El sustrato de la cultura en la Ciudad de México

Por Roberto Ramos Trujillo

Por Roberto Ramos Trujillo

[El librero, poeta y editor mexicano nos comparte su visión acerca de ciertos elementos que él considera esenciales en la cultura tanto de la Ciudad de Mexico como de la nación...]

México, 28 de marzo (Notimex).— La Ciudad de México es un mosaico de heterogéneos campos semánticos; es también una abigarrada conjunción de aldeas urbanas. Por lo tanto, no representa una empresa sencilla el interpretarla; no es fácil el desentrañarle la esencia de su enigma, ni el de discernirla con potentes luces que penetren hasta la honda tiniebla de su médula secular, a fin de deslindar y aislar las líneas conceptuales de su actividad cultural.       Por principio de cuentas, la palabra cultura tiene su significado original en "cultivo"; es decir, el concepto se refiere a una actividad que el ser humano ha cultivado con asiduidad, y así se deriva de ella una particular manifestación cultural; o sea que con el tiempo se le ha desarrollado sus atributos esenciales, por ejemplo, al cultivo de la tierra se le denomina agri-cultura, o el cultivo de la construcción de casas y edificios llega a escalar hasta la categoría de arquitectura, o el trabajo con los alimentos culmina en la pericia gastronómica. Está el anverso negativo, el envés siniestro del concepto cultura: el acucioso desarrollo proveniente de la cultura relacionada a la prevaricación.       Digamos entonces que sólo el cultivo extremo de una actividad inherente a la civilización tiene como resultado la agudeza de una obra artística; a fuerza de cultivarse, la música o el dibujo o la palabra, se encumbran en la exclusiva denominación del arte.       Cultura no necesariamente corresponde a un sinónimo de arte. La civilización precisamente se constituye de diversas manifestaciones culturales. Uno de los principales aliados de la cultura en general es el ineluctable Cronos. En tanto que el arte es resultado de un acendramiento del tiempo, y de un cultivo específico, radical, osado, generoso, discreto y virtuoso hasta la incandescencia de alguna disciplina.       Cultura, por tanto, es un concepto de contornos más amplios, que incluye a la esfera del arte.       Un gesto aparentemente cotidiano pero preñado de simbolismo, que al día siguiente se reitera, con el paso del tiempo se convierte en un hábito, luego en costumbre, puede llegar a trascender en un ritual, después se transfigura precisamente en un culto, y en algún momento se convierte en una ceremonia conmemorativa y puede incluso llegar a cruzar umbrales inéditos y definirse con el paso de los siglos en una compleja e indeleble liturgia de inagotable simbología.         La gama cultural en México es extraordinariamente amplia, prácticamente inextricable, pero para fines prácticos se le concede prioridad y atención a todo aquello que lleva más tiempo cultivándose, porque la persistencia en el tiempo le añade y hereda a las cosas algunas sutilezas y sustancias transparentes, imposibles de obtener de forma espontánea. Además, tenemos herencias arcaicas que están enraizadas y latentes en el sustrato de nuestra conciencia. Luego resulta que ostentamos imperturbables ojos de vanguardia, pero nuestro corazón está atrincherado en la penumbra, alerta y trémulo, envuelto en los azoros propios de la edad de las cavernas.

La cultura en la calle

Al viajar en el túnel del Metro, en carro, en el Metrobús o bien caminando, uno termina por percibir con toda claridad la mudanza de atmósferas semánticas entre una colonia y otra; por ejemplo, al cruzar Insurgentes a la altura de la calle Sonora, se deslinda a la Condesa de la Roma, o al cruzar Cuauhtémoc se separa a la Roma de la Doctores; o al atravesar Marina Nacional, y perfilarse por la calle de Pátzcuaro, uno ya respira la atmósfera del legendario barrio de Santa Julia.       También es notorio cuando se ingresa al ámbito de Tacuba, la Merced, la colonia Agrícola Oriental o a las Lomas de Chapultepec. Por ejemplo, al viajar por los carriles de la calzada de Tlalpan, al caer la noche, se advierte que los contornos de esta arteria que desemboca hacia el sur, se erizan de hetairas, náyades, sirenas, y quimeras, y cuando llueve, con sus sombrillas y sus atavíos ceñidos, estas turgentes siluetas ofrecen el aspecto fantástico de hongos fosforescentes. En Iztapalapa, los Ángeles Azules nunca son suficientes para nadie. También consideremos todo lo que representa el baile de la salsa en el corazón del barrio de Tepito. Ahí el que sabe bailar cumbias también debe ser bueno para el trompo; así dicen, y sabemos muy bien a lo que se refieren. En la calle de Puebla, cerca de la Glorieta de los Insurgentes, hay peripatéticas tribus de indigentes drogándose con inhalantes industriales.

Oferta cultural legítima

En gran medida la radio y la televisión, en poco más de medio siglo introdujeron, anegaron y cultivaron en el seno de los hogares mexicanos muchos elementos de cultura eminentemente gringa. Por supuesto que el asedio de la doctrina Monroe, que está a punto de cumplir 200 años, y no caduca, ha producido escarnios en el alma y en la conciencia nacional. Si bien, ha ocurrido el fenómeno paradójico de que dichos elementos más que influir en el temperamento de la población, han terminado por ser mexicanizados. Por ejemplo, hay grupos de rock en las calles del centro, que sin sofisticados aparatos de sonido, al aire libre, frente al Munal y la efigie ecuestre de Carlos IV, de pronto llegan a interpretar las melodías clásicas del género, las que transmitían en Radio Universal, mejor e incluso con más fervor que como se escuchaban en el acetato surcado con la melodía de los conjuntos originales de Liverpool.       Ahora bien, todo este dilatado mosaico tendría que ser considerado muy seriamente a la hora de determinar una oferta cultural legítima, que garantice magnetizar genuinamente el interés y la curiosidad de las voluntades; pero la verdad no es así. Muchos programas culturales de danza, teatro o literatura, que están subvencionados por el Estado, en realidad son producto o fruto de alambicadas obsesiones personales; por eso las butacas de espléndidos foros lucen vacías o en las lecturas líricas sólo asisten los familiares y las amistades más fieles del poeta. En cambio, los payasitos, y los mercuriales arlequines urbanos en los contornos de la Alameda, alrededor de la estatua dedicada a Beethoven, con alegorías y albures, chistes y juego de palabras, todos ellos brillantes, pronto convocan un apretado círculo de personas regocijadas en torno a su espectáculo. Son estos arlequines de expresión rápida y procaz el rescoldo vivo de los circos trashumantes.

Imágenes literarias de México

Sé de un pintor realmente talentoso, con un pulso privilegiado y pupilas particularmente diestras para conducir un discurso cromático, que aspira a emocionar y destacarse en las principales capitales de Europa con su complejo arte abstracto, pero que, cuando ya lo estrangula la circunstancia, pinta una Virgen de Guadalupe con devoción de artista medieval, e incluso prescinde de la abultada rúbrica del ego, y entonces con enigmática celeridad consigue un generoso comprador y muchas veces resuelve de esta forma la desagradable vicisitud de su situación de artista incomprendido, perpetuamente amagado por el espectro del colapso que le desdibuje su anatomía profana.       En la fundación de México Tenochtitlan hacia 1325, hay un dato germinal y de fatalidad escatológica que no podemos soslayar: los tlamacasques o sacerdotes de la teocracia mexica, realizaron la aciaga ceremonia de un sacrificio humano, y las palpitaciones del corazón de la víctima se ofrecieron a la hematofagia teológica de Tezcatlipoca. Así se fundó esta ciudad.       Es abundante la bibliografía en torno a la interpretación de México. Empezaríamos por las Cartas de Relación, la crónica de Bernal Díaz del Castillo, los documentos de Fray Bernardino de Sahagún que sospechaba que el culto a la Virgen del Tepeyac escondía en realidad la idolatría a Coatlicue Tonantzin; el enigmático poema del Nican Mopohua de Antonio Valeriano, y cuya fuente oral es Cuauhtlatoatzin, que vivía en Tulpetlac; Francisco Xavier Clavijero,  Rafael Landívar, Sor Juana Inés de la Cruz, los Jesuitas expulsados en el siglo XVIII;  Humboldt, Artemio de Valle Arizpe, Joel Robert Poinsett, primer embajador plenipotenciario, gringo calvinista, un eminente hígado.       La suave Patria (1921), de Ramón López Velarde y que es el más bello exhorto en endecasílabos para rezar el Rosario; Ralph Roeder; las obras pictóricas de Gonzalo Carrasco y José Clemente Orozco. Carlos Pereyra y su México falsificado (1949). “Muerte sin fin” (1939), de José Gorostiza, con la transparencia tirante en un tálamo de sombra.  Culminaríamos, por supuesto, con las Instrucciones para vivir en México (1990) y La ley de Herodes (1967), de Jorge Ibargüengoitia. Más todos los que no mencionamos.

Omisiones históricas en la cultura mexicana

Una glosa que tiende a omitirse en las interpretaciones de la cultura en México, es que Estados Unidos favoreció las independencias de los países del continente americano a fin de expulsar de aquí la presencia de la cultura española y europea, específicamente de Roma, representada por la Iglesia. España, con rezongos y estertores de pólvora, se retiró, pero Roma desafió el poderoso designio de la doctrina Monroe, hasta la fecha. Muchas de nuestras acerbas vicisitudes actuales hunden los tallos de sus raíces en esta aciaga circunstancia. También ha habido una prolija cultura de omitir esta realidad. Por sus omisiones los conoceréis.       Muchos viajeros célebres como Humboldt ofrecieron información de espionaje que sirvió para posteriores invasiones. Las tropas norteamericanas se cuidaron muy bien de no ingresar por el acceso franco del cerro del Tepeyac. Luego cuando ya tenían todo dominado, se retiraron con gruñidos y rezongos de filibusteros, ahuecaron el ala como empujados por el ensalmo de un milagro.       En algún libro leí que en la provincia consideraban que la Ciudad de México ya estaba inexorablemente texanizada; la capital del país ya se había rendido a la influencia deleznable de la cultura de los bárbaros del norte. Desde aquí, en cambio, a la provincia la percibimos más bien como anclada a la tradición, y eso, unos lo aprecian como negativo, y otros los consideran extraordinariamente positivo.       Muchos extranjeros realmente no entienden lo que es y significa la realidad de México. Lo más normal es que ese distanciamiento obedece a cierta haraganería burguesa y entonces se ciñen a la mullida percepción de lo que les ofrecen en las síntesis de los trípticos de turismo. Conocí a una italiana en cuyo filo de su perfil romano se notaba un destello de aguda ingenuidad, pues estaba afanada en la pesquisa de los orígenes comunistas de Pancho Villa. Total; es interesante ver las pupilas de los extranjeros… erizadas de fantasías.       El caso es que comprender la esencia medular de la cultura en México es indispensable para establecer con seguridad las plantas de los pies en la tierra o en la acera que caminamos, y no añadirse al error de percepciones desorbitadas.  La importancia de la actividad cultural obedece a que representa la sustancia nítida e intangible que cuaja y dibuja los contornos del carácter de una ciudad, y de la patria.