El espíritu inútil: malas palabras

Por Pablo Fernández Christlieb

Por Pablo Fernández Christlieb

[¿Cuáles son las malas palabras en estos tiempos? Las groserías, esas “palabras sin tacto”, empiezan “a aparecer en una sociedad en periodos de decadencia”. Hay quienes dicen, por ejemplo, “aperturar” como si hablaran correctamente…]

Chirría el aire y entran escalofríos, como de gis en el pizarrón, cuando en plena calle se oye que a un pobre niño su propia madre le habla y le dice: “Kevin”, “Brandon”, “Brenda”, “Karen” o cualesquiera de esas palabrotas traídas de no se sabe dónde, tal vez de un hondo rencor ancestral, a las que el inocente sólo acierta a decir sí-mamá, mientras que ella se suelta con más altisonancias tales como “te amo mucho”, que es mucho amor pero muy mal dicho.       El gis es psicológico y el pizarrón es social, porque el susodicho progenitor al pronunciarlas se está aventurando en un territorio que no conoce porque lo que dice proviene de una tradición que le es ajena, y ni siquiera se imagina que “Brayan” se pueda escribir de otra manera.       Es sólo para lingüistas y para obvios que el lenguaje sea un sistema de comunicación para que se entienda la gente, porque principalmente un idioma es el retrato de la sociedad que lo habla: es el sismógrafo que registra los cambios que sufre en la historia y es el electrocardiograma que muestra los saltos del corazón del pueblo, sus rabietas y sus ensueños; y cuando dice tantas malas palabras es que ya no quiere acordarse de las humillaciones que trae en la memoria, y maldice las palabras normales como Juan y María, que le recuerdan una historia fea.       Los romanos, que estaban un poco acomplejados, les ponían a sus hijos nombres griegos para ver si con eso se volvían más clásicos: Aurelio le ponía Fidias a su vástago. En efecto, esas groserías ?palabras sin tacto? empiezan a aparecer en una sociedad en períodos de decadencia, de transición y de aspiraciones ascensionistas, y sus gentes ya quieren hablar con palabras que vengan de “arriba”, y no desde el fondo de su tradición (cuando les ponían Cuauhtémoc y Xóchitl es que querían volver a las raíces, y Cárdenas era presidente), que en realidad es la única lengua que saben y sabrán hablar, para ver si así alcanzan las alturas, que quién sabe cuáles sean. A los indígenas les da vergüenza hablar su lengua, y a los mestizos les da vergüenza hablar con las únicas palabras que saben y que han usado siempre ?el español?, y quieren hablar con otras que desconocen, pero entonces no saben ya cómo se dicen las cosas, y les copian a los que creen que sí saben. Los nombres de los bebés no los recomienda ya la cuñada ni la suegra, sino se sacan de cómo se llaman los protagonistas en las películas, donde todos son de primer mundo y muy actuales.       Y les ponen esos nombres porque sienten que son lo máximo, como si fueran superlativos: Elizabeth es el superlativo de Isabel.       Y para las demás palabras solamente tienen a los noticieros y las entrevistas para que les enseñen, dónde se dicen puras altisonancias, es decir palabras que suenan altas; o sea, superlativas, ya que siempre, todo lo que se dice ahí debe ser cada vez mejor, porque así es siempre lo que es nuevo. Pero resulta que para decir cosas tan maravillosas las palabras ya no les alcanzan, porque ya se las gastaron todas. Y lo único que hay más arriba de los superlativos son las malas palabras. Los superlativos son adjetivos absolutos, que carecen de gradación toda vez que su significado ya es lo máximo posible, y por eso ya no admiten incrementos ni comparaciones, no pueden ser ni “más” ni “menos” ni “muy”: no se puede ser más eterno, ni que un muerto esté menos que otro, ni más inmenso, ni muy óptimo, ni muy perfecto. Pero he aquí que en radio, televisión y redes los que hablan así, unos profesionales medianamente descerebrados que tienen un micrófono en la boca y se han convertido en los próximos intelectuales, tienen necesidad de hacer impactantes las insulseces que dicen, y siempre pronuncian superlatividades a fuerzas a propósito de cualquier babosada: “Más clásico, muy histórico, más legendario, muy paradisiaco, más icónico” (todo lo que sea un icono es icónico, y no es más ni menos ni muy).       Y entonces la gente, siguiendo la lección, comienza a proferir malas palabras que rechinan en los oídos aunque no se sepa gramática: “Muy excelente”, “me encanta muchísimo”, y en el exceso de superlativo hasta se pasan y dicen que algo es “demasiado” hermoso, o sea que es más que “muy”, lo cual significa, literalmente, que ya es horrible ?y, en efecto, lo es. No se ama mucho ni se ama poco, se ama y punto (y además se dice “te quiero”: “Te amo” es un calco del inglés de serie traducida por alguien que puede saber inglés, pero no español).       Por supuesto que los idiomas se transforman, pero lo hacen solos, lo hacen sin querer, y lo hacen poco a poco, y no con imposiciones de groserías de personas a las que les tiene sin cuidado el lenguaje porque como son “comunicadores” creen que las palabras nada más sirven para comunicar y no para tener dignidad o memoria; y que nunca supieron su idioma ni lo estimaron, al igual que todos estos nuevos carretoneros, verduleros, pelados que dicen cosas como “accesar”, “aperturar”, “accionar”, palabrotas francamente escalofriantes que hacen que la gente decente se remueva en sus asientos.