octubre hay que recibir a los angelitos, a "los grandes" se les tributa al día siguiente, después de la vela en los panteones de la municipalidad.

Una vez que la mujer de largas trenzas entrecanas reciba a sus angelitos, tomará su carretilla y llevará sus flores al panteón San Miguel, donde descansan sus padres y varios familiares.

Por la noche, María, envuelta "como virgencita" en su rebozo negro jaspeado, velará entre frente a la tumba de sus familiares hasta que el sol ilumine nuevamente su rostro. Entonces, retornará a su casa a colocar los tamales de mole y dulce, el pletatamal, elaborado con maíz resquebrajado y una mezcla de chiles.

A la ofrenda, no le podrá faltar un cigarro, una cerveza y el mezcal predilecto de sus difuntos.

"Es mi tradición; me lo enseñó mi madre, y a ella se lo enseñaron sus padres y así, de generación en generación. Así recordamos a nuestros difuntos", explica la mujer que se alisa el mandil con las manos para estar presentable para la misa de más tarde.

Con la herencia ancestral de los antiguos pobladores de Monte Albán, Santa Cruz Xoxocotlán, es uno de los pueblos oaxaqueños donde el recuerdo de los Fieles Difuntos, cobra vida en estas fechas.

A la velada de muertos, ya tradicional en la zona, le adornan muchas otras actividades organizadas por la administración municipal, como obras de teatro, conciertos, un concurso de tapetes de arenas de colores y una muestra artesanal y gastronómica.

Por este motivo, las autoridades municipales calculan que durante la noche del 31 de octubre y las primeras horas del día 1 de noviembre, esta demarcación recibe un aproximado de 25 mil personas, entre visitantes locales, nacionales y extranjeros, quienes disfrutan de esta fiesta en la que la muerte, es celebrada.