Zócalo, sustituto de tierras mundialistas

Futbol feliz, que despierta la esperanza de todo un pueblo, con la posibilidad de triunfar en el deporte más popular de la era moderna.

Futbol capaz, que congrega, une en un sólo pensamiento que se palpa desde la intimidad de los hogares hasta los centros de reunión más representativos, como es el caso del Zócalo de la capital de la República.

Futbol fecundo, que exacerba el nacionalismo, quizá hasta el patriotismo que se manifiesta en los gritos a favor de las cualidades que se identifican como propias, al mismo tiempo que la denostación del adversario a través del grito de moda surgido de las gargantas que se congregan en los estadios, como el ilustrativo grito popular con la palabra de moda.

Futbol cinta, que distrae de la necesidad, de los problemas cotidianos de los imperativos vitales y que permite sumergirse, aunque sea por un momento, en la fiesta universal que convoca el rodar de una pelota que los medios de comunicación son capaces de llevar desde tierras brasileñas hasta cada punto del planeta.

Futbol financiero, que los mismo moviliza a los ejecutivos de algunas de las empresas transnacionales más importantes del mundo, que atraen como imán a la masa amorfa al centro de su ciudad goza de la comunión colectiva del enfrentamiento entre 22 jugadores, la mitad de cada grupo represente a su país.

Futbol fecundo, que germina y da fruto a partir, no sólo de la intrínseca necesidad del ser humano de jugar, convivir y divertirse, sino también del interés de los poderosos de este mundo por contar con un espectáculo que, más de producir dinero, analice la energía social como se ilustra en la concentración del Zócalo capitalino al que miles de personas que llenan tres cuartas partes del espacio disponible están pendientes de las incidencias que ocurren al sur del continente.