Taipei vibra bajo el imponente rascacielos 101

Es poco más de la medianoche en Taipei, cuna del famoso rascacielos 101, bajo cuya imponente mole esta ciudad capital vibra en sus calles, mercados nocturnos y los café internet que nunca duermen.

La madrugada veraniega es propicia al entretenimiento de cientos de jóvenes que encuentran solaz y relajan sus animosos espíritus en los negocios de internet, donde se libran a intensidad extrema todo tipo de combates virtuales y retumba una música de estruendo.

En las calles de esta capital, donde viven poco más de dos millones de taiwaneses, se multiplican, aún en las medianoches calurosas del verano, centenares de motocicletas y bicicletas, entre los transportes más populares, incluso para mujeres que las conducen con sus hijos menores asegurados entre las piernas.

Los espacios reservados en las puntas de los cruces de calles y avenidas para motos y bicicletas trasuntan un tratamiento preferencial para este tipo de vehículos, económicos, rápidos y eficaces para el raudo traslado de centenares de taiwaneses.

Esto aún cuando la ciudad capital opera sistemas masivos de transporte como el metro, ordenado, pulcro y económico, o los amplios autobuses de pasajeros, cómodos y con visiones panorámicas, ocultables si prefiere el pasajero con cortinillas.

Los conductores de taxis también se multiplican en ansiosa espera de pasajeros noctívagos o patas de perro. Estos vehículos son una garantía de seguridad en una ciudad donde el comercio resulta incesante en los llamados mercados nocturnos.

Los mercados de noche, como se les conoce popularmente, expenden todo tipo de mercancías, en medio de atmósferas cuajadas de una gama de aromas de los variados y abundantes platos de Taiwán, que en los últimos 50 años se convirtió en uno de los tigres de Asia.

De hecho, el vigor taiwanés explica tasas de crecimiento que redujeron la pobreza a menos del 30 por ciento de los 23 millones de habitantes y que colocan a esta isla a la vanguardia de la tecnología.

Para un visitante latinoamericano resulta una sorpresa la ausencia callejera de pedigüeños, limpiadores incisivos de parabrisas y mucho menos indigentes.

Entre las primeras impresiones del visitante destaca la oferta de bienes de alta tecnología -iphone, celulares, computadoras, tabletas, gps, cronómetros de elevada precisión y todo tipo de videojuegos- a precios por debajo de los habituales en occidente.

Casi cada habitante en Taiwán tiene algún recurso tecnológico y los centros comerciales lucen imponentes.

Las autopistas de la ciudad, amplias, iluminadas, bien señalizadas y asfaltadas, revelan una adecuada planeación a mediano plazo, suficiente para albergar el previsible crecimiento urbano en la próxima década, al menos.

Esta ciudad, donde se erige el emblemático Taipei 101, el rascacielos que hasta 2010 fue el más alto del mundo, y que hoy aún se jacta de conservar el récord mundial por la rapidez de sus ascensores, que en segundos colocan al pasajero en alturas que rebasan los 90 pisos para regocijarse con vistas panorámicas de una ciudad relajada y en calma.

Impera el orden en Taipei y el turista o visitante casual no deja de sorprenderse por el clima de seguridad pública y la virtual ausencia de policías, aunque estos permanezcan en alerta todo el tiempo en sus patrullas color negro, similares a las que circulan en Los Ángeles, la ciudad al otro lado del océano Pacífico.

"Nos dimos cuenta de que nuestro país carece de muchos recursos naturales. Así que sólo nos quedaba el cerebro", refiere un taiwanés a este enviado.