La catarsis del fútbol

Hago especial mención de la importancia sin medida que el fútbol tiene para nuestros pueblos. A pesar de que los sajones reglamentaron esta disciplina deportiva y que funciona como el pasatiempo por excelencia para los países europeos, es en nuestra latinidad donde se manifiesta como el auténtico opio del pueblo.

Si calificar para la justa mundial hubiera sido poco, hoy tenemos otra gloria: empatamos con un equipo que ha sido pentacampeón del fútbol mundial y derrotamos a un equipo africano y otro europeo. Por si fuera poco, el tri mexicano se ha ganado a pulso sus partidos, ha convencido, se ha dejado querer y se ha sobrepuesto a una mentalidad de décadas.

En la tragedia del fútbol mexicano resulta que todo el país está pendiente de las acciones en las que se ve envuelta nuestra selección nacional. Después de las medianas, y porque no decirlo, pésimas actuaciones que tuvieron en la eliminatoria de 2013, hoy destacan las últimas tres, ya dentro del Mundial: de nueve puntos posibles se obtuvieron 7.

Y dije mediana y pésima actuaciones, porque en aquellos partidos fue una vergüenza total el abandono que hicieron los jugadores del partido. Nuestros connacionales dieron una exhibición pobre, con poca calidad en la fabricación de goles.

En esos partidos México destacó por sus errores, por su falta de entrega y por su poco virtuosismo en el la cancha. Dieron la impresión de ser bailarines de ballet, cuidándose de no ser arrollados y tal vez lesionados, lo cual afectaría sus jugosos ingresos económicos.

El lunes pasado fue otra cosa; la población mexicana entró en una catarsis nacionalista y colectiva; los diarios deportivos desaparecieron desde temprana hora de los expendios; las abarroterías y supermercados vendieron tres veces más cerveza y bebidas que cualquier otro fin de semana; familias y amigos se dieron cita para dar testimonio del acontecimiento nacional.

Las calles de la capital mexicana estuvieron prácticamente vacías; sólo un espectáculo como el fútbol logra estos efectos. Las ocasiones en que se ha presentado este fenómeno han sido por el fútbol. Algo semejante ocurrió en 1969 cuando un día de junio descendió el hombre en la Luna, tomando en cuenta la cantidad de habitantes, de vehículos y de televisores en aquel año.

México jugó y le ganó bien a un equipo de primer nivel. Eso es lo importante. No nos importa si la inflación es mayor que hace un mes, si el calor nos agobia, si el tránsito vehicular está congestionado, si el ozono nos irrita las mucosas, si el dinero no alcanza para nada. No, eso no importa, importa lo otro, y con eso basta.

El desempeño soñado de nuestra selección de fútbol nos tiene ambicionando a llegar a instancias de poder disputar la copa del campeonato mundial de la FIFA. Nunca antes México había conformado una selección tan equilibrada en su forma de pensar, en esto se le ve el trabajo de su cuerpo técnico cuya cabeza es Miguel Herrera.

Esto se manifiesta en las declaraciones de los jugadores y de los directivos. Y todos tienen en mente que nos enfrentaremos el domingo nada menos que al subcampeón del mundo. Pero México es muy grande y muy vasto, y su vastedad lo es en todo, hasta en la creencia de ganar.

En el festivo Brasil todo es divertido. Este Mundial tiene sobrecarga de emociones, sorpresas, pésimos arbitrajes, despedidas, goles y más goles, controversias y hasta mordidas.

El fútbol se ha impuesto al caos que se vaticinaba en aquel país. Durante el torneo se ha decretado tregua en las calles y festividad en los estadios, donde se dejan notar las aficiones sudamericanas, siempre tan febriles, que tienen motivos de sobra para tirar cohetes.

América, de momento, se impone con creces a Europa, y ya se anuda la garganta al vislumbrar un reto, una cumbre entre Neymar y Messi, protagonistas con cuatro goles cada uno.

Quien ya quedará para siempre como foto fija de este Mundial es Luis Suárez, que se ha comido el campeonato de un mordisco y puede que hasta el contrato de su vida. Un crack con arrebatos caníbales. El fútbol tiene de todo y en Brasil no hay un segundo para el descuido. Para lo bueno, que es mucho por ahora, y lo malo, que también hay algún bocado.