Descubrir Kenia a través de uno de sus testigos

Siempre usa la palabra “África” u “Oscuridad” o “Safari” en tu encabezado.

Siempre usa la palabra “África” u “Oscuridad” o “Safari” en tu encabezado.

Así contestó el keniata Binyavanga Wainaina en 2005 a la revista Grant lo que consideró una provocación: el cliché inglés para describir al continente africano, un territorio obligado a hablar alemán, francés, español, portugués, delimitado, cartografiado por la soberbia y criminal Europa, pero nunca jamás entendido en la delicia de su especificidad.

El autor, nacido en Nakuru en 1971, publicó seis años después un libro de memorias, “Algún día escribiré sobre este lugar”, traducido por la editorial Sexto Piso como “Algún día escribiré sobre África”.

Había aprendido la lección. Lo que, hoy, en el siglo XXI, entienden los centros culturales planetarios sobre el llamado continente negro equivale a nada: la ignorancia es prácticamente absoluta.

Así, un Wainaina hoy diabético, nervioso, homosexual discriminado, muy por afuera del "imperativo de ser negro" conforme a los lineamientos de la apariencia, con una obra publicada más bien escasa, se confiesa página con página: desde niño le gustaba leer, pronto fue un sobresaliente en materias de escritura y literatura, y nada augura en este mundo que seas feliz.

“Enciendo un cigarro y me digo que George Majola siempre ha sido un buen tipo, que jamás ha tenido una pizca de maldad en todo su cuerpo y que debe de estar al tanto de mi situación, aunque sólo sea por mi pelo revuelto y mis dedos ansiosos y que me ofrece esa suma por hacerme un favor.

“Como el padre de Sylvia, un profesor de física que se marchó de Sudáfrica en los ‘50 porque no podía conseguir un empleo en la Sudáfrica de Verwoerd y que fue adoptado por Nigeria, donde vivió muchos años y fue profesor de toda una generación de físicos nigerianos.

“Como las interminables y siempre gratuitas cervezas de Victory. Como Dum Dum, que me dejó dormir en una minúscula habitación durante dos meses y me enseñó a usar una computadora.

“Como Chuma Koyana, que me tuvo en su preciosa casa de East London unas largas vacaciones.

“Como el tío de Kaya, que me pidió a mí, un keniata al que no conocía pero un africano en el que confiaba, que le dijera a Kaya que su madre había muerto.

“Así es como me convertí en africano”.

La única ventaja de la ignorancia es que tiene una sensible solución: Aprender a escuchar.

-Fin de nota-