Sufren transformaciones celebraciones de Día de Muertos entre mayas

En los últimos 15 años, las celebraciones vinculadas al Día de Muertos entre los mayas, principalmente los que emigran a núcleos urbanos, han sufrido diversas transformaciones y estilización de sus ritos.

Para el antropólogo e investigador maya, Lázaro Tuz Chi, la ceremonia para honrar a los difuntos ha cambiado como resultado del interés por institucionalizar estas festividades y sentir "que nos identificamos con los demás".

Al ofrecer una ponencia sobre rituales funerarios mayas, en el marco del Festival Internacional de la Cultura Maya, destacó que desde el nombre que se le da a estos ritos Janal Pixán (comida de muertos) se da una estilización de la fiesta, a la que en las comunidades rurales sólo se le conoce como días de finados.

"Si nosotros vamos a una localidad maya, veremos que sus habitantes no celebran el Hanal Pixán como lo conocen muchos, sino los días de finados, que son el reencuentro de los mayas con sus ancestros, en vez de concursos y rituales inventados en escuelas, instituciones o actos públicos", apuntó.

Un ejemplo de la transformación de la tradición maya es que los altares son de tres niveles -práctica extendida en el centro del país- en alusión al cielo, la tierra y el inframundo, pero en la comunidad maya sólo hay una mesa sobre la cual se ponen las fotos de los difuntos y alimentos sagrados, porque sólo alcanza para eso.

Además "vemos que también le ponen ron y su refresco de cola favorito, incluso cervezas modernas, cuando en los altares de las comunidades mayas encontramos sólo alimentos sagrados como el maíz, chocolate y guisos propios de la región, nada de calaveritas o dulces de este tipo", apuntó.

El Hanal Pixán, dijo Tuz Chi, como se celebra ahora en ciudades como Mérida, fue creado con base en prácticas funerarias mayas, pero a los que se les han sumado elementos que las tergiversan y alejan de la realidad de cómo conciben la muerte los nativos.

La vivencia de esta sacralidad entre los mayas es de profunda veneración de sus antepasados, de la continuidad histórica de su linaje, por ello es que los cementerios y osarios son espacios sagrados y no para infundir miedo.

Pero sobre todo, estos días de finados son de reencuentro con el ancestro que no ha muerto, sino ha dado el paso a una vida diferente, por ello es que en comunidades como Pomuch, en Campeche, se va visitar al abuelo a su casa -el cementerio- donde también vive la abuela, la tía, los bisabuelos, para conversar con ellos.

"Vemos que las personas limpian los huesos, los tocan, los abrazan, los besan, tienen esa necesidad como un símbolo de agradecimiento por descender de su linaje. Es un acto de comunión y comunicación, que poco a poco se pierde", lamentó el antropólogo.