Los mariachis callaron tras las puertas del Tenampa

De las puertas del Tenampa no salen más las canciones de José Alfredo y Cuco Sánchez, el sitio que alguna vez ocupara Chavela Vargas ha cedido su espacio al silencio, afuera, la Plaza de Garibaldi ...

De las puertas del Tenampa no salen más las canciones de José Alfredo y Cuco Sánchez, el sitio que alguna vez ocupara Chavela Vargas ha cedido su espacio al silencio, afuera, la Plaza de Garibaldi tan solo es un rumor moribundo de guitarras, trompetas y tololoches ante un teatro vacío en el corazón dormido de la ciudad.

"Ya lo cerraron, todo mundo llegaba al Tenampa, a buscar mariachi, a disfrutar de la música mexicana, es la alegría de todo el turismo que llega acá, les llama la atención, es alegre, a eso vienen, a escuchar la música mexicana", dice Alfredo mientras su voz se mezcla entre guitarreos distantes; "nos afecta, cuando está abierto sí nos ayuda mucho, porque llega mucho turismo, ahorita no llega nada", agrega.

Los acordes de las canciones se pierden en el aire, en el lugar apenas un par de parejas acurrucados hacen eco a los versos y las guitarras, nadie baila, el tufo de alcohol danzando en el aire también se ha disipado ante la mirada de los mariachis que fuman por no poder cantar, que hablan a falta de versos, en medio de un virus que ha "infectado" la economía del mundo.

"Canto desde hace 10 años aquí en Garibaldi, pero el mariachi es cosa de familia, a mí siempre me ha gustado, mis hermanos son mariachis, mis tíos, mis primos", relata Alfredo al tiempo que se acomoda el moño y estira su saco con orgullo, mientras en su rostro se dibuja una sonrisa de quien ama lo que recuerda. "¿Sabe? las fiestas siempre son alegres, unos tocan los violines, trompetas y armonías, a todos nos gusta cantar, disfrutamos de ese ambiente mexicano".

A un lado un hombre pasa ofreciendo “toquecitos”, de entre las arrugas de sus manos extiende unos borles metálicos “ándele joven, anímese, unos toques para despertar”, debe de tener más de 60 años, un ser asiduo de las noches en el Tenampa ofreciendo lo mismo, causando gritos entre mexicanos y extranjeros que buscan, además alcohol, un poco de emoción.

"Toco la vihuela -una especie de guitarra miniatura de cinco cuerdas para marcar el ritmo- mis hermanos me empezaron a enseñar, boleritos, huapangos, después el son, así -hace una pausa, su voz tiembla- ahorita ahí vamos, despacito, de lo poquito que va saliendo, nosotros no tenemos un sueldo fijo para decir 'voy a ahorrar esto', no podemos, aquí nos beneficiamos del turismo, de la gente que viene a disfrutar una hora, una serenata, una canción".

Del fondo de la plaza se cuela una melodía, ásperas voces de un norteño al ritmo de un acordeón herido: “Allá en la mesa del rincón, les pido por favor, que traigan la botellaaaaaaaaaaa”, pero no hay mesa, ni rincón, tampoco hay bebidas, tan solo el recuerdo del tequila sobre el concreto.

"Desde que prohibieron la bebida ha bajado el trabajo, antes había carritos llenos de vino, pero había gente de afuera que venía aquí a hacer problemas, que quitaran las bebidas sí nos llegó a afectar mucho, antes llegaba mucha gente (y pedía) 'oiga tóqueme esta canción', armábamos la fiesta aquí", dice y hace una pausa, fuma el último aliento de su cigarrillo antes de arrojarlo al sueño y continuar.

"Nos han cancelado los eventos, la gente está preocupada por la situación que nos encontramos, nosotros jalamos nuestro gel cada quien, nos dicen 'aprevénganse con esto' y ahí andamos, lavándonos las manos, tenemos las debidas precauciones, pero aquí hay que batallar para ganarnos el pan de cada día. Antes, en fin de semana nos íbamos a las dos o tres de la mañana, cuando cerraba el Tenampa, ahora, desde la semana pasada, si vemos que ya no hay nada, pues ya nos vamos a descansar, salga lo que haya salido, no hay de otra".

Otro mariachi lo interrumpe, forma parte de su grupo y ante la falta de gente se despide, "tenga joven -de su bolsillo saca una tarjeta-, ahí cuando se le ofrezca para la esposa o la novia, lo que salga, la amante, a las dos", ríe y extiende un trozo de papel colorido, luego abraza a Alfredo y dice adiós.

"Lo ve, estamos tocando para nosotros mismos, para parejitas que piden una canción, tres o cuatro, no más, hay poquita gente, pero aquí estamos. Todas las calles del centro están igual de vacías mano, entramos en pánico por esto de coronavirus", se resigna.

Y dieron las 10 y las 11, las 12 y... la plaza vacía, sin luna, bordeados por una decena de policías y caballos, limpia de cantos, amores, copas, pasiones y serenatas, entre vendedores de sarapes, hasta que vuelvan a abrir las persianas del Tenampa en el cásico Garibaldi que callará unos día más ante la contingencia sanitaria.