Mandatarias de Brasil, Argentina y Chile con origen político similar

Hay quienes se atreven a afirmar que Brasil, Argentina y Chile se parecen en algo: las tres naciones latinoamericanas eligieron a tres mujeres con un origen político similar, producto de los regímenes dictatoriales que padecieron en las décadas de 1960 y 1970, en un subcontinente cuyos gobiernos militares dejaron un sello autoritariamente trágico.

Las tres mandatarias han expresado su orgullo de sentirse moralmente superiores a otros presidentes y de haber sido capaces de administrar circunstancias distintas, a partir de sus respectivas y contradictorias realidades nacionales.

Este era un sólido argumento expuesto insistentemente por el ideólogo peronista argentino Rodolfo Puiggrós, rector de la Universidad Nacional de Buenos Aires en 1973, quien se encargó de orientar con su pensamiento a una generación que, en parte, fue diezmada mediante el secuestro, la desaparición y el asesinato por un sistema necrofílico sin paralelo en Latinoamérica.

Con una favorable coyuntura mundial en el pasado inmediato y sociedades inconformes aunque tolerantes ante oposiciones diferentes, en Brasil apareció Luiz Inácio Lula da Silva como creador e impulsor de un milagro económico entre 2003 y 2010, como han subrayado destacados analistas, entre ellos Emir Sader.

Los tres países están gobernados por mujeres de valor, a la izquierda de convicciones políticas bien definidas que, en el caso de Michelle Bachelet -nacida en 1951, formada en el exilio como pedíatra en la República Democrática Alemana-, se forjó luego de la muerte de su padre, el general allendista Alberto Bachelet, víctima de la dictadura de Augusto Pinochet Ugarte.

Dilma Rousseff, nacida en Belo Horizonte, estado de Minas Gerais, en 1947, fue torturada desde el momento de su detención en enero de 1969, durante un operativo ejecutado por los agentes de la dictadura militar que tomó el poder en Brasil cinco años antes.

El régimen castrense cesarista iniciaba entonces su etapa de mayor represión en contra de militantes de la oposición armada, de la cual Dilma Rousseff -con los alias de María Luiza y Marina, entre otros sobrenombres- formaba parte de una célula guerrillera de la Vanguardia Armada Revolucionaria (VAR) Palmares.

Nacida en 1953, dos años después del golpe militar que depuso a Juan Domingo Perón y tras la muerte de su esposa, Eva Duarte, Cristina Fernández Wilhelm formó parte de esa joven generación que, incluido quien sería su esposo, Néstor Kirchner, buscaba reivindicar el pensamiento nacionalista que enseñaban y alentaban Puiggrós, Raúl Scalabrini Ortiz, John William Cook y Juan José Hernández Arregui.

Hoy, los tres países y gobiernos y sus tres mandatarias viven momentos difíciles, enmarcados en graves crisis políticas, económicas y éticas, si caben esos términos, sin que -aseguran sus opositores- puedan presentarse como lideresas del cambio.

"Su popularidad se ha despeñado desde el cielo al infierno", subraya un corresponsal español que prefiere el anonimato, más aún incluso la de Dilma Rousseff que la de Bachelet y Fernández de Kirchner.

Acusada de no reaccionar ante la crisis de confianza de su electorado, intentando minimizar una crisis que los sondeos revelaban con evidencia, Michelle Bachelet asumió una decisión drástica como respuesta a la protesta ciudadana, al relevar a todo su gabinete y anunciar una renovación inmediata.

En Brasil, los últimos acontecimientos muestran un Congreso en el que su mayoría -debido a un enfrentamiento permanente con el Poder Ejecutivo- se desgasta día a día, al tiempo que Dilma Rousseff se ha visto obligada a aislarse y a protegerse de las protestas para evitar mayores cuestionamientos.

Todo ello sumado a un Partido de los Trabajadores (PT) que obstaculiza las medidas de ajuste instrumentadas por el ministro de Hacienda, Joaquim Levy, y a una opinión pública que sigue gritando "Fora Dilma" y "Fora PT", formación política que tuvo en el expresidente Lula da Silva a un dirigente carismático y protagónico, que aparece y desaparece cuando así conviene a Dilma.

El gesto de Michelle Bachelet quizá no baste; pero intenta decir a la opinión pública chilena que ha entendido por qué le negó su confianza, como ocurre con la bipolar sociedad argentina, cuyo abanico ideológico va de la extrema izquierda -compuesta en un sector gubernamental por exmilitantes del Movimiento Peronista Montonero (MPM) del que formaron parte Néstor y Cristina como "setentistas"-, hasta una ultraderecha que defiende los crímenes de la dictadura golpista de 1976.

"Las crisis nunca son iguales", precisa el periodista madrileño anónimo radicado en Río de Janeiro; pero no cabe duda de que las que atraviesan las gobernantes de Argentina, Chile y Brasil, protagonizadas por gobiernos de izquierda y progresistas, se parecen demasiado.

Las críticas a Rousseff se centran en que sigue en la ilusión de negar la crisis, calificándola de "pasajera", sin entender que las protestas callejeras se endurecen contra ella y su partido, y que habrá que empezar de nuevo.

A Dilma Rousseff le sugieren tomar una decisión que revele que acepta con humildad que el país está en crisis, irritado, a la espera de algo que rescate su confianza, pues como afirmó el exrival de ella en los comicios de 2010, José Serra, "el problema de Brasil no es la corrupción o la economía, sino la fragilidad del gobierno".

Dilma remitió la responsabilidad económica al ortodoxo Joaquim Levy, y la política a su aliado, el Partido del Movimiento Democrático Brasileño (PMDB) -en la persona de su vicepresidente, Michel Temer-, aunque ya sea la más clara oposición en el Congreso y en el mismo Palacio de Planalto.

Se reitera que debe reconocer que la gestión económica de su primer mandato resultó equivocada y provocó una crisis que la obliga a hacer ajustes que golpearán a los trabajadores y a los más pobres, que debe admitir que la crisis de Petrobras fue un saqueo sin nombre de políticos y ejecutivos al erario nacional.

¿Dilma, Cristina y Michelle habrán entendido sus crisis y estarán dispuestas a enfrentarlas? Hasta el momento han librado lo peor; pero en una América Latina tan cambiante nada está escrito y en esas tres naciones, menos que en otras.