Sala de lectura: "Ella y Max", por Alberto Zuckermann

Por Alberto Zuckermann

Por Alberto Zuckermann

[Del capítulo “Mis recuerdos” reproducimos un fragmentos del libro El jazz en la Ciudad de México (1960-1969), de Alberto Zuckermann, quien, con paciencia, espera la edición de su libro, bajo contrato en el Fondo de Cultura Económica. Con la autorización del pianista y periodista cultural publicamos apenas unas cuantas líneas…]

Ella Fitzgerald en La Fuente

En la segunda mitad de los años sesenta, por extraño que parezca dado que ahí era frecuente ver anunciadas a vedettes como Ana Berta Lepe o cómicos como el Loco Valdés, el club nocturno La Fuente, ubicado en la esquina de Insurgentes Sur y San Antonio, llegó a presentar a varias grandes figuras del jazz norteamericano.     Una de ellas fue Ella Fitzgerald, que estuvo programada a lo largo de dieciséis días en dos shows diarios (7 al 17 de octubre de 1966). Venía acompañada de su trío encabezado por el fino pianista y arreglista Jimmy Jones y en la batería el fenomenal Ed Thigpen, que ya había estado en México con Oscar Peterson cuatro años antes. Junto con ellos una orquesta mexicana liderada por Pío Tovar, la cual supo descifrar los arreglos de Jones.      Como siempre, en esos casos, había un público heterogéneo, desde aficionados al jazz hasta villamelónes. Recuerdo que me llamó la atención una pareja sentada en la mesa de junto. La señora no parecía muy animada con la variedad que les esperaba y le dijo a su marido: “Debimos ir al Capri a ver a Toña la Negra”. Él, para convencerla, le dijo: “Es que ésta también es negra y es la Lola Beltrán del jazz”.      Una vez en el escenario, pasada la cena y algo de bailecito, apareció la gran diva. Ella no era una mujer guapa, pero bastaba que empezara a cantar para que todo mundo descubriera su calidad. Recorrió un vasto repertorio que incluía, como siempre, temas clásicos del jazz, algunos inmortalizados por ella. Canciones como “Mack the knife” o “How high the moon” fueron el vehículo para que mostrara sus amplias dotes, su facilidad para improvisar en la llamada forma scat (con base en sílabas). En ellas lucía su amplio registro, especialmente en los tonos bajos se apreciaba su consistencia. También tenía versatilidad, ya que llegó a lanzarse sobre algún tema de bossa nova, imperante entonces, o sobre alguno de los que estaban poniendo de moda los Beatles. Ella, recuerdo, convenció a tirios y troyanos esa noche: después de escucharla, por más de una hora y media, nadie podía sentirse decepcionado.      En los camerinos crucé algunas palabras con Ed Thigpen en lo que se nos permitía acercarnos a la gran diva. Yo llevaba conmigo un ejemplar de su disco Ella in Hamburg. Ya frente a ella me lo dedicó y me plantó un beso en la mejilla. Nunca olvidaré la emoción de acercarme a esta gran cantante. Grande entre las grandes. Había que tener presente que supo mostrar al mundo lo mejor del repertorio de la canción norteamericana. Cuentan que Ira Gershwin, quién era el letrista de las canciones de su hermano George, dijo: “No me di cuenta cuán buenas eran nuestras canciones hasta que oí a Ella cantarlas”.

Max Nava

Conocí a Max tocando en uno de los últimos festivales nacionales de jazz que se hicieron en el Teatro de los Insurgentes. Luego lo fui a escuchar a una presentación que hizo en el Museo de Historia Natural en Chapultepec, patrocinada por el gobierno de la ciudad, un domingo al mediodía.    Ahí, al terminar su presentación, lo abordé y empezamos a tratarnos. Me gustaba su grupo de aquel entonces, mediados de los sesenta, con Paul Smith López en el contrabajo, Tony Alemán en el piano y Martin Fierro en sax tenor. Tenían un repertorio que incluía temas habituales del jazz. El grupo sonaba como si fuera gringo, tenía esa hechura. Max era asunto aparte, tocaba la batería de manera diferente a los otros que aquí eran famosos. No había en él un toque recio ni demasiado punch, parecía etéreo. Ahí estaba el ritmo, pero no era pesado. El grupo, en ocasiones, realmente volaba.      Toqué un par de ocasiones con Max, ya a mediados de los setenta, en un lugar de la Zona Rosa. Me sentí honrado de hacerlo y no sé sí para sorprenderme o era algo  que estaba aplicando últimamente, a media pieza en la improvisación dobló el tiempo y, claro, me puso a parir. A tirones, pero me fui acomodando. Fue toda una experiencia.      A Max, cuando le preguntaban qué había que hacer para tocar jazz, decía: “Primero hay que escuchar mucho a Art Blakey y, segundo, fumar buena mota”. No en balde en el medio algunos colegas le decían Max Quemaba, haciendo también referencia al tema brasileño “Más que nada” que a veces tocaba.      Era fan de Blakey que cuando éste vino a tocar en la Ciudad de México ahí estuvo en las dos presentaciones, primero en Bellas Artes y luego en el Auditorio Nacional. En este último sitio me tocó ser testigo de que en los camerinos departió con él. Cuando llamaron a Blakey para entrar a escena palmeándole la espalda le dijo, por fortuna en español: “Órale mi changuito, a sonarle”. Blakey sonrió y le dio un gran sorbo a su whisky antes de salir.