"Pelólogo" o peluquero, trabajo del pasado que sobrevive en la ciudad

Estéticas y salones de belleza proliferan, pero el tradicional oficio de peluquero en la ciudad de México se mantiene en pie y se resiste a desaparecer gracias a personas como Luis, quien afirma ser un "pelólogo", más que un cortador de cabello, porque escucha a sus clientes.

"Si existen los psicólogos, podólogos, sociólogos, ¿por qué no decir que soy un pelólogo? Aquí escucho a mis clientes, me comparten parte de sus vidas, cómo se sienten. A veces llegan cansados, cabizbajos y salen con otro semblante, derechos. Por eso soy más que peluquero: soy "pelólogo", afirma en entrevista para Notimex.

Justo en la esquina de Ignacio Mariscal y Ramos Arizpe, en la colonia Tabacalera, se ubica la barbería y peluquería Rafles que, desde su fachada y hasta su mobiliario desgastado, revela sus más de 60 años como espacio de acicalamiento y buena charla ofrecidos por su dueño: Luis.

Originario del estado de Puebla, Luis "El Rafles" tiene más de 43 años en este oficio, desde que llegó al Distrito Federal, y afirma que el "secreto" para mantener esta labor ante la modernidad no es "más que uno quiera, y esforzarse por ser bueno en lo que haces".

En la ciudad de México del siglo pasado era común ver reparadoras de calzado, peluquerías -con su clásico cilindro en franjas diagonales-, sastrerías, carbonerías, pulquerías. Con el paso del tiempo, sólo unos cuantos prevalecen en colonias populares.

Con sus instalaciones, piso y mobiliario desgastados que dan fe del paso de los años, más de 60, esta barbería y peluquería es una de las más antiguas de la colonia e incluso ha servido de locación para comerciales o películas como "Días de gracia", en 2012.

Acompañado de su hijo en el establecimiento a una calle del Monumento a la Revolución, Luis se dice orgulloso de mantener vivo el oficio, pues a pesar de que en ocasiones sólo tiene un corte en todo el día, asegura que "si volviera a nacer, volvería a hacer esto, pero mejor para ser el número uno".

"Yo no sé qué es lo que más le gusta a la gente que viene aquí, si la media hora que platicamos o la chin... que les arrimamos" es su frase. Agrega que "el chiste es que la gente asista no porque le digamos: 'se ve bonito', sino porque les damos otra atención: platicar con ellos", dice.

"El Rafles", quien se ocupó como billetero, cargador y ayudante de sastre, asegura después de 40 años como peluquero que la mejor forma de atender a una persona que busca sus servicios es "saber entender qué es lo que quiere, no hay más".

Con tijeras en una mano y el peine en la otra, Luis hace gala de sus habilidades, adquiridas gracias a un amigo y al anterior dueño de la peluquería.

Llegan dos clientes, primero uno de 34 años, quien desde pequeño acudía al lugar; después un señor de más de 50 años, ponen en sus manos sus cabelleras.

Detrás de los sillones, en el suelo, hay una "media luna" creada por el desgaste de los mosaicos, misma que ha sido formada a lo largo de los años por los pasos de Luis en su ir y venir para hacer la barba o corte de pelo de sus clientes por un pago de 70 pesos.

La situación económica y social del país no es ajena a este establecimiento y mucho menos a su propietario, quien afirma que el próximo 1 de mayo, Día del Trabajo, "no hay nada que celebrar. En lugar de festejar deberían de ponerse a trabajar esos que salen a marchar".

Hace referencia a los maestros que se inconforman con la aplicación de la reforma educativa en algunos estados de la República: "hace falta poner orden porque están afectando a terceros" opina, e insiste en que no hay algo qué celebrar el próximo miércoles.

Luis también habla de la "extinción" de diversos oficios como el de peluquero. La atribuye a que "ya nadie quiere aprender", sin embargo sostiene que "esta profesión es muy bonita, todas son bonitas, todo es cuestión de que le tengas amor y paciencia a lo que tienes".

Con su bata blanca y herramientas de antaño, pero listas, espera el arribo de quienes aún prefieren el tradicional estilo de una peluquería al vertiginoso procedimiento de una estética. Atendiendo más hombres que mujeres, pasa los días dando vida al lugar y al oficio que recuerdan al pasado.