Confinamientos: y todo lo demás volvió a ser silencio

Por Roberto López Moreno

Por Roberto López Moreno

[El poeta chiapaneco Roberto López Moreno nos entrega esta crónica en vuelta en sonidos que silencian los tiempos actuales debido al encierro que viven las sociedades del mundo…]

La calle era un rastro gris. Shostakovich recargaba su vals más célebre sobre la vidriera. Y afuera, silencio, un silencio que primero había sido expresión de lo inédito pero después de tantos días de encierro era un vehículo que portaba signos funestos. Nadie en la calle o, sí, algún paso no retador a la pandemia sino a la ira de los encerrados. Inconsciente, irresponsable, brotaba así el eco sobre las paredes interiores, las del alma y las del edificio.       Pero Shostakovich había terminado su grata visita y entonces el vacío interior se volvió tan angustiante como el de la calle. Se percibía que la situación anómala a lo largo podía desatar las peores reacciones que tiene el ser humano a partir de su entramado de impulsos ciegos cuando el miedo, cuando la ignorancia, cuando el egoísmo, cuando el sentimiento de vulnerabilidad.       De vez en cuando pasaba por la calle algún coche solitario, como cucaracha metálica que hubiese perdido su domicilio … y todo lo demás volvía a ser silencio, agarrado de la garganta porque desde mucho antes estaba agarrado, con fuerza, de la imaginación, creándose escenas terribles en los interiores de cada individuo.       Ya sin Shostakóvich en el oído, la calle subrayaba su tono metálico como si siempre hubiera estado ahí, acunando los pensamientos esta vez más tirados a la nostalgia. La soledad ayudaba en gran medida a entrar en ese reino de los recuerdos tristones, adheridos al suspiro melancólico. Los cuadros en las paredes hablaban con otro color muy diferente al habitual y en el centro de la mesa un robusto frutero estaba apenas aprendiendo la A.       De pronto, muy allá de la calle, retando a la pesada jornada pandémica, se empezó a dibujar, cada vez con más claridad, el lenguaje de un cornetín de pueblo. Sí, lo era, acercándose, pero ahora acompañado de un trombón y una tambora, todo con el sabor arrancado de la campiña. Ya estaba la música entera sobre la calle. Ya estaba ese ramillete de sonidos frescos, en vivo, retando a la pandemia, con músicos sin cubrebocas, con un gustoso cornetín sin cubrebocas, con un trombón sin cubrebocas, con una tambora… con una tambora… pues… pues como se quiera pensar acerca del robusto instrumento.       La calle se iluminó, se llenó de sonidos como si estos fueran rosas recién cortadas que aromaran el exterior sin precaución alguna. Cómo se llenaron de luz las aceras, perdieron su tono gris y todo se volvió la otra cara de Janos, todo con lo que salía de los pechos de aquellos a los que la pobreza no les daba permiso para tenerle miedo a la pandemia.       La calle, con sus postes y sus jacarandas, con sus coladeras fuera de su lugar, con sus muros viejos pero más los recién pintados, se decidió rotundamente a darle vuelo a la hilacha. Ese trombón y ese oboe, cómo se escuchaban en calidez suprema. Los sonidos penetraban por los oídos y llegaban a las venas para incendiar todo el cuerpo. Para gritar que la vida era esa, manifestándose en ritmo y armonía.       Quizá era el único momento en que el danzón no necesitaba el auxilio de una orquesta especializada. No, señor. Sonaba tan igual en estas circunstancias el bienhechor trío. Pero no eran tres los integrantes, eran cuatro, pues de pronto se desprendía de ellos un chamaquito con una cachucha en la mano solicitando una ayuda monetaria; de casas y departamentos alimentaban la cachucha como resultante del júbilo que les invadía.       Era la apoteosis; de dónde sale esa sonoridad vibrátil que alimenta al ser por medio del oído; qué entrañas profundas le son tocadas al trombón con sólo soplar por la boquilla; con qué se le hiere al oboe para que cante, y la tambora, por quién fue inventada para ejercer la paridad con la sangre; la otra paridad, la monetaria se fragua en el fondo de la cachucha. Y todo es risueño en esta hora.       Recogiendo las monedas, el chamaco de la cachucha empieza a desplazarse hacia la otra punta de la calle. Los músicos lo siguen con paso lento para no desatender las notas que, exultantes, repiten una vez más aquello de “Juarez no debió de morir”, la vieja tonada, mexicanísima ella, escrita por el maestro Esteban Alfonzo. Los músicos lentamente van ganando la esquina. El sonido se aleja, lento. Cada vez se oye más lejos… más lejos…       Todo fue una ilusión. La calle regresa a su estático oficio, grisáceo. La pandemia regresa nuevamente. Todo tornó a su gris natural. Aunque la calle está asoleada, el ambiente es gris, es que ese gris es del alma y ese frío que los cuerpos sienten también.       … Y todo lo demás volvió a ser silencio, agarrado de la garganta porque desde mucho antes estaba agarrado, con fuerza, de la imaginación, creándose escenas terribles en los interiores de cada individuo.