Tlapehuala, lugar donde lo "poco" se convierte en "todo"

Aunque la figura de San Martín de Porres es una de las pocas cosas que rescató de su vivienda, Eusebia Salvador se siente bendecida porque nadie murió en su comunidad, Nuevo Guerrero, en este municipio de Tierra Caliente.

Lo lleva en sus brazos, ya limpio cual preciado tesoro, mientras camina entre los restos de lo que fue una tradicional casa de esta región: un amplio patio, adobe deshecho que alguna vez formó parte de los muros, restos de tejas y vigas de madera.

Se trata de un poblado en el que las imágenes no son tan llamativas como las de Chilpancingo, capital guerrerense, o de Acapulco, la perla del Pacífico; sin embargo, la tragedia aquí es más dramática y puede alcanzar sus peores facetas con el correr de los días.

Ser digno es ser merecedor de algo; ser digno ante una tragedia como la pérdida de camas, ropa, maíz para las tortillas de los siguientes días, estufas, ventiladores y otros enseres domésticos es recuperar, por lo menos, lo perdido.

En 17 casas de adobe de esta comunidad, las pertenencias de las familias se perdieron con la crecida del río Balsas; en la de doña Eusebia los nueve integrantes de la familia se quedaron sin un lugar dónde dormir, sin sábanas, y las pocas cosas que recuperaron quedaron enlodadas.

Las cifras enfrían la verdadera situación dramática que viven esas familias de Nuevo Guerrero; las pocas casas afectadas no revelan el trasfondo de la dignidad humana aquí, en este lugar en el que "poco" lo es "todo".

La mayoría de las mujeres se dedican al hogar y los hombres a labores agrícolas, choferes de rutas de transporte público o empleados con salarios muy bajos.

No huele a muerte, pero sí a humedad y miedo de que nuevamente la crecida regrese y los deje de nuevo fuera de sus casas, bajo la lluvia y los estragos de infecciones de la piel y estomacales.

A doña Eusebia, de 1.50 de estatura, el nivel de agua en su casa le llegaba a los hombros; asegura que nadie les avisó que desfogarían la presa El Caracol, en el cercano municipio de Apaxtla, lo que quizá les hubiera permitido salvar su estufa y documentos.

"Nadie nos avisó. Mucha gente se fue a las lomas y nosotros nos quedamos aquí cerca, arribita, sin dormir ni comer. Al cuarto día llegó una lancha pero nos traían pura agua y huevos, pero crudos, no teníamos dónde cocinarlos", relata la mujer de unos 50 años de edad.

DESATENCIÓN CRÓNICA

Más allá de tratarse de una inundación con pérdidas materiales -y humanas en otros puntos del estado- el panorama es amargo si se quiere ver tanto en Nuevo Guerrero, como San Juan Mina y Limón de Guadalupe de este municipio, donde los vecinos se quejan de una crónica falta de atención de las autoridades municipales.

En esto coincidió María Isabel Gutiérrez Silverio, de 45 años de edad, vecina de la colonia San Juan Mina y quien se dirigía a ver lo que llegó de ayuda a un albergue instalado en una cancha techada con lámina, en donde se resguardan ancianos y niños en su mayoría.

"El presidente municipal no nos ha ayudado. Nos han venido a dar apoyo de casas comerciales, de empresas, porque del gobierno nada, ni del estado ni del federal", aseguró.

Esta optimista mujer para quien vivir esta experiencia de "quedarse sin nada" será superada sólo con sus trabajos, ella como cabeza de familia y el de su marido como chofer, pues "son cosas que van y vienen".

Doña María Isabel sigue narrando cómo algunos de sus vecinos dejaron sus casas para resguardarse, con niños y ancianos, en un cerro conocido como San Antonio de Las Huertas y en la iglesia de El Calvario, en el centro de Tlapehuala, a unos 10 minutos a pie.

"Desde que yo nací nunca había visto una creciente como esta, ni los abuelos. Fue muy feo, el agua tiró a salir por dondequiera. Cuando me salí el agua me llegaba a los hombros", dijo aún sorprendida de lo que a ella y a su comunidad les tocó vivir.

EL "TITANIC" DEL BALSAS

Para Lauro Charco, originario de Tlapehuala y quien como muchos otros hombres de la región de Tierra Caliente se fue de inmigrante a Estados Unidos, la inundación le removió el sentido de pertenencia con sus paisanos.

Regresó hace un par de meses a Tlapehuala para sepultar a su abuelita; la indecisión para partir lo mantuvo aquí y la necesidad lo convirtió en capitán del "Titanic", una lancha de madera con la que pasan víveres hacia Corral Falso, en Ajuchitlán.

Con acento un tanto diferente al común de los tlapehualenses, Charco "presume" que empezó el primer servicio de traslado de comida y de cómo tras permanecer tres días "enterrado" en el río -que por la crecida superó sus márgenes habituales- el "Titanic" fue rescatado y aprovechado para ayudar a la gente.

Mientras se escucha de fondo el choque de botellas de vidrio, que acomodan repartidores de una empresa refresquera que llegó hasta la orilla para pasar su producto del otro lado del Balsas, admite que con miedo pasaban ocho personas en la lancha.

"Aunque le cobramos a la gente, lo hacemos como un favor, tanto por la necesidad de ellos como la mía, y los pasábamos. Fue el primer servicio que empezó a llevar comida", cuenta.

"Las colas llegaban de la orilla del río de Corral Falso y pasaban la iglesia. De hecho no alcanzamos a pasar todo lo que traían el primer día", sigue su relato.

Aclaró que no obstante la necesidad, algunas veces no cobraban o la tarifa era menor que la carga regular o de pasajero, que empezó en 40 pesos, luego 30 y que a casi dos semanas está en 15 pesos por persona.

Además, dijo que continuaban con el servicio durante la noche bajo la luz de un reflector, bajo su propio riesgo, porque se sentían mal de dejar a la gente gritando para que les llevaran víveres.