En Brasil, la corrupción pertenece al orden natural de las cosas

Según Transparencia Internacional -entidad civil internacional que mide el grado de corrupción en el mundo-, la República Federativa de Brasil, donde ese fenómeno forma parte de los usos y costumbres nacionales, está en el lugar 69 entre 175.

"Estamos en una coyuntura que muestra una vergüenza insoportable", admite José Cortés Prado, ex funcionario del Departamento de Tránsito (Detran) de Río de Janeiro, radicado en la capital del país desde su jubilación en 2010.

Para Cortés Prado, el Partido de los Trabajadores (PT) de Luiz Inácio Lula da Silva y Dilma Rousseff perdió el candor en 2005, con el "mensalao", que llevó a prisión a varios de sus dirigentes.

De ese modo se han repetido y prolongado los escándalos de tiempos de Fernando Collor de Mello, que constituyeron el orden natural de las cosas entre 1990 y 1992, fase en que el robo a las arcas nacionales se convirtió en moda.

"La corrupción tiene una proyección distinta sobre la política en cada país", escribía el profesor Jaguaribe; pero ahora Dilma está en un infierno porcentual del 13 por ciento que sólo experimentó la cleptocracia de Collor de Mello.

Si de nacionalidades se tratara, la hipótesis propuesta por Hélio Jaguaribe para desentrañar las divergencias es que, por ejemplo, los argentinos toleran la corrupción mucho más que los chilenos y los brasileños.

Según la consultora Isonomía, sólo el 10 por ciento cree que la corrupción es más grave que la inseguridad o la inflación, y que también influyen las estrategias para lidiar con la crisis, considerando que Dilma Rousseff es un personaje en transición.

Reconoció irregularidades y anunció reformas; pero los politólogos argentinos dicen que el PT se está "kirchnerizando", luego de que el 13 de marzo convocó fallidamente a defender al gobierno y a la mandataria en apuros.

Y es que el 29 de ese mes, su presidente, Rui Falcao, repitió la tesis argentina: los sectores concentrados y la prensa pretenden condicionar la voluntad popular, de modo que resurge la denuncia de Lula da Silva: hay un ataque de las "élites blancas".

Los vaivenes de Dilma Rousseff son un enigma por la debatida polarización que se mostró electoralmente el 5 y 26 de octubre de 2014; es decir, un Brasil partido por la mitad.

El norte de los pobres -entre ellos el estado de Pernambuco, tierra de Lula, el exobrero metalúrgico que llegó a presidente-, subsidiado, votó por el petismo, mientras el sur de clases AB -ricos y clases medias- demandó cambios.

Joaquim Lev, convertido en el todopoderoso ministro de Hacienda de Brasil por decisión de Dilma, tiene que seducir con su política económica a aquéllos que lo maldicen en las calles.

A fin de cuentas, el llamado "Doutor Maos de Tessouras" ("Doctor Manos de Tijeras") es el menos culpable de la corrupción, que pesa como el peor de los males que secularmente han azotado a Brasil desde el principio de sus cinco siglos de historia.

A la corrupción habría que sumar el pronóstico negativo sobre la economía brasileña hecho por el Fondo Monetario Internacional (FMI) en su más reciente informe sobre la materia.

Hasta hace unos años, la economía de Brasil se consideraba la más potente a escala regional, que se contraerá en 2015 en 1.0 por ciento, con la clase media del país sudamericano como su posible tabla de salvación y, al mismo tiempo, la principal afectada.

La novedad es que esa clase media exige mayor presencia, sale a la calle y quiere formar parte en la salida a una crisis que se complica todos los días, con un Producto Interno Bruto (PIB) en caída libre, mayor inflación y desempleo a la alza.

La gravedad de la situación se debe a que al factor económico se añade un vacío político, con un gobierno enfrentado con sus aliados en el Congreso nacional, mientras la justicia sigue destapando el pozo de la corrupción.

Para el sector medio de la población, lo más grave es que la presidenta Dilma Rousseff -cuya popularidad ha caído como nunca en unas semanas- ya sólo cuenta con un 13 por ciento de la aprobación ciudadana a su gestión.

La pregunta que se hacen los expertos es quién podrá salvar a Brasil de una situación que podría alejar a los inversionistas extranjeros, mientras se agudiza la presión de las protestas populares por las promesas de campaña incumplidas, los recortes anunciados y el caso Petrobras.