Confinamientos: inventar una realidad nueva para sobrevivir

Por Porfirio Romo Lizárraga

Por Porfirio Romo Lizárraga

[El  editor de Lectorum y autor del libro A vuelo de página, donde nos otorga una amplia visión de la situación del libro en México, nos entrega una reflexión que nos permite mirar la compleja realidad del editor preocupado por la hechura de libros que respalden el conocimiento de la ciudadanía. Este encierro ha dañado drásticamente la lavor editorial porque, en efecto, los hacedores de libros no pueden trasladar a su casa la imprenta…]

El trabajo de una editorial pasa por diversas etapas. La primera, de corte puramente escritural, cuando se trabaja el texto y con el autor en una relación que suele ser entrañable, aunque a veces también tirante. Sugerir modificaciones a su propio texto no siempre es bien aceptado por algunos autores, aunque hay que admitir que muchas veces no hace falta pedir cambios, pues los textos llegan limpios y muy bien escritos a las manos del editor. Luego viene el trabajo de diseño de las páginas, seleccionar tipografía e ir dando forma a las cajas, sin viudas ni callejones. Para ese tipo de trabajo el encierro no sólo no es perjudicial sino alienta al trabajo que en realidad es en solitario, con eventuales consultas con los autores, y para ello están las nuevas tecnologías.        El problema viene después de que tenemos el libro diseñado, porque las imprentas también tuvieron que suspender actividades. Con ellas no hay home-office que valga, pues los empleados no se pueden llevar la maquinaria a sus casas. Lo mismo pasa con el suministro de implementos para la impresión, como el papel y la hechura de placas a partir de los archivos del texto.     No obstante, el mayor problema para un editor en este periodo no es el trabajo de la pre-prensa, ni el de la impresión y encuadernación. El verdadero problema es cómo vender sus libros a los posibles lectores. Las librerías cerraron sus puertas, con el terrible presagio de que muchas de ellas lo hayan hecho para siempre. El negocio de los libreros está en un punto crítico, pues el acto de visitar librerías se ha perdido en buena medida porque durante la educación escolar no hubo necesidad de acudir a estos centros, ya que los libros de texto son gratuitos y de entrega personal en las mismas escuelas.      A esto debe sumarse que el tiempo libre de aquellos que trascendieron la lectura escolar y la asumieron como hábito personal, ahora tienen una gran diversidad de opciones para llenarse, gracias a Internet: redes sociales, juegos en línea, un caudal de información a través de blogs, agencias noticiosas que algún tiempo fueron editoras de periódicos y revistas, películas y series en sitios específicos.      Los usuarios acuden a todo esto, pagando o no, sin necesidad de acudir a ningún sitio físico, por lo que el encierro en sus casas no es impedimento.      Es cierto que hay venta de libros on-line, pero este canal no ha crecido lo suficiente como para sustituir las ventas de las amenazadas librerías. Y los e-books no tuvieron el impacto que algunos editores esperábamos, pues en español apenas alcanzaron un 3 por ciento de ventas en el mejor de los casos.      Así es que el confinamiento terminará tarde o temprano, quizá con un retorno gradual, quizá en forma parcial permanentemente, pues el home-office podrá ser la nueva norma. Pero los editores regresarán a un panorama desolador, para tratar de inventar una realidad nueva que les permita su sobrevivencia.       Sin dinero, con deudas, en un mercado acotado, tendrán que buscar adaptarse a los medios de venta por Internet, a través de los vendedores de libros ya existentes, de sus propias páginas electrónicas y la incursión en tiendas virtuales para competir con todo género de mercancías. Y acaso, para la nostalgia y la venta de ingreso inmediato, estarán las ferias del libro, que tendrán que popularizarse todavía más.      Ojalá no se excedan los vivales, explotando lo poco que queda de los editores nacionales a través de ferias costosas y poco efectivas.