Manuel Etzín vende chicles para mantener a sus seis hijos

Manuel Etzín López es un indígena de 35 años, oriundo de Chamula en la región Altos, habla tzeltal y tzotzil y se dedica a vender chicles y cigarros en los parques de la capital, con la aspiración de establecer un negocio con su esposa.

No tiene tierras, tampoco la oportunidad de sembrar cultivos, comenta que se distribuye con su familia en San Cristóbal de las Casas y Tuxtla Gutiérrez para ganar unos pesos para el sostenimiento de sus seis hijos.

Sostiene que para él todos son "Día del Trabajo", pues "si no trabajo no como y tampoco mi familia", por lo tanto, tengo que salir a vender todos los días, diario gano de 70 a 180 pesos, pero pago junto con amigos la renta de un cuarto y desembolso 500 pesos mes.

Dice que hay mucha competencia, hermanos suyos, indígenas, emigraron desde hace varios años a esta ciudad en busca de empleo y lo único que consiguieron es vender de un lugar a otro, con el riesgo de que a cada rato los corra la policía municipal.

Comenta que no sabía que hay un Día del Trabajo, ya que "los pobres tenemos que trabajar todos los días", cuando llegué aquí, en 1998, boleaba zapatos, pero igual caminaba de un lugar a otro, llegué junto con otros compañeros".

Señala que ofrece sus productos (chicles, dulces, cigarros, cacahuates, paletas); le gana poco, pero siempre hay venta, los fines de semana es mejor porque las familias salen a pasear.

Revela que prefiere los parques 5 de Mayo, San Roque, La Marimba, Convivencia Infantil, debido a que la plaza central es de mucho riesgo, la policía anda corriendo a la gente, pero siempre hay quien compre lo que los indígenas venden.

"No se puede hacer más, luego de bolear zapatos, cuando ya conocía bien Tuxtla (Gutiérrez), intenté trabajar de peón, pero no se pudo, nadie da un empleo a quien no conoce, sobre todo porque no permitían a uno quedarse a dormir en las obras", afirma.

Cada 20 días o un mes se junta con su esposa en San Cristóbal de las Casas, Ana Santiz Díaz, quien se dedica a bordar blusas de manta y a venderlas en el parque de Santo Domingo y puntos otros cercanos, también vende chicles, collares de semillas, pulseras y bolsas de tela que ella misma borda.

Manuel Etzín López dice que la modernidad le ha pegado un poco, pues ya no usa su vestimenta tradicional indígena, a menos que regrese a su pueblo natal en la festividad del carnaval.

Afirma que practica su lengua materna porque convive con indígenas, algunos menores que él.

No deja de usar huaraches de piel de tres correas, pero sustituyó el huipil blanco de lana por la camisa de colores, a veces usa zapatos, "pero muy pocas veces", ya que indica que lo suyo es el atuendo de su pueblo.

Ya entrada la tarde, cuando el sol casi se oculta, regresa para encontrarse con sus amigos y hermanos, a unos les fue mejor que a otros; la habitación es pequeña, comparten baño, lavadero de ropa, no hay cama, en el mejor de los casos colchonetas, cartón, lo que importa es descansar.

Sólo piensa en que al llegar el mes sus ingresos crecerán para duplicarlos con los de su esposa y sostiene que no vale la pena el sacrificio de la separación en busca de ganar dinero, pero aspira a que llegue el momento en que establezca en Chamula un negocio "que le brinde el pan de cada día".