Sala de lectura: Rubem Fonseca

[Como remembranza a su admirable quehacer literario, reproducimos un fragmento del libro Cuentos completos 2  (Tusquets, 1992), de don Rubem Fonseca (11 de mayo de 1925 / 15 de abril de 2020) con l...

[Como remembranza a su admirable quehacer literario, reproducimos un fragmento del libro Cuentos completos 2  (Tusquets, 1992), de don Rubem Fonseca (11 de mayo de 1925 / 15 de abril de 2020) con la correspondiente autorización de Grupo Planeta México. Lo publicamos justamente hoy, en el 95 aniversario del brasileño, fallecido hace 26 días.]

El arte de andar por las calles de Rio de Janeiro

Rubem Fonseca

En una palabra, la desmoralización era general.

Clero, nobleza y pueblo estaban todos pervertidos.

Joaquim Manuel de Macedo,

Um passeio pela cidade de Rio de Janeiro (1862-1863)

Augusto, el andariego, cuyo nombre verdadero es Epifânio, vive en un segundo piso, sobre una tienda de sombreros femeninos, en la calle Sete de Setembro, en el centro de la ciudad, y anda por las calles el día entero y parte de la noche. Cree que al caminar piensa mejor, encuentra solución para los problemas: solvitur ambulando, les dice a sus botones.       Cuando trabajaba en la compañía de aguas y alcantarillado pensó en abandonarlo todo para vivir de la escritura. Pero João, un amigo que había publicado un libro de poesía y otro de cuentos y estaba escribiendo una novela de seiscientas páginas, le dijo que el verdadero escritor no debería vivir de lo que escribe, que era obsceno, que no se podía servir al arte y a Mammon al mismo tiempo, y que por lo tanto era mejor que Epifânio se ganara el pan de cada día en la compañía de aguas y alcantarillas y que escribiese por la noche. Su amigo estaba casado con una mujer que sufría de los riñones, era padre de un hijo asmático y hospedero de una suegra débil mental, y aun así cumplía con sus obligaciones para con la literatura. Augusto volvía a casa y no lograba librarse de los problemas de la compañía de aguas y alcantarillado; una ciudad grande gasta mucha agua y produce mucho excremento.    João decía que había un precio que pagar por el ideal artístico: pobreza, embriaguez, locura, escarnio de los idiotas, agresión de los envidiosos, incomprensión de los amigos, soledad, fracaso. Y probó que tenía razón muriendo de una enfermedad causada por el cansancio y la tristeza, antes de terminar su novela de seiscientas páginas, que la viuda tiró a la basura junto con otros papeles viejos. El fracaso de João no acabó con el tesón de Epifânio. Cuando ganó un premio en una de las muchas loterías de la ciudad, renunció a la compañía de aguas y alcantarillado para dedicarse al trabajo de escribir, y adoptó el nombre de Augusto.    Ahora es un escritor y un andariego. Así, cuando no está escribiendo —o enseñándoles a leer a las putas— camina por las calles. Día y noche anda por las calles de Rio de Janeiro.       Exactamente a las tres de la madrugada, al sonar en su Casio Melody de pulsera la «Mit dem Paukenschlag», de Haydn, Augusto regresa de sus caminatas al segundo piso vacío donde vive, y se sienta, después de alimentar a los ratones, frente a la pequeña mesa ocupada casi completamente por el enorme cuaderno de hojas pautadas donde escribe su libro, bajo la claraboya por donde penetra un poco de luz de la calle, mezclada con luz de luna cuando las noches son de luna llena.      En sus andanzas por el centro de la ciudad, desde que comenzó a escribir el libro, Augusto mira con atención lo que puede ser visto: fachadas, tejados, puertas, ventanas, carteles pegados en las paredes, letreros comerciales luminosos o no, hoyos en las veredas, botes de basura, sumideros, el suelo que pisa, pajaritos bebiendo agua en las pozas, vehículos y, principalmente, personas.      Un día entró por primera vez al cine-templo del pastor Raimundo. Encontró el cine-templo por casualidad, el médico del instituto le había dicho que un problema en la mácula de su retina exigía tratamiento con vitamina E combinada con selenio y lo había remitido imprecisamente a una farmacia que preparaba esa sustancia, en la calle Senador Dantas, en algún lugar cerca de la Alcindo Guanabara. Al salir de la farmacia, y después de caminar un poco, pasó por la puerta del cine, leyó el pequeño cartel que decía iglesia de jesús salvador de las almas de las 8 a las 11 diariamente y entró sin saber por qué.      Todas las mañanas, de las ocho a las once, todos los días de la semana, el cine es ocupado por la Iglesia de Jesús Salvador de las Almas. A partir de las dos de la tarde exhibe películas pornográficas. Por la noche, después de la última sesión, el gerente guarda los carteles con mujeres desnudas y frases publicitarias indecorosas en un depósito contiguo al sanitario. Para el pastor de la iglesia, Raimundo, y también para los fieles —unas cuarenta personas, en su mayoría mujeres y jóvenes con problemas de salud— la programación habitual del cine no tiene importancia; todas las películas son, de cualquier forma, pecaminosas, y ninguno de los creyentes de la iglesia va nunca al cine, por expresa prohibición del obispo, ni para ver la vida de Cristo en Semana Santa.      Desde el momento en que el pastor Raimundo coloca frente a la pantalla del cine una vela —en verdad, una bombilla eléctrica en un pedestal que imita un lirio— el lugar se convierte en un templo consagrado a Jesús. El pastor espera que el obispo compre el cine, como lo ha hecho en algunos barrios de la ciudad, y que ahí instale una iglesia permanente, veinticuatro horas por día, pero sabe que la decisión del obispo depende de los resultados del trabajo de él, Raimundo, junto a los fieles.      Augusto va esa mañana al cine-templo por tercera vez en la semana, con el objetivo de aprender la música que las mujeres cantan, Vete, vete, Satanás, mi cuerpo no es tuyo, mi alma no es tuya, Jesús te ha vencido, una mezcla de rock y samba. Satanás es una palabra que lo atrae. Hace mucho que no entra a un lugar donde las personas recen o hagan algo parecido. Recuerda que cuando niño fue durante años seguidos a una gran iglesia llena de imágenes y personas tristes el Viernes de la Pasión, llevado por su madre, que lo obligaba a besar el pie de Nuestro Señor Jesucristo acostado con una corona de espinas en la cabeza. Su madre murió. Un recuerdo difuso del color morado nunca lo abandonó. Jesús es morado, la religión está ligada al morado, ¿su madre es morada o era morada la seda que forraba su ataúd? Pero no hay nada morado en aquel templo-cine con guardias que vigilan desde lejos, dos jóvenes, uno blanco y un mulato, flacos, pequeños, camisa de mangas cortas y corbata oscura, circulando entre los fieles y nunca acercándose a las butacas del fondo donde él está sentado, inmóvil, con lentes oscuros.      Cuando cantan Vete, vete, Satanás, mi cuerpo no es tuyo, mi alma no es tuya, Jesús te ha vencido, las mujeres levantan los brazos echando las manos para atrás sobre las cabezas, como si estuviesen empujando lejos al demonio; los guardias de camisa manga corta hacen lo mismo; el pastor Raimundo, sin embargo, micrófono en mano, comanda el coro levantando solo un brazo.      Este día, el pastor fija su atención en el hombre de lentes oscuros, sin una oreja, en el fondo del cine, mientras dice:      —Hermanos, quien esté con Jesús que levante las manos.      Todos los fieles levantan las manos, menos Augusto. El pastor se percata, muy perturbado, de que Augusto permanece inmóvil, como una estatua, con los ojos escondidos por los lentes oscuros.      —Levanten las manos —repite emocionado, y algunos fieles responden empinándose en la punta de los pies y extendiendo más todavía los brazos hacia lo alto. Pero el hombre sin oreja no se mueve.      El pastor Raimundo llegó de Ceará a Rio de Janeiro cuando tenía siete años junto a su familia, que escapaba de la sequía y del hambre. A los veinte años era vendedor ambulante en la calle Geremário Dantas, en Jacarepaguá; a los veintiséis, pastor de la Iglesia Jesús Salvador de las Almas. Todas las noches le agradecía a Jesús esa inmensa gracia. Había sido un buen ambulante, no engañaba a sus clientes, y un día un pastor, oyéndolo vender sus mercancías de manera persuasiva, pues sabía decir una palabra tras otra a la velocidad correcta, lo invitó a entrar a la iglesia. En poco tiempo, llegó a ser pastor; ahora tiene treinta años, casi se ha librado del acento nordestino, adquirió el habla de ciertos cariocas, pues así, imparcial y universal, debe ser la palabra de Jesús.      Es un buen pastor, como fue un buen ambulante y un buen hijo, pues se encargó de su madre cuando quedó paralítica y se hacía caca en la cama hasta el día de su muerte. No logra olvidar el cuerpo senil, decadente y moribundo de su madre y lamenta que no se haya muerto de infarto a los cincuenta años; no es que se acuerde de cómo era a los cincuenta, solo recuerda la madre vieja y repelente. Por saber decir con rapidez y significados correctos una palabra tras otra, lo transfirieron de la Baixada al centro de la ciudad, pues la Iglesia de Jesús Salvador de las Almas quería llevar la palabra de Dios hasta los barrios más impenetrables, como el centro de la ciudad. El centro de la ciudad es un misterio. La región sur también es trabajosa, los ricos desprecian la iglesia evangélica, religión de gente pobre, y en la región sur la iglesia es frecuentada los días de semana por viejas y jóvenes enfermizos, que son los fieles más fieles, y los domingos por empleadas, porteros, gente del aseo, mulatos y mal vestidos. Pero los ricos son peores pecadores y necesitan todavía más la salvación que los pobres. Uno de los sueños de Raimundo es ser transferido del centro a la región sur y llegar al corazón de los ricos.      Pero el número de los fieles que va al cine-templo no ha aumentado y Raimundo quizá tenga que ir a pregonar a otro templo; tal vez lo obliguen a volver a la Baixada, pues fracasó, no supo llevar de manera convincente la palabra de Jesús a donde la Iglesia de Jesús Salvador de las Almas necesita ser más oída, principalmente hoy en día, en que los católicos, con sus templos vacíos, abandonan sus posturas intelectuales y contraatacan con el llamado movimiento carismático, reinventando el milagro, recorriendo a la curandería y al exorcismo. Ellos, los católicos, ya habían vuelto a admitir que solo existe el milagro si existe el demonio, el bien dominando el mal, pero todavía era necesario que se diesen cuenta de que el demonio no es metafísico. Puedes agarrar al demonio, en ciertas ocasiones parece de carne y hueso, pero posee siempre una pequeña diferencia en su cuerpo, una característica insólita; y puedes oler al demonio, que hiede cuando está distraído.      Pero su problema, el de Raimundo, no es con las altas políticas de la relación de su iglesia con la iglesia católica, ese es un problema del obispo: el problema de Raimundo son los fieles de su iglesia, la declinante recaudación del diezmo. Está inquieto, también, con aquel hombre de lentes oscuros, el que no tiene una oreja, que no levantó la mano en apoyo a Jesús. Después de que el hombre apareció, Raimundo comenzó a sufrir de insomnio, a tener dolores de cabeza y a emitir gases intestinales de olor mefítico que le queman el culo cuando se los tira.      Esta noche, mientras Raimundo no duerme, Augusto, sentado frente a su enorme cuaderno de hojas pautadas, anota lo que ve al caminar por la ciudad y escribe su libro El arte de andar por las calles de Rio de Janeiro. Se cambió al segundo piso de la tienda de sombreros para escribir mejor el primer capítulo, que solo comprende el arte de andar por el centro de la ciudad. Después de todo, no sabe qué capítulo será el más importante. Rio es una ciudad muy grande, cercada por cerros, desde donde se la puede abarcar, por partes, con la mirada, pero el centro es más diversificado y oscuro y antiguo; el centro no tiene un cerro verdadero, como ocurre con el centro de las cosas en general, que o es plano o es raso; el centro de la ciudad solo tiene una pequeña colina, mal llamada Cerro de la Salud, y para ver el centro desde arriba, y aun así mal y parcialmente, es necesario ir al cerro Santa Teresa, pero ese cerro no está arriba de la ciudad, está medio de lado, y desde él no se puede tener la menor idea de cómo es el centro, no se ven las veredas de las calles cuando el aire está contaminado sobre la ciudad.      En sus ambulaciones, Augusto todavía no ha salido del centro de la ciudad, ni saldrá tan pronto. El resto de la ciudad, el inmenso resto que solo el satanás de la Iglesia de Jesús Salvador de las Almas conoce completamente, será recorrido en el momento oportuno.      El primer dueño del edificio de la sombrerería vivió ahí con su familia hace muchos años. Sus descendientes fueron algunos de los pocos comerciantes que siguieron viviendo en el centro de la ciudad después de la gran desbandada hacia los barrios, principalmente hacia la región sur. Desde los años cuarenta, casi nadie vivía en los segundos pisos de las principales calles del centro, del meollo comercial de la ciudad, que podía caber en una especie de cuadrilátero, uno de cuyos lados era el trazado de la avenida Rio Branco, el otro una línea sinuosa que empezaba en la Visconde de Inhaúma y seguía por la Marechal Floriano hasta la calle Tomé de Souza, que sería el tercer lado, y finalmente el cuarto lado, un recorrido medio chueco que empezaba en la Visconde do Rio Branco, pasaba por la plaza Tiradentes y por la calle de la Carioca hasta la Rio Branco, cerrando el espacio. En esa área los espacios pasaron a servir de depósitos de mercaderías.      Como los negocios de la sombrerería fueron disminuyendo gradualmente cada año, pues las mujeres dejaron de usar sombreros, incluso en matrimonios, y ya no hacían falta los depósitos, pues el pequeño stock de mercaderías podía quedar para toda la tienda, el segundo piso, que no le interesaba a nadie, quedó vacío. Un día, Augusto pasó por la puerta de la sombrerería y se paró a ver los balcones de fierro labrado en la fachada, y el viejo, que había vendido un solo sombrero ese semestre, salió de la tienda a conversar con él. El viejo le dijo que esa había sido la casa del conde de Estrela, cuando la calle se llamaba calle del Cano, porque por ella pasaba la cañería para la fuente del Largo do Paço, plazoleta que después se llamó Plaza Dom Pedro II y después Plaza Quinze.      —La manía que esa gente tiene de cambiarle el nombre a las calles. Venga a ver.      El viejo subió con Augusto al segundo piso y le mostró una claraboya, con un enorme salón vacío, con las piezas, con el baño de losa inglesa y con los ratones que se escondían cuando pasaban. Le gustaban los ratones; cuando niño había criado un ratón, al que le tomó afecto, pero la amistad entre los dos se rompió cuando el ratón le mordió el dedo. Pero le seguían gustando los ratones. Se decía que los desechos, las garrapatas y las pulgas de los ratones transmitían enfermedades horribles, pero él siempre se llevó bien con ellos, exceptuando el pequeño problema de la mordida. Los gatos también transmitían enfermedades horribles, se decía, y los perros transmitían enfermedades horribles, se decía, y los seres humanos transmitían enfermedades horribles, eso lo sabía.      —Los ratones nunca vomitan —le dijo Augusto al viejo.      El viejo le preguntó cómo se las arreglaban cuando comían una comida que les hacía mal y Augusto respondió que los ratones nunca comían una comida que les hiciera mal, pues eran muy cuidadosos y selectivos. El viejo, que tenía una mente despierta, preguntó entonces por qué muchos ratones morían envenenados, y Augusto explicó que para matar a un ratón era necesario un veneno muy potente que matara con una pequeña y única mordida del roedor y que de cualquier forma no eran muchos los ratones que morían envenenados, si se considera el total de su población. El viejo, a quien también le gustaban los ratones y que por primera vez encontraba a alguien que tuviera por los roedores el mismo cariño y le gustaran las viejas claraboyas y, a pesar de haber inferido por la conversación con Augusto que este “era un nihilista”, lo invitó a vivir en el segundo piso.     Augusto está en el enorme salón, escribiendo su libro, la parte referente al centro de la inmensa ciudad. A veces para de leer y contempla, con una pequeña lente de examinar tejidos, la bombilla que cuelga en el techo.      Cuando tenía ocho años, en la tienda de su padre le dieron una lente que servía para examinar fibras de tejidos, la misma que usa en este momento. Acostado, en aquel año distante, miró por la lente la bombilla en el techo de la casa donde vivía, que era también un segundo piso allá en el centro de la ciudad, y cuya fachada fue destruida para dar lugar a una inmensa placa luminosa de acrílico de una tienda de electrodomésticos; en el primer piso su padre tenía una tienda y conversaba con las mujeres fumando su cigarrillo fino, y se reía; su padre era otro hombre en la tienda, más interesante, se reía con esas mujeres.      Augusto se acordaba de aquella noche en que se quedó mirando la bombilla en el techo y a través de la lente vio seres llenos de garras, patas, puntas amenazadoras, e imaginó, asustado, lo que podría pasar si una de esas cosas bajara del techo; los bichos aparecían, desaparecían, y esto lo dejaba atemorizado y fascinado. Finalmente, descubrió cuando amanecía que los bichos eran sus pestañas; cuando pestañeaba el monstruo aparecía en la lente, cuando abría los ojos el monstruo desaparecía.      Después de observar en el segundo piso con claraboya los monstruos en la bombilla del gran salón —todavía con pestañas largas y todavía con la lente de ver tejidos—, Augusto vuelve a escribir sobre el arte de caminar por las calles de Rio. Como anda a pie, ve cosas diferentes de quien anda en auto, autobús, tren, lancha, helicóptero o en cualquier otro vehículo. Pretende evitar que su libro sea una especie de guía de turismo para viajeros en busca de lo exótico, del placer, de lo místico, del horror, del crimen y de la miseria, como es del interés de muchos ciudadanos de recursos, principalmente extranjeros; su libro tampoco será uno de esos manuales que asocian una caminata a la salud, al bienestar físico y a las nociones de higiene. También se preocupa de que el libro no se vuelva un pretexto, a la manera de Macedo, para arrullar descripciones históricas sobre potentados e instituciones, aun cuando, como el novelista de las doncellas, a veces se entregue a divagaciones excesivas; tampoco será una guía arquitectónica del Rio antiguo o un compendio de arquitectura urbana; Augusto quiere encontrar un arte y una filosofía peripatéticos que lo ayuden a establecer una mejor comunión con la ciudad. Solvitur ambulando. Son las once de la noche y está en la Rua Treze de Maio. Aparte de andar les enseña a las prostitutas a leer y a hablar de manera correcta.      La televisión y la música pop han corrompido el vocabulario de los ciudadanos, principalmente de las prostitutas. Es un problema que tiene que ser resuelto. Tiene la conciencia de que enseñarles a las prostitutas a leer y a hablar correctamente en su segundo piso sobre la tienda de sombreros puede ser para ellas una forma de tortura. Por eso les ofrece dinero para que oigan sus lecciones, poco dinero, bastante menos que la cuantía usual que paga un cliente. De la calle Treze de Maio se va a la avenida Rio Branco, desierta. El Teatro Municipal anuncia un recital de ópera para el día siguiente; la ópera ha estado y no estado de moda en la ciudad desde inicios de siglo. Dos jóvenes escriben con spray en las paredes del teatro, que acaba de ser pintado y exhibe pocas obras del grafitero, con nosotros los sádicos del cachambi el municipal perdio la birginidad graffiteros unidos jamas serán vensidos; bajo la frase la firma-logotipo de los Sádicos, un pene, que al principio causó extrañeza a los estudiosos de la grafitología, porque ya se sabe que corresponde a un cerdo con un glande humano.      —Ey —le dice Augusto a uno de los jóvenes—, virginidad es con v, vencidos no es con s, y sobra una f en graffiteros.      El joven responde:      —Oiga, usted entendió lo que queríamos decir, ¿cierto?; entonces jódase con sus reglitas de mierda.      Augusto ve un bulto intentando esconderse en la calle que está detrás del teatro, la Manoel de Carvalho, y reconoce a un sujeto llamado Hermenegildo, que no hace otra cosa en la vida que divulgar un manifiesto ecológico contra el automóvil. Hermenegildo lleva un bote de pegamento, una brocha y dieciocho manifiestos enrollados en un tubo.      El manifiesto es fijado con un pegamento especial de gran adherencia en los parabrisas de los autos estacionados en las calles. Hermenegildo le hace un gesto a Augusto para que se acerque al lugar donde se esconde. Es común que se encuentren en la madrugada, en las calles.      —Necesito que me ayudes —dice Hermenegildo.      Los dos caminan hasta la Rua Almirante Barroso, entran a la derecha, y siguen hasta la avenida Presidente Antônio Carlos. Augusto lleva el bote de pegamento. El objetivo de Hermenegildo es meterse esta noche al garaje público Menezes Cortes sin que lo sientan los guardias. Ya lo ha intentado dos veces, sin éxito. Pero cree que hoy tendrá mejor suerte. Suben por la rampa hasta el primer piso, cerrado al tránsito, donde están los autos con cupo definido, muchos estacionados la noche entera. Normalmente uno o dos guardias rondan por ahí, pero hoy no hay nadie. Los guardias deben estar en el piso de arriba, conversando para pasar el tiempo. En poco más de veinte minutos, Hermenegildo y Augusto pegan los dieciocho manifiestos en los parabrisas de los autos más nuevos. Después bajan por el mismo camino, entran por la Rua da Assembleia y se separan en la esquina de la Quitanda. Augusto vuelve a la avenida Rio Branco. En la avenida entra a la izquierda, pasa nuevamente por la puerta del Municipal, donde se detiene por un tiempo a mirar el dibujo del pene ecléctico. Va hasta Cinelândia a orinar en el McDonald’s. Los McDonald’s son lugares limpios para orinar, más aún si se comparan con los baños de los bares, cuyo acceso es complicado; en el bar es necesario pedir la llave del baño, que viene agarrada a un enorme pedazo de madera para que no se pierda, y el baño queda siempre en un lugar sin aire, cagado e inmundo, pero los de McDonald’s son inodoros, aunque tampoco tengan ventanas, y están bien ubicados para quien anda por el centro. Este queda en la Senador Dantas, casi frente al teatro, tiene una salida que da a Álvaro Alvim y el baño está cerca de esta salida. Hay otro McDonald’s en la calle São José, cerca de la calle de la Quitanda, otro en la avenida Rio Branco, cerca de la calle de la Alfândega. Augusto abre la puerta del baño con el codo, un truco que inventó: las manillas de las puertas de los baños están llenas de gérmenes de enfermedades sexuales. En uno de los compartimientos cerrados un sujeto acaba de defecar y silba satisfecho. Augusto orina en una de las tazas de acero inoxidable, se lava las manos usando el jabón que retira presionando la boca de metal del recipiente de vidrio transparente empotrado a la pared al lado del espejo, un líquido verde sin olor y que no hace espuma, por más que se refriegue las manos; después se seca las manos con la toalla de papel y sale, abriendo siempre la puerta con el codo, a la calle Álvaro Alvim. Cerca del cine Odeon una mujer le sonríe. Augusto se le aproxima.  —¿Eres travesti? —pregunta.      —¿Por qué no lo averiguas? —le dice la mujer.      Más adelante entra a la Casa Agrense, al lado del cine Palácio, y pide un agua mineral. Abre lentamente el vaso de plástico, y mientras bebe en pequeños sorbos, como un ratón, observa a las mujeres alrededor.      Escoge una mujer que bebe un café porque le falta un diente en la delantera. Augusto se acerca.   —¿Sabes leer?      La mujer lo enfrenta con la seducción y la falta de respeto que las putas saben demostrarles a los hombres.      —Claro que sí —le dice.      —Yo no sé y quiero que me leas lo que está escrito ahí —dice Augusto. Menú ejecutivo.      —No fiamos —dice ella.      —¿Estás libre?      Ella informa el precio y menciona un hotel en la Rua das Marrecas, que antes se llamaba Rua das Boas Noites y ahí estaba la Casa dos Expostos da Santa Casa, hace más de cien años, y la calle ya se llamó Barão de Ladário y también se llamó calle André Rebouças, antes de ser la Rua das Marrecas, y después su nombre cambió a calle Juan Pablo Duarte, pero el nombre no resultó y volvió a ser la Rua das Marrecas. Augusto dice que vive cerca y le propone que vayan a su casa.      Caminan juntos, abochornados. Compra un diario en el quiosco frente a la Rua Álvaro Alvim. Suben al segundo piso de la tienda de sombreros siguiendo por la calle Senador Dantas hasta el Largo da Carioca, vacía y siniestra a esa hora. La mujer para frente al poste de luz de bronce con un reloj en lo alto, decorado con cuatro mujeres también de bronce con los senos a la vista. Ella dice que quiere ver si el reloj está funcionando, pero, como siempre, el reloj está parado. Augusto ordena a la mujer que camine para que no los asalten; en las calles desiertas es necesario andar muy rápido, ningún asaltante persigue al asaltado, tiene que acercarse, pedir un cigarro, preguntar la hora, tiene que anunciar el asalto para que el asalto se consume. El pequeño tramo que va de la Rua Uruguaiana a la Sete de Setembro está silencioso y sin movimiento; los indigentes tienen que despertar temprano y duermen plácidamente en las puertas de las tiendas, envueltos en mantas o diarios, con la cabeza cubierta.      Augusto entra al segundo piso, golpea con los pies, anda con paso diferente, siempre hace eso cuando viene con una mujer, para que los ratones sepan que un extraño está llegando y se escondan. No quiere que ella se asuste; a las mujeres, por algún motivo, no les gustan los ratones, él lo sabe, y los ratones, por un motivo aún más misterioso, detestan a las mujeres.