Natividad heredó cultura de convivir con inundaciones durante lluvias

Natividad Hernández Santiago toda su vida ha estado a escasos 30 metros del río Pichucalco, y, con su esposo y dos hijos, afirmó que heredó la cultura de convivir con las inundaciones en época de lluvias intensas y creciente de ríos.

A un costado de la carretera Villahermosa-Teapa, a la altura del kilómetro 5.5, en la ranchería Plutarco Elías Calles, tercera sección, se erigen cinco viviendas rodeadas de vegetación y un árbol de mango casi en el centro.

Mientras las lluvias no son fuertes en la zona alta de la zona serrana y el río no comienza a crecer, todo es normalidad en ese núcleo habitacional, donde hay cuatro familias con lazos cosanguíneos entre sí, pues una de las casas está deshabitada en este momento.

Natividad Hernández indicó que es ama de casa y su esposo trabaja como chofer en una empresa que transporta desechos, mientras sus hijos van a la escuela.

Sobre la creciente del río Pichucalco, que en diciembre pasado se desbordó hacia zonas de regulación y los obligó a trasladarse un mes con familiares en Villahermosa, señaló que ya están acostumbrados.

"Es algo normal, es un lugar donde nos sentimos bien, hay mucho espacio y árboles en proporción al terreno, y como aquí (en Tabasco) hace mucho calor, nos satisface que nos den sombra los árboles", expuso.

El río Pichucalco, que proviene de la zona serrana del norte de Chiapas, se une al río de la Sierra un kilómetro antes de Villahermosa, y tras bifurcarse forman el río Grijalva que pasa frente a la ciudad hasta desembocar en el Golfo de México.

"Ya sabemos que cada año va a crecer y vamos a salir, esa es la vida de nosotros", apuntó.

En este momento el río está dentro de su cauce y cuenta con unos 30 metros de espacio para derramarse, pero una vez que bordea la zona elevada de casi un metro, en el claro donde están asentadas las casas, es momento de irse.

A partir de mediados de septiembre de cada año, cuando comienzan las lluvias de mayor intensidad, es cuando todos comienzan a observar el crecimiento diario del nivel en el río.

"Todos los días nos levantamos para ver cuánto creció y lo vamos viendo en los árboles que están en la orilla. Ya cuando llega al bordo es cuando nos vamos porque luego para salir es un problema, aún en vehículos", manifestó.

Recordó que en 2007, en la mayor inundación contemporánea en Tabasco, estuvieron dos meses fuera de su casa, pues a diferencia de los desbordamientos tradicionales que no superaban el metro de altura, en esa ocasión alcanzó casi los tres metros.

"Perdimos todo. Estábamos acostumbrados a dejar nuestros muebles y todo levantado más o menos a la altura que no le llegara el agua. Cuando venimos a ver ya no se podía ni entrar y mucho menos sacar algo", señaló.

Aunque desde entonces no ha vuelto a crecer tanto el río, construyeron una segunda planta en su casa para guardar pertenencias y no perderlas de nuevo, a fin de ser precavidos cuando deban salir ante la creciente.

A su vez, mencionó que el agua se queda estancada durante semanas, por lo cual se pudre junto con la vegetación, por lo cual hay riesgo de infecciones.

Una vez que baja el agua y pasa la temporada de lluvias fuertes en noviembre, aunque a veces de manera atípica se presentan como en diciembre pasado, regresan para desinfectar y pintar de nuevo.

Luego de la inundación de 2007, el gobierno estatal les ofreció una vivienda en el fraccionamiento Bicentenario, pero decidieron no irse porque no están sobre un terreno irregular, sino son propietarios del terreno desde generaciones atrás.

"No vamos a cambiar este lugar por otra casa. Aquí tenemos nuestros árboles, espacio suficiente y vivimos entre familiares", puntualizó.

Sin embargo, en su niñez era distinta la forma de convivir con el río, "cuando éramos pequeños, mi mamá era tan arraigada que mandaba a hacer tapancos para levantar todo y quedarse aquí; a mí me daba miedo, pero ahora nosotros no nos arriesgamos".

Además, subrayó, nunca han tenido problema para quedarse en otro lugar de manera temporal.