Italia es amenazada por caos y anarquía en Libia

Con una historia de colonización e intervención militar en la actual Libia, Italia observa con creciente preocupación el caos y la anarquía que reinan en la nación africana, ubicada a poco más de 300 kilómetros de sus propias costas.

Bastaron las banderas negras de la organización yihadista Estado Islámico izadas en los techos de la ciudad libia de Sirte y la decapitación de 21 egipcios coptos por parte de los fundamentalistas para que en Roma sonaran todas las alarmas.

El pasado 13 de febrero, el ministro italiano de Exteriores, Paolo Gentiloni, anunció que el país "estaba listo para combatir" en territorio libio, como parte de una misión militar coordinada por Naciones Unidas.

Dos días después, en la misma línea, la titular de Defensa, Roberta Pinotti aseguró que cinco mil soldados italianos serían movilizados, mientras el titular del Interior, Angelino Alfano, advirtió que no había tiempo que perder, pues "el Califato está ante nuestras puertas".

Sin embargo, el pasado 16 de febrero el primer ministro Matteo Renzi corrigió el tiro y aclaró que no era el momento de una intervención militar en Libia, que había que esperar a la ONU y, sobre todo, que se necesitaban "prudencia y cuidado" y "no pasar de la indiferencia a la histeria".

Lo cierto es que a más de 100 años del primer desembarco militar italiano en el territorio que hoy es Libia, la opción de una intervención aparece nuevamente sobre la mesa, consideró Lucio Caracciolo, director de la revista de geopolítica internacional Limes.

En un artículo publicado por el semanario L'Espresso, Caracciolo dijo que tras la participación en la misión que en 2011 derribó al dictador Muammar Gadafi y que fue patrocinada por París y Londres, ahora Roma debe decidir de que manera asomarse al territorio que durante el fascismo fue considerado su "cuarta costa".

La presencia italiana en Libia comenzó con el primer ministro Giovanni Giolitti, quien el 4 de octubre de 1911 envió a Trípoli a mil 732 marineros para combatir al Imperio Otomano.

Se trató del inicio de una aventura colonial que acabó, solamente, después de la Segunda Guerra Mundial y que en 1969, con el golpe de Estado de Gadafi, se tradujo en la expulsión de miles de italianos que se habían instalado en el país norafricano.

La influencia italiana en Libia alcanzó su máximo nivel durante la dictadura de Benito Mussolini y según datos oficiales, en 1939 el 13 por ciento de la población de la nación africana era originaria del país europeo.

De acuerdo con estimaciones de Trípoli, la conquista libia y las sucesivas represiones italianas costaron la vida a casi 100 mil ciudadanos libios (sobre una población total de 800 mil habitantes).

Fueron esas las razones por las que Gadafi mantuvo abierto un contencioso con Roma que fue aparentemente resuelto con el acuerdo firmado el 30 de agosto de 2008 con el entonces primer ministro italiano, Silvio Berlusconi.

El tratado contemplaba una compensación de cinco mil millones de dólares a pagar en varios lustros y la realización de obras de infraestructura, entre ellas una autopista de mil 700 kilómetros de largo que debía conectar a Egipto con Túnez a través de la costa libia.

Empresas italianas también se garantizaron el control de la explotación de yacimientos de hidrocarburos, de plantas para la fabricación de vehículos y hasta la construcción de un auditorio en Trípoli y del aeropuerto de Kufra, en medio del desierto.

La caída de Gadafi y la guerra civil dieron al traste con los grandes proyectos y con el deterioro de las condiciones de seguridad y el cierre de la embajada italiana en Trípoli a mitad de febrero, las inversiones y contratos de la nación europea en Libia quedaron suspendidos.

Según Caracciolo, los diversos grupos armados que combaten entre sí en el país africano buscan ahora el control de los tráficos ilegales en Libia (entre ellos el tráfico de inmigrantes indocumentados) y de los recursos energéticos.

Por su parte, Egipto ambiciona controlar los yacimientos de hidrocarburos, mientras Francia no renuncia a expandir su influencia en la zona.

En ese contexto, dijo, Italia no está preparada para participar en una misión militar de duración seguramente larga y con costos humanos muy elevados.