Dos crónicas del confinamiento

Culturalmente

Culturalmente

[La fotógrafa y el profesor de la UAM Azcapotzalco nos entregan la narrativa conmovedora de los días actuales a consecuencia de la epidemia que tiene al mundo en un tenso aislamiento. Dos crónicas que nos hablan de los miedos, la soledad, el desconsuelo, la penuria, la indiferencia, la solidaridad o la turbación que producen las horas en un aislamiento necesario…]

Por Gretta Penélope Hernández / Vicente Francisco Torres

Primera parte

Gretta Penélope Hernández

I. El tedio

Mi vida es muy abstracta desde el confinamiento. Cada amanecer pienso que todo es una pesadilla y que al abrir la ventana todo será como antes, pero al hacerlo escucho el silencio aplastante que proviene de las calles y me trae a la realidad.       Me dedico a la fotografía y siendo mi profesión un oficio que no se puede realizar “en línea”, estoy totalmente inactiva.  Además, me desenvuelvo de manera independiente, lo que agrega un pesar más a mi economía. Como muchas personas en el mundo, no estoy recibiendo ingresos. Tengo mis ahorros que estaban destinados a cubrir la anualidad del siguiente ciclo escolar de mi hijo y de eso estoy viviendo.       El tedio es de las cosas más difíciles de sortear. En casa diversifico mis horas de muchas maneras. Un par de semanas atrás aún salía con la bicicleta por el área del velódromo, sitio que, al estar cerrado, la periferia se convirtió en una zona casi desierta, pero ahora que será Centro Covid ya no me he animado a pedalear más que para comprar insumos. Debido a ello tuve que tomarme con más seriedad el ejercicio en casa.  Desde hace cinco años practico hata yoga y ahora incorporé ejercicios de tonificación y cardio. También me inicié en el bordado, labor que me ha dado mucha paz.  Continúo con mis lecturas, aunque a menor ritmo pues mi concentración disminuyó. Una amiga que realizó una purga a su biblioteca me hizo llegar por Uber una caja de libros. Agarré Sinceramente suyo, Shúrik de Luidmila Alítskaya, (premio a la mejor novela del año en Rusia en 2004) y sus casi 500 páginas me van a tener atrapada en lo que me resta de confinamiento. Me inscribí a un taller de Photoshop, tomo un taller gratuito que ofrece la Universidad Nacional Autónoma de México sobre la historia del arte, me hice fan de una página en Internet que se llama “Cineteca para raros”. Intento poner en orden mi archivo fotográfico, cocino guisos nuevos.        Pero llegar a la diversificación mental y física me llevó más de un mes. Antes de ello, me agoté limpiando exhaustivamente mi hogar. En el tope de la locura pinté paredes y techo, además de tallar con un cepillo de dientes las uniones de los mosaicos del piso, definitivamente no lo recomiendo.

II. El encierro

El 13 de marzo está grabado en mi calendario como la fecha oficial de mi encierro. En esos días intenté llevar una bitácora con lo que escuchaba en mi vecindario sobre la pandemia. Y como es bien conocido por todos, las opiniones van desde quienes creen que es un complot gringo, o chino, hasta quienes lo perciben como la vengativa ira de Dios. A medida que puse más candados en mi encierro, también abandoné el deseo de hablar con la gente en la calle. Empecé a sentir miedo.     Ese “miedo al otro”, miedo a que me hablen de frente o estén cerca de mí, es algo que al principio me avergonzaba, pero ahora me resulta impensable estar cerca de cualquier persona. De hecho, sólo puedo sentir la cercanía de mi hijo; que ha estado encerrado casi al 100 por ciento. Del resto de la humanidad me despego dos metros. Eso incluyó a mis padres y hermanas que, cuando las vi por última vez hace más de 30 días, no quise besarlos y a la hora de la comida me separé lo más que pude.  Sin embargo, me preocupa un poco que nuestra sociedad mexicana, tan apapachadora y besucona, se retraiga a la frialdad europea, pero supongo que no tenemos mucho margen de movimiento.     Indudablemente, el día más triste del encierro fue cuando murió un amigo por cáncer en el cerebro. Él no tenía ningún familiar. No tuvo hijos, ni esposo. Los servicios paliativos del hospital se encargaron de las tareas funerarias. Ni siquiera sé dónde quedó. Tuve un impulso por salir de casa e ir a verlo, pero a sugerencia de las mismas tanatólogas me quedé en casa. Tengo su muerte clavada en el manubrio del esternón.

III. El miedo

Me preocupa horrores contagiarme. A pesar de ya no tener cáncer, mi tratamiento aún continúa. Además soy asmática y tengo sobrepeso. Reúno el cuadro ideal para pasarla muy mal en caso de ser internada. Anoche imaginé lo que sería  y me puse a llorar de pensarme sola, llena de incertidumbre y en esa frialdad que tienen los hospitales.  Cuando sentí que me estaba hundiendo innecesariamente, regresé al presente. “No tengo por qué contagiarme, me cuido y me lavo las manos como loca”, pensé para mis adentros. Sequé mis ojos e intenté dormir.    El sueño es de las cosas que más se ha alterado en mi vida. Mi sueño se ha vuelto intermitente. Despierto a la hora de las brujas ?yo le llamo así?, que suele ser entre las tres y cuatro de la madrugada. Tengo la nuca húmeda y los pies fríos. Siempre hay un mal sueño que aún mastica mi semiestado consciente, pero por más que intento no puedo armar una historia continua, es como si sólo fueran fotogramas incoherentes cargados de miedo. Volver a dormir me lleva casi una hora. Vuelvo a abrir los ojos a las siete  de la mañana, a veces me levanto y saco a pasear al perro y en otras ocasiones me obligo a dormir, pero irremediablemente despierto a las ocho y salgo de la cama.

IV. La solidaridad

Hoy escuché en la radio que casi 50 millones de mexicanos viven en pobreza, es un número que ya está considerando a los que se quedaron sin empleo en lo que va de la pandemia. La noticia me dejó con el corazón aplastada todo el día. ¿Qué puedo hacer?, me pregunté desconcertada. Hace unos días, cuando fui a abastecerme de carne por una semana, Gerardo, el dueño de la carnicería, me contó que tenía un par de clientas que le habían pedido que les fiara algo de carne. Yo estaba guardando en mi bolso los cuatro kilos de carne que compré para congelar. Los ojos se me llenaron de lágrimas. No miento si digo que me sentí avergonzada.  Le di a Gerardo las monedas que quedaron en mi monedero. “Toma, dáselo en carne a tus clientas que lo necesiten. Tú sabes quiénes son”. Gerardo acunó las monedas entre sus manos. “Que Dios le dé más, güerita”, me dijo cabizbajo y me despedí llevándome la tristeza a mi casa. Ahora cada semana, voy a dejarle a Gerardo algo de dinero y sé que él lo repartirá.     Creo que la pandemia nos ha venido a demostrar que no podemos seguir viviendo sin mirar al otro. Que nuestra sociedad es un frágil hilo donde si cae uno, podemos caer todos. Me gusta pensar que pudiéramos volvernos más solidarios. Esto lo sigo pensando muy a pesar de la rapiña idiota que han realizado algunos individuos.

V. La ciencia

Me inquietó mucho darme cuenta del grado de conocimiento científico que tiene la mayor parte de los mexicanos. Es bien conocido por todos que ocupamos, después de Turquía, el segundo lugar en propagación de noticias falsas. Esto no sólo lo hace mi papá, o mis tías mayores de 60 años. No, en redes sociales he leído a personas de distintas edades y niveles educativos publicar disparates sobre la pandemia, pero eso no es de ahora, lo mismo pasa con quienes le tienen aversión a las vacunas, los que creen en los reptilianos y los que están de moda: los tierraplanistas.  Antes de la pandemia pensé que resultaba inofensivo creer en supercherías baratas, pero cuando hubo el rebrote de sarampión y ahora con el Coronavirus considero que cultivar el pensamiento crítico y dar clases de ciencias desde temprana edad sería una poderosa herramienta para dejar a un lado nuestra tremenda ignorancia. Me parece inverosímil saber que hay personas que agreden a personal de la salud, o incluso que han querido hasta incendiar un hospital. Son situaciones que deberían alertar al Estado, en especial a la Secretaría de Educación Pública. Sin ciencia ni artes no podremos ser una nación capaz de discernir la información falsa que se pasea a sus anchas por redes sociales.      Creo que cuando acabe todo esto iré casa por casa a darles un abrazo apachurrado a mis padres y hermanas y luego lo iré extendiendo a mis seres queridos. Qué importante se volvió saber que, aunque no podía irles a ver, ellos estaban allí para reconfortarme. Sin ellos, seguramente hubiera enloquecido.

Segunda parte

Vicente Francisco Torres

I. Azcapotzalco, Tacuba

Fulgencio Mayor cerró el zaguán de su casa. Respiró hondo el aire limpio de la mañana y levantó la mirada. En las crecidas copas de los árboles, llenas de verdor por el comienzo de la temporada de lluvias,  los pájaros  escandalizaban. Casi no pasaban  autos y los transeúntes podían contarse con los dedos de las manos. La atmósfera era fresca y la gente se hallaba encerrada a piedra y lodo por  miedo al Coronavirus.     Por tanto encierro e inmovilidad, en la madrugada le dio un calambre en una pierna y, para aliviar el dolor, dio un tirón que sólo consiguió aumentar los daños. Fue cuando se dijo que tendría que salir a caminar un poco y, además, necesitaba ir al banco a hacer sus pagos.     Cojeando por el dolor de su pierna, se levantó por la mañana y preparó su desayuno: huevos con jamón, café con leche, un pan dulce y dos duraznos.  Caminó lentamente hacia la estación del Metro Tacuba y encontró todo cerrado. El puesto de periódico, de capa caída por la competencia del Internet, ya ni siquiera abrió cuando le dijeron a la gente que no saliera. Además, el dueño del Chin Chun Chan, la cantina que está frente al expendio de revistas, fue una de las primeras víctimas del Covid-19. Cruzó a la acera en donde se tendían los fierreros y los chachareros y la encontró desolada. Cruzó otra calle y se encontró frente a la cortina cerrada de La Iguana Vagabunda, una cantina a la que a veces iba a comer. Un mesero, recargado en un puesto abandonado, le dijo que cuando quisiera podía entrar por una puerta lateral, porque ellos seguían atendiendo a los cuates. La misma historia del de las pizzas, que ofrecía las rebanadas que guardaba en un cajón térmico. Y la señora del depósito de cervezas, que le ofreció venderle “bajita la mano”.

II. “Está usted en una zona de alto contagio”

Más adelante encontró a Memo,  un hombre que vendía libros sobre unas mesas, atrincherado tras unas tablas viejas. Empezó a platicarle lo mal que iban las cosas para él. Las camionetas del gobierno de la Ciudad de México le advirtieron que si lo veían tendido le iban a quitar la mercancía. Él no obedeció, “porque hay que comer”; se tendió incluso debajo de un gran cartel amarillo que rezaba: “Está usted en una zona de alto contagio”.      Ofrecía a sus conocidos libros “nuevos” que  traía en unas maletas. El que vendía botellas de agua, que sacaba de un refrigerador destartalado, había hecho su casita con varios carteles pegados en unos tubos.      Fulgencio no quiso ni mirar porque quién sabe quién traería esos libros, quién se los robaría o de la biblioteca de qué difunto habrían salido. Le regaló un billete, por la amistad de tantos años, y siguió su camino. Pasó por debajo de los puentes que están encima del paradero de autobuses que van al Estado de México, siempre lleno de gente pero hoy desolado. No estaban los puestos de comida, ni el relojero que trabajaba sobre una mesita al aire libre; los puestos de fruta  tenían muy poca mercancía. Pasó entre los puestos abandonados en donde antes había peluquerías “con paisaje”, tenderetes de ropa, accesorios telefónicos, chanclas de baño y tacos. Parecían esqueletos derrengados, azules, que se recargaban unos en otros.     Bajó la escalera para entrar a la estación del Metro Tacuba, sacó su credencial de viejo y pasó sin dilatorias porque llevaba puesto su cubrebocas.  Los pasajeros de cada vagón también podían contarse con los dedos de las manos.  Llegó a  la terminal El Rosario y salió. Sacó su botellita de gel y lo esparció generosamente por sus manos, porque había tocado los torniquetes y se había agarrado de los pasamanos. Como buen anciano, así tenía que apoyarse.

III. Hablaban de un mundo hostil

Salió de la estación  y caminó rodeando la antigua hacienda lechera El Rosario, en donde Fidel Velázquez empezó su carrera de líder obrero y donde también había vivido Gregorio López, un anacoreta que figura en las novelas de Severino Salazar. De la antigua hacienda hoy sólo queda el casco, en el corazón de una plaza comercial. Llegó a la Avenida Manuel Salazar, dio la vuelta  y siguió caminando hasta donde hay otra plaza en donde está el banco que buscaba para hacer sus movimientos. Por la emergencia sanitaria, la gente entraba a la sucursal a cuentagotas. Vio que la fila de acceso era larga, con la gente que guardaba su distancia  para no recibir contagio de sus vecinos. Se dijo, bueno, al menos la fila contaba con la protección de una larga  marquesina que daba sombra a los cuentahabientes.     La fila avanzaba muy lentamente y las personas  se protegían atrás de su silencio y sus cubrebocas. Un grupo de cuatro jóvenes que había salido con él de la estación El Rosario  ya se encontraba frente a la fila pulsando sus instrumentos. Quizá vinieran del oriente de la ciudad, porque a esa zona  conecta la estación. Eran tres hombres y una mujer, vestidos con ropas negras, desgarradas y cubiertas de estoperoles. Ellos estaban tatuados en la cara y la muchacha tenía sus piernas morenas cubiertas por figuras que el color de su piel no permitía distinguir. Todos tenían aros en las cejas, en la nariz y en las orejas.    Uno tocaba una guitarra, otro un pandero, el tercero hacía chocar dos latas aplastadas, de aluminio. La muchacha raspaba una tabla cubierta por una lámina con agujeros. Rasgaba con una corcholata de refresco, o algo parecido. Puso atención a las letras de sus canciones, a ratos inaudibles por los gritos destemplados. Hablaban de un mundo hostil, consumista, que naturalmente los excluía.   Terminaron su canción y se fueron más adelante, casi enfrente de los que ya iban a entrar al banco. Mientras se desplazaban, uno de ellos pasó por un bote de basura y descubrió adentro un barquillo con restos de helado. Con un gran escándalo, empezó a chupar y luego, solidariamente, lo pasó a su compañero, quien chupó un poco y se lo dio a otro. Éste se lo dio a la muchacha, quien chupó con gula y celebración. Cuando terminó de comer, le quitó la gorra a un compañero y empezó a pedir monedas a los de la fila.

IV. Algo había de suicida en sus actos

La gente estaba formada, a más de un metro cada quien, algunos con guantes de plástico, y estos jóvenes chuparon un barquillo sin saber quién lo tiró y por qué razones. Mientras sorbieron, no pensaron en contagios. ¿Qué era el Coronavirus para ellos? Algo había de suicida en sus actos. Eran un espejo frente a los formados, que lo más arriesgado que hicieron fue meter mano a la bolsa y sacar alguna moneda. Los del cubrebocas pertenecían a un mundo precavido, que pagaría o sacaría dinero del banco. Aunque los empleados de la sucursal hicieron avanzar la fila, repartiendo gel a diestra y siniestra, no todos los formados eran afortunados. Una señora mayor, de ojos verdes, dijo que iba a solicitar que le detuvieran sus pagos por cuatro meses, como rezaba la publicidad bancaria. Una empleada le dijo que eso se hacía por Internet y la señora alegó que ya se había cansado de intentarlo. Pero la empleada le dio la espalda y continuó repartiendo gel en las manos solícitas. La señora se salió de la fila y se fue, con pasos breves y cansinos.

V. ¿Acaso no había salido a ejercitar las piernas?

Fulgencio salió del banco, se puso su sombrero y entró al Sol del mediodía. En lugar de tomar un taxi de regreso, decidió caminar hasta el paradero. ¿Acaso no había salido a ejercitar las piernas?      Fue de la estación El Rosario hasta Tacuba. Salió a la desolación de una plaza, antes llena de merolicos  y puestos de comida, zapatos y juguetes. En una orilla, debajo de un árbol raquítico, estaba un bolero frente a su sillón lleno de espejos, que casi le gritaba con la mirada. Antes tenía su sillín atrás de la iglesia, junto con otros  cuatro, pero decidieron dispersarse por la prohibición para trabajar y para no disputarse los poquísimos transeúntes. Fulgencio decidió asear sus zapatos, porque estaban opacos y el muchacho necesitaría hacerse unas boleadas.       Empezaron a platicar de la escasez de trabajo, de la prohibición de salir, de lo jodido que estaba todo. En una banca lejana se hallaban dos sexoservidoras, ya mayores y maquilladas sin ton ni son. Miraron al viejo con melancolía, rogando a Dios que llamara a alguna de ellas. Pero Fulgencio desvió la mirada y continuó platicando con el aseador de zapatos, quien sólo dijo:       ?Pobres viejas...       Y continuó dándole duro al trapo de bolear.       ?Ayer una señora se llevó a una de ellas para que le hiciera el quehacer. Le dio 250…       Mayor chasqueó la lengua y preguntó qué hacían ahora que estaban cerrados los hoteles de paso y los baños públicos. El bolero contestó:       ?Allí los meten ?y señaló uno de los puestos vacíos, rodeados con lonas azules?. Paraditas o empinadas, según el cliente ?esbozó una sonrisa y levantó las manos.      De pronto, las mujeres ya estaban junto a ellos. Una le dijo al bolero que le invitara un refresco. Recibió las monedas, agarró a su compañera del brazo,  y dijo unas palabras que le  recordaron a Fulgencio una crónica navideña de Jaime Avilés: “Aquí se rompió una jerga…”     Y se marcharon con pequeños brincos, como dos niñas pintarrajeadas que jugaran al avión.