Medio ambiente, reforma agraria y sistema penal, pendientes de Brasil

Entre otros de sus pendientes, Brasil debía mirar con mucha más atención hacia sus conflictos, como el que representa en aspectos ambientales la presa de Belo Monte en la Amazonia, donde el gobierno de Dilma Rousseff reproduce la visión de la dictadura tecnocrática-militar que tuvo el país entre 1964 y 1985.

Tratar a la selva como un cuerpo para la explotación pone de manifiesto, en su totalidad, los errores de los gobiernos -no solamente el brasileño, sino de América Latina- al llegar al poder, a los que se suman otros igualmente graves.

En el caso de la nación sudamericana con la mayor selva húmeda del planeta, la situación es que la Amazonia queda lejos para la mayoría de la población y aparece menos en los medios de lo que debería, o con una visión de mundo urbana, sin reconocer diferencias.

De lo contrario, los agravios cometidos contra los campesinos pobres, los pueblos indígenas, las poblaciones tradicionales y una selva prioritaria para el clima del mundo, para el presente y para el futuro, serían reconocidos como el escándalo que constituyen.

Por otra parte, el Movimiento Sin Tierra (MST) denuncia que en Brasil no se ha hecho cabalmente la reforma agraria, y que el gobierno se quedó corto en salud y educación, transformando el "Brasil, Patria Educadora" en un lema sin contenido, vacío, y avanzando poco en una política de ataque a la delincuencia que no previene, sino que reprime.

En cuanto a la saturación y la consecuente crisis en los penales, hay un modelo que encarcela a miles, en un sistema penitenciario sobre el cual el ministro de Justicia, José Eduardo Cardoso, ha dicho que "prefiere morir antes que cumplir una condena".

Entre los compromisos no cumplidos hasta ahora en Brasil -cuyos gobiernos cooptaron desde 2003 a una gran parte de los movimientos sociales- está el hecho de haber priorizado la inclusión social por medio del consumo, no de la ciudadanía, sino retrocediendo en cuestiones como la homofobia y el aborto.

En el plano político, Luiz Inácio Lula de Silva y Dilma Rousseff se asociaron entre 2003 y 2014 a lo más viciado que había en la partidocracia brasileña y a los viejos clanes de los caciques o "coroneles", como el procreado por el expresidente José Sarney (1985-1990), antiguo aliado de la dictadura militar.

"Esto es tanto o más importante que la corrupción, acerca de la cual siempre se puede decir que comenzó mucho antes y atraviesa a la mayoría de los partidos, lo que también es cierto", opina Octavio Amorim Neto, investigador de la Fundación Getúlio Vargas.

Observar este escenario con honestidad después de más de 12 años de gobierno del PT, no significa dejar de reconocer los avances que éste ha representado para millones de brasileños, en un poder ganado mediante el voto en tres elecciones presidenciales consecutivas.

Sin embargo, esos avances, como la inclusión de más de 30 millones de pobres a la clase media en cerca de una década, no pueden anular ni las traiciones, ni los retrocesos, ni las omisiones, ni los errores.

Para el profesor Amorim es necesario enfrentar la compleja realidad nacional por numerosas razones que, sin duda, hablan del fracaso del sistema político en el que Brasil lastimosamente está inmerso, más allá de partidos y mandatos constitucionales.

Hay quienes, por ejemplo, hicieron de la construcción del PT un proyecto de vida, centrado en luchas específicas; pero hoy esas personas se sienten traicionadas porque la organización política olvidó sus causas y se alineó con los mismos torturadores que atormentaron físicamente a la presidenta Dilma Rousseff cuando militó en la guerrilla.

Los científicos sociales se preguntan si Brasil tiene tiempo de construir un proyecto a partir de las nuevas experiencias políticas de participación, que se abren en un momento histórico de tantas dificultades como el actual, con temas aparentemente sin solución como los mencionados.

Las personas mayores, aquellas que fueron víctimas del autoritarismo militar y estuvieron en la oposición armada y/o desarmada, se sienten traicionadas por lo que pasa en una nación que, hasta hace pocos años, estaba en el "top-six" de la globalidad.

¿Es posible construir y creer en un nuevo proyecto nacional ante lo ocurrido en Petrobras, la corrupción infinita, las masacres en las cárceles, la violencia agraria y urbana, la crisis económica y el nulo crecimiento?

Son temas profundos y también brutales, dice Octavio Amorim Neto: "Y estamos justo en el momento más crucial de ellos", por eso la generación de este investigador ha llorado -reconoce-, al ver cómo se perdían las ilusiones populares en las protestas de marzo pasado ante una derecha golpista, dispuesta a que la intervención militar supusiera el remedio a la prolongada agonía que padecen los brasileños.