Los primeros pasos de Dilma Rousseff hacia la presidencia de Brasil

A mitad de su primer mandato, sin que nadie lo esperara, el presidente de Brasil, Luiz Inácio Lula da Silva, decidió que Dilma Rousseff ocupara la jefatura de la Casa Civil de su gobierno, el cargo más importante del entorno palaciego, aun sin tener un perfil necesariamente político.

El mandatario requería de alguien como ella: confiable, incorruptible y con carácter para supervisar las actividades ministeriales, de modo que, convencido de que su ministra de Energía era la figura precisa, la colocó ahí para hacer funcionar la maquinaria gubernamental de la forma más eficiente.

A partir del 16 de junio de 2005, Dilma -con un estilo aparentemente tecnocrático, lejano a sus posturas políticas del pasado- fue también el recurso que Lula encontró para relajar una economía excesivamente restrictiva que, desde los primeros días de su administración en 2003, había impedido promover el crecimiento nacional.

Las elevadas tasas de interés y el alto superávit fiscal comprometido generaban una camisa de fuerza y, a pocos meses de estrenar su puesto, Dilma comenzó a criticar abiertamente al ministro de Hacienda, Antonio Palocci, por pretender impulsar un nuevo programa de ajuste fiscal.

La ministra consideraba que, lo que el país necesitaba, eran medidas capaces de favorecer el crecimiento económico, imponiendo medidas graduales para recuperarlo, convirtiéndolo en una de las principales metas gubernamentales, permitiendo así que el país viviera el inicio del llamado "Brazil Moment".

Para ello, se lanzó en 2007 el Programa de Aceleración del Crecimiento (PAC), por medio del cual el gobierno lulista se dispuso a canalizar más de 40 mil millones de dólares en grandes obras de infraestructura y obra pública, que abarcaban totalmente la enormidad del territorio brasileño.

Al quedar al frente del proyecto -como la "madre del PAC", decía la ciudadanía beneficiada con él-, Dilma Rousseff fue colocada también bajo los reflectores de la atención pública de Brasil.

Nadie veía en ella a una contendiente seria a la presidencia, posibilidad que comenzó a verse claramente, cuando, meses antes, Palocci, considerado la otra figura del gobierno, renunció tras ser acusado de cometer abusos de autoridad para deshacerse de sospechas de corrupción.

José Dirceu, antecesor de Dilma Rousseff en la jefatura de la Casa Civil, y Palocci, quienes aparecían como sucesores de Lula, quedaron fuera del juego sucesorio, y fue entonces cuando ella pasó a ser la candidata presidencial.

Otros nombres aparecían en el tablero: el ministro de Justicia, Tarso Genro; el de Educación, Fernando Haddad, y el de Desarrollo Social, Patrus Ananías, entre otros, aunque no todos con trayectorias partidistas relevantes.

En el Partido de los Trabajadores (PT) anterior a Dilma -quien se afilió al mismo en 2001, al distanciarse de Leonel Brizola, caudillo del Partido Trabalhista Brasileiro (PDT)-, ninguno parecía tener estatura política suficiente.

El principal defecto de los precandidatos era que, ni de lejos, tenían el apoyo del mandatario, el exsindicalista sin estudios que, indudablemente, mostraba enorme habilidad para tejer y destejer la intrincada madeja política que tenía en sus manos de antiguo y combativo obrero metalúrgico.

A pesar de eso, nadie se atrevió a protestar ante la inclinación de Lula hacia su ministra, cuyo nombre ya comenzaba a circular en el ámbito político como posible candidata petista a la presidencia de Brasil, como sucesora de Lula da Silva, a partir de abril de 2007.

El primer mandatario de la nación se anticipó entonces a cualquier discusión o negociación, así como a que cualquiera de los potenciales precandidatos organizase sus propias fuerzas.

Lula da Silva llevó a Dilma a las plazas y apareció con ella en numerosos actos públicos, más que con cualquier otro de sus ministros, invitándola a sus giras a Estados Unidos, naciones de la Unión Europea (UE), Rusia, India y China, sus socios en el grupo BRIC, que aún no incluía a Sudáfrica.

Dilma -"ministra de lujo", decían sus rivales internos y externos-, también fue acompañante privilegiada en visitas a numerosos africanos, a los cuales Lula destinó muchas de sus giras al extranjero, preparándola así para hacer de ella la figura nacional e internacional que Brasil necesitaba.