Libros y autores: de la clarividencia infantil a cierta zona áurea

Por Roberto Ramos Trujillo

Por Roberto Ramos Trujillo

[El poeta, editor y librero nos compartió este texto en donde reflexiona —de manera brillante y retrospectiva con cierto aire nostálgico, quizá— acerca del oficio de escritor; asimismo, construye elucidaciones en torno a un acto íntimamente ligado con la escritura, es decir, la lectura...]

México, 25 de mayo (Notimex).— Cuando era niño recuerdo que admiraba superlativamente la figura eminente de los escritores. Quizá esa veneración brotó desde mis nacientes instintos, específicamente al columbrar con los tímpanos el registro de solemne respeto con que, de pronto, se referían a ellos; por ejemplo, cuando un locutor mencionaba a Virgilio; Dante Alighieri; William Shakespeare; Miguel de Cervantes; Fiódor Dostoievski, y Ramón López Velarde.       Suponía que para que un escritor se sentara a escribir, era indispensable saberlo absolutamente todo. Escribían sus fábulas y fantasías porque ya lo comprendían todo. Imaginaba que ya habían leído los más importantes y venerables libros. Con el correr del tiempo experimenté la amarga sensación de que no era así, incluso atribuí aquella hipotética omnisciencia a una enternecedora ilusión pueril, pues luego conocí a escritores que quitados de la pena, ostentaban asignaturas pendientes.       Esa circunstancia me encolerizaba en la intimidad, porque sospechaba que profanaban y hasta ultrajaban el espíritu mismo del lenguaje. Luego también comprendí que muchos datos eruditos ofrecidos en sus textos, eran —en realidad— fruto de acuciosas consultas en almanaques o enciclopedias. Ahora, sin embargo,  no sin algarabía, empiezo a recobrar en mi percepción aquella clarividencia infantil.       A estas alturas me doy cuenta que tampoco tiene caso conocer todos los infinitos detalles del mundo; en cambio, sí es posible acceder de manera sintética a la zona áurea de los diferentes temas. Precisamente con cada nueva lectura ganamos perspectiva. Y entonces si un escritor se queda anclado en la realidad temporal o en la temporalidad material, simplemente significa que no logró escalar la cima que le permite incluso distinguir los umbrales de la eternidad. Ahí precisamente en la tensión fatal de ese arco de trascendencia perenne, sin duda, radica la zona áurea y la cúspide de todo el drama de nuestra humana realidad.