Imparte Conafe con afán educación básica en comunidades marginadas

En esta comunidad de Almoloya de Juárez, en el Estado de México, la belleza de los paisajes y el aire fresco contrasta con la marginación y el afán de que los niños tengan educación, a pesar de todo, como si se tratara de una testarudez.

La voluntad la comparten los instructores comunitarios del Consejo Nacional de Fomento Educativo (Conafe), los padres de familia y los niños y jóvenes que se educan ahí a pesar de condiciones adversas como malos olores, falta de materiales, vidrios rotos, clima gélido y largas caminatas de su casa a la escuela, entre otras.

Tres aulas medianas se dividen para el preescolar comunitario Francisco I Madero; la secundaria comunitaria Frida Kahlo Calderón y la primaria comunitaria Emiliano Zapata.

Otro espacio sin techo y sin mesa es el comedor, uno más el dormitorio de los cuatro profesores del Conafe (tres hombres y una mujer), y otra pequeña instalación está a manera de baños para niños y niñas.

En la secundaria multigrados, donde se imparte educación para primero, segundo y tercero grado, con una mesa por cada uno, los menores de entre 12 y 16 años son de talla y peso bajos. Sus rostros son de niños y ninñas que sonríen porque periodistas y personal de la delegación del Conafe en Toluca están de visita. "No se les avisó, para que fuera sorpresa", se escucha por ahí.

En el salón se percibe un olor fétido, que parecen no notar, los niños ni el profesor Eustasio Macedonio Salazar, de 30 años. Es molesto, pero las clases están en marcha y los alumnos entusiasmados.

Paredón Centro II es una de las mil 209 comunidades que atiende Conafe en el Estado de México, todas con un número pequeño de habitantes, donde las casa-habitación están separadas, a veces mucho, unas de las otras.

Los fines de semana, en Toluca, el maestro Macedonio Salazar estudia la carrera de Derecho. A pesar de que los instructores del Conafe sólo atienden por dos periodos de clases, él lleva siete y seguirá hasta en tanto consiga un trabajo de litigante.

Es originario de Ocuilán, en los límites con Morelos. Vive en la escuela, pero está casado y tiene una bebé, que está a cargo de su esposa, quien es instructora comunitaria en San José de los Ranchos. Por esa razón sólo se ven los sábados por la tarde y los domingos; gana tres mil 700 pesos mensuales, pero expresó que entre los dos "jalando de aquí y de allá", salen adelante.

Refirió que durante 35 horas a la semana atiende a 14 alumnos, siete de ellos son de primero; tres de segundo y cuatro de tercero, por lo que va de una mesa a otra atendiendo a los alumnos con las fichas, y comentó que lo capacitaron en un mes y una semana en el municipio de Temoaya.

El maestro Macedonio advirtió del rezago de niños en matemáticas, operaciones básicas, español, ortografía y caligrafía, "pero hay que trabajar para sacarlos adelante".

Aquí, detalló, las necesidades son muchas: hay una televisión que no sirve, se descompuso la grabadora para las fiestas cívicas, existe una computadora llena de virus, un pizarrón en malas condiciones, los libros que todavía no llegan, faltan gises y materiales, entre otras cosas".

Este hombre que pasa los días con la comunidad, compartiendo sus fiestas y carencias, comentó que su trabajo le ha permitido la convivencia con la gente y saber valorar las cosas, además de compartir lo que sabe.

Antes de concluir la plática, advirtió la necesidad de que haya un Centro de Salud para atender de inmediato a cualquier persona, además de una carretera, porque sólo una brecha conecta al lugar.

Macedonio Salazar dio a conocer que los padres de familia se encargan de proporcionarles sus alimentos, seguridad y limpiar la escuela con el apoyo de los niños. "A veces traen la comida, otras hay que ir por ella, entre la lluvia y el lodo, caminando incluso horas". Por lo que confió en que les "mandaran botas e impermeables".

Sobre su trabajo informó que trabaja con fichas del Conafe, pues los libros de la Secretaría de Educación Pública (SEP) son sólo de apoyo. "Los temas se ven de una manera muy concreta. Está muy dosificado", opinó al tiempo de señalar que "la biblioteca está muy pobre..."

Al preguntar a los niños, todos hijos de campesinos, ganaderos y agricultores de maíz y avena, ¿quién quiere platicar con nosotros? las manos no se levantan. Todos esconden sus caritas y, si pudieran, se saldrían del salón. Una grabadora siempre inhibe.

Finalmente, dos niñas y un niño toman valor. Son Lizbeth Montes de Oca, Ana Karen Montes de Oca, de primero, y Giovanni Daniel Gómez, de segundo.

A las niñas les gusta el español y quieren más libros porque apenas tienen más biblioteca que la de su escuela. A veces, muy de vez en cuando, se compra un ejemplar en una librería, dicen, aunque es difícil de creer. A Giovanni también le gustan los libros, pero de pintura, porque quiere ser artista, en específico dibujante.

Cuando hablan de lo que les gusta sus ojos brillan, como si con tan sólo decirlo pudieran recrear la imagen, pero están conscientes de que los ingresos de sus casas son irregulares, a veces trabajan en lo que vaya cayendo y en ocasiones caminan media hora o más a la escuela.

Una de las menores, Ana Karen dijo: "me gusta caminar, pero quisiera que la escuela estuviera más cerca", porque hay veces que llueve, hace frío, hay mucha tierra que se convierte en lodo.

Salen al recreo. Las carencias no superan su alegría de vivir. Corren, se ríen, juegan con una pelota. Es momento de reír. Les gustan las fiestas de la escuela: celebrar el Día del Niño, el Día de Muertos, "y algunas veces hacemos lunadas; prendemos lumbre, vemos películas y luego nos dormimos, pero ya no sirve la tele".

En la primaria, el instructor Raymundo Valentín Rodríguez Peña externó que en la comunidad los niños "a veces llegan a tercero y no saben escribir, a cuarto y no saben sumar, no saben redactar, su ortografía y caligrafía es pésima, pero estamos para echarle ganas, apoyarlos para que puedan mejorar".

La preprimaria la atiende una instructora que comparte cuarto de dormir con sus compañeros. En el lugar hay cuatro catres y debajo de cada uno, una alfombra. Arriba cuatro cobijas. Un poco de trastes, una estufa y un cilindro de gas, para que puedan calentar sus alimentos.

Al preguntarle si no le incomoda ¿dormir con tres compañeros más?, la profesora no puede ocultar que no es fácil, pero advirtió que conviven mucho y que el respeto que se tienen no tiene lugar a dudas.

Sin embargo, a cualquier mujer, hombre también, debe dificultársele realizar cosas tan simples como ponerse una pijama para dormir, en presencia de personas que no son de su sexo o que es alguien realmente cercana.

Esta comunidad mexiquense no es una excepción. Aquí, como en muchas otras zonas marginadas del país, el Conafe, los padres de familia y sus hijos trabajan a contracorriente, con más valentía que con recursos.