Confinamientos: la poética del aislamiento

[El poeta regiomontano Margarito Cuéllar nos cuenta el duro trance del confinamiento: la distancia de los seres queridos, el quehacer diario entre lecturas, escritura y magisterio. Pero los “días ...

[El poeta regiomontano Margarito Cuéllar nos cuenta el duro trance del confinamiento: la distancia de los seres queridos, el quehacer diario entre lecturas, escritura y magisterio. Pero los “días y las noches se hacen chiquitos”, luego, con tanta labor literaria, al grado de tener ya dos libros en su punto de ebullición. Como siempre en esta sección transitoria de los “Confinamientos”, el texto se presenta en primera persona porque la crónica le pertenece esta vez a Margarito Cuéllar.]

Por Margarito Cuéllar

México, 18 de mayo (Notimex).– Cuando empezó todo y me mandaron a casa allá por el 17 de marzo, recién concluíamos en la Universidad de Nuevo León nuestra Feria del Libro en Monterrey. No creí que esto se prolongaría tanto ni que tendría las consecuencias que estamos viendo en el mundo y en México. Y aquí estamos, tratando de atrapar las horas para que no huyan y dejen estos días como una hoja en blanco.       Imparto la asignatura de periodismo cultural en la universidad pública, y entre ponerme al día con las herramientas para enseñar a distancia, el trabajo desde casa en la UANL, impartir las clases, avanzar a los proyectos del Fonca, las lecturas que siempre se están postergando, los libros que se abandonan y se retoman, los libros que nacen a la luz del momento actual y un ir y venir del estudio a la cocina debido a un tratamiento alimenticio que inicié para desintoxicación del organismo, el día y la noche se hacen chiquitos.       Con Susy, mi mujer, que aguanta estoicamente el encierro, nos turnamos para ir al mercado a comprar las cosas del mandado, se hace más llevadero el tiempo. Eso sí, extraño un buen a Ayax, que vive en Ciudad de México y la imposibilidad de desplazarnos hace que sólo nos comuniquemos a distancia. Y a Ulises, que se encerró a piedra y lodo en su casa y ahí nos whatasapeamos.       Las lecturas me han acelerado la escritura y además de avanzar a los proyectos de la beca del Fonca, terminé o abandoné (como dijera José Emilio Pacheco en el sentido de que un libro no se concluye nunca) un par de libros de poesía, uno de ellos con el tema específico de la pandemia, la poesía y la poética del aislamiento.       Pienso que pronto estaremos circulando por ahí, pero también que la vida no será la misma para muchos. Hay ya un antes y después del Coronavirus. Pienso que esto nos da la oportunidad para pensar más en términos colectivos que individuales; de hecho, la verdadera tragedia de la pandemia apenas la va a enfrentar México con el desempleo, la desactivación parcial de la pequeña y mediana industria y la recuperación en todos los órdenes.       Soy optimista y creo que saldremos adelante. No asumo las teorías conspiranoicas ni la negación de la enfermedad por ignorancia, por valemadrismo o por llevar agua al molino de los políticos que respiran por la herida.       Me queda claro que lo mejor es hablar de distanciamiento físico y no de distanciamiento social. La diferencia es abismal. Vivimos un encierro que no tiene por qué distanciarnos socialmente ni de la familia, ni del barrio, ni de una comunidad, ni de una ciudad, una región, un país o el mundo. Porque el encierro es físico, repito, y no social.       Para mí es un encierro creativo. Una manera de pensarme y pensar a los demás, ver hacia el entorno cercano y lejano y valorar la vida desde una perspectiva en la que las palabras clave podrían ser: no al silencio, no a las manos atadas, siempre hay una puerta (con la doble connotación que esto implica), un puente, una música y una poética que nos permita tomar las calles de nuevo.