Ariana Harwicz: escribir es una forma de coraje intelectual

Por Mario Bravo Soria

Por Mario Bravo Soria

[La escritora argentina radicada en Francia charla con la sección cultural de Notimex acerca de su visión sobre la literatura, la cual concibe como una manera de transgredir el orden instituido…]

México, 14  de marzo (Notimex).— La escritora que hemos entrevistado pareciera haber anhelado enfilarse en un grupo guerrillero. No sé si habrá llegado tarde a la Revolución Cubana de Fidel Castro o si hubiera deseado vivir durante la misma época en que Ernesto Guevara iba matando canallas con su cañón de futuro, sintiendo la soledad debajo de su roído uniforme verde olivo, esa soledad de quien se sabe sin balas ni besos, sin salidas ni adeptos en una Bolivia que le vio dar ese paso dentro de la Historia. Ariana Harwicz (Buenos Aires, 1977) durante esta conversación también habla de Rodolfo Walsh, un periodista imprescindible en América Latina. Sus referentes en la vida son potentísimos y transgresores.      Harwicz hace poco tiempo presentó en México su más reciente novela Matate, amor (2019), editada bajo el sello de Dharma Books; en dicha historia sus personajes caen en la apatía de vivir sin ser lo que soñaron ser en algún otro momento del pasado, son impostores, hipócritas en sociedad, pero deseosos de dinamitar la realidad y colocar una bomba (real o simbólica) para que todo estalle… Ariana Harwicz pareciera que escribe para eso, busca que algo explote, que no permanezca prejuicio sobre prejuicio, etiqueta sobre etiqueta, impostura sobre impostura.      Para ella, la escritura es una misión guerrillera, en donde no anhela conseguir simpatizantes para una causa (su causa, la escritura, según ella misma nos dice en esta entrevista) sino simple y llanamente pretende colocar bombas literarias, aquí y allá, en las páginas de un libro y en las psiques de los lectores, para que todo explote… y entre escombros, polvo, papeles al viento, cajones destrozados, caos, sobrevivientes, retratos familiares quebrados, casas colapsándose y desasosiego, ahí ella y su escritura doblarán a la izquierda en la próxima esquina, discretamente, mirando a lo lejos todos los destrozos provocados por el destino que le confiere a sus personajes, con la satisfacción de quien sabe que cumplió con su deber, pues habrá librado una batalla contra las imposturas: escribir es transgredir, pareciera ser una máxima de Harwicz.

Nacer en dictadura

—Usted nació durante el año de 1977 en Buenos Aires…      —Sí, fin del 77, en Buenos Aires…                                                                      —En un momento delicado, complejo, de su país…      —Nací en dictadura. Nací en 1977, así que hasta 1983, en los primeros cinco o seis años de vida, fueron bajo dictadura. Es difícil tener recuerdos exactos porque era muy niña, pero igual marca… igual es un acontecimiento político, no es lo mismo ni anodino nacer en dictadura que en democracia.      —¿Su familia cómo lo vivió?, ¿había militancia política u observaban desde lejos la situación represiva en el país?      —No era militancia pura y dura, pero sí estaban en riesgo, como todo el mundo… particularmente, mi mamá por ser psicoanalista judía y mi padre por haber estado en determinados movimientos políticos de peronistas. No eran los clásicos militantes, pero sí estaban en peligro, sí supuso que los persiguieran… que uno debiera tener cuidado para no ser agarrado en la calle…      —Considera que esa etapa, los relatos familiares, la manera en que ustedes vivieron aquellos momentos, ¿habrán dejado alguna huella tanto en la mujer que usted es como también en la escritora…?      —Sí, porque todos los acontecimientos políticos de la Argentina, tanto en lo biográfico como en lo macro político influyen en tu percepción del mundo… en la ideología que tengas, en cómo vivís, en cómo hablas; después en el escritor que serás o no, en la literatura que crearás. Posteriormente, vinieron los atentados antisemitas (más adelante cuando yo era más grande), hubo dos: en la embajada israelí en Buenos Aires, el cual ocurrió en el año de 1992, y en la Asociación Mutual Israelita Argentina durante 1994; eso forja una conciencia política y una escritura, una literatura, una lengua. No es lo mismo nacer en otro lado ni durante otro año.

El cine, el teatro, la música…

—¿En qué barrió vivió de Buenos Aires?      —¡Muchas mudanzas…!, pero hay un barrio llamado Villa Crespo que era más para la comunidad judía. Yo viví ahí. También eso me dio una visión del mundo, una sensibilidad...      —Su madre era psicoanalista, pero su padre paralelamente a ser militante peronista… ¿a qué se dedicaba?        —A muchas cosas, muy fluctuantes… era muy aventurero. Trabajó en el cine, distribuidor de cine, pero siempre fue un luchador… ha montado empresas, ha tenido de todo.      —En esa infancia, con esos padres… ¿había espacio para la literatura y los libros?      —No era una familia típicamente intelectual, en el sentido de que la casa estuviera forrada de libros, pero sí el psicoanálisis estaba muy presente; a mi papá siempre le gustó el arte, el teatro, la música. Siempre había un ambiente cultural, ir al cine y al teatro… había un cierto nivel, un cierto deseo de arte y de que leyéramos a los clásicos intelectuales.

Interés por las revoluciones

—¿Quiénes fueron sus primeras referencias en el mundo de la literatura?, ¿a quién empezó a leer desde niña y adolescente?      —Antes de dormir me leían los clásicos cuentos de María Elena Walsh y Elsa Bornemann… esos son mis recuerdos. Después, todo lo más clásico que es Mark Twain, todas las aventuras que un niño lee en los libros cuando es más grande, por ejemplo Alexandre Dumas; pero esas fueron las primeras historias.      —¿En qué momento de su vida llegó la necesidad de escribir?      —¡Muchísimo más tarde! No fui en lo absoluto una escritora precoz, ni adolescente, ni joven. Matate, amor lo escribí a los 33, 34 años. Luego de toda una vida de mucho estudio, de ser mucho tiempo estudiante, de haber ido muchas veces a Cuba, de haber vivido toda una vida muy interesada en la política. Siempre me interesó el comunismo, la política, las revoluciones. Me llegó mucho después la escritura.      —Esa experiencia de haber conocido el proceso revolucionario en Cuba, ¿cómo permeó en su literatura y en su posterior escritura?      —Me sigue causando el mayor interés. Lo que más me interesa del mundo son los sistemas: el comunismo, el sistema soviético, la revolución, toda la consecuencia en la psique humana. Por eso mis meses viviendo en Cuba, mis viajes… me interesaron muchísimo porque contrastaban con mi experiencia política argentina, finalmente más o menos democrática. Sí creo que tuvo una influencia en que todo eso bregó y alimentó a la escritora que iba a hacer 25 o 30 años después. Hubo un poco de conciencia, no es que después escribiera acerca de eso...      —¿Usted estudió en la Universidad de Buenos Aires?      —En la UBA estudié filosofía, aunque no me recibí. Después estudié mucho tiempo cine, teatro y luego literatura en Francia.

El mapa de tu lengua

—¿Cuántos años ha vivido en Francia?      —Vivo en Francia desde hace 12 años, a partir de 2007. Todo eso cuenta a la hora de escribir, todo eso arma el mapa de tu lengua, aunque después nunca escribas nada de eso pero está ahí subterráneamente, como un iceberg.      —¿Por qué Francia?      —Supongo que, por la lengua, quería estudiar francés. Siempre me interesó la cultura francesa. Todos crecimos bajo la influencia de los poetas, la vanguardia, el cine, los escritores, el psicoanálisis, todo el surrealismo francés… y la pintura. Entonces es la gran influencia para mí, después quería aprender la lengua, me atrajo algo de la lengua francesa. No podía haber elegido otro destino.

La escritura como un acto de clandestinidad

—Ariadna, ¿por qué escribe?, es decir, tiene una necesidad de escribir, pero… ¿para nombrar qué cosas del mundo?      —¡Claro! Estoy de acuerdo, se escribe por necesidad, por ninguna otra razón. Como una necesidad quizá vital, incluso. Se escribe para ejercer la violencia que en la vida no se ejerce. Para odiar con legitimidad, para cruzar todas las fronteras de lo legal, como un cierto ejercicio de lo clandestino también.      —Eso también se podría abordar desde una terapia psicoanalítica, ¿no?      —Sí, claro, el psicoanálisis me interesa muchísimo, es casi como un género literario para mí, pero no escribo bajo esa influencia, me interesa más ir por otros lados; pero vengo del psicoanálisis, mi madre, todo el contexto cultural en Argentina, mi clase social, mi medio. Sin embargo, me interesa más esto, el ejercicio político de la escritura como un acto de clandestinidad, esa posición del escritor me interesa mucho.

Rodolfo Walsh, un paradigma

—En esa vertiente, puntualmente, ¿tiene referentes en la Argentina? En el momento en que acaba de lanzar esa frase, he pensado en Rodolfo Walsh, Osvaldo Bayer, Haroldo Conti… ¿Son referentes suyos o está mirando hacia otras coordenadas geográficas?      —Rodolfo Walsh es como “El escritor”, el periodista escritor que ha arriesgado su vida. Es como el emblema absoluto. Pero también está Roberto Arlt, que también (de otro modo, por supuesto) ejercía la resistencia que me interesa a mí, desde su posición social; aunque Rodolfo Walsh es el paradigma. Después… sí me gusta mucho la literatura de guerra. Todos los escritos que se hicieron durante la guerra, también los anónimos, los soldados, los condenados a muerte, los escritores, los resistentes rusos, todos esos diarios… de ahí bebo, esos son mis referentes.

El reduccionismo de las etiquetas

—¿Actualmente usted sigue viviendo en Francia?        —Sí, mi vida es ahí, aunque voy constantemente a Argentina.      —Es usted una latinoamericana en París…      —Vivo la mitad del tiempo en el campo y la otra mitad en París. Sí soy latinoamericana, aunque no me gusta definir mi escritura con eso, me parece un poco aburrido y limitado: argentina, judía, mujer de 40 años, latinoamericana, sudamericana… me parece terriblemente reductor… son verdades, pero…        —Entrando a su más reciente novela intitulada Matate, amor, me parece inicialmente transgresora y al lector lo descoloca. Uno no espera que ese personaje con el que inicia el texto, una especie de ama de casa, aparentemente ordinaria, con la vida resuelta, tenga esos sentimientos y pensamientos que quizá todos queremos ocultar, pero que a la vez nos habitan. ¿De dónde surge temáticamente la necesidad de contar lo que cuenta en Matate, amor?      —No pienso en la novela… por supuesto, tiene una temática, personajes, un devenir, un conflicto, pero no la pienso desde ahí. Matate, amor surge desde la experiencia de la extranjería y la soledad. Desde esa soledad busqué crear este personaje que tiene tantos disfraces, como vos decís, que todos son verdad: es ama de casa, es mujer, es madre; está ahogada, está en crisis, busca libertad, tiene una crisis identitaria profunda, filosófica… Todos estos disfraces, roles sociales que ocupa, todos son verdad y todos son mentira, como son todas las formas de identidades que se le van adjudicando y con las cuales muchas veces está frustrada, pues no se siente identificada con ellas. Esa crisis de esta mujer me provoca la necesidad de empatía...

Una cruzada contra la impostura

—Estamos en una sociedad que precisamente reprime este tipo de expresiones. Por un lado, hay que ser felices, pareciera obligatorio; por otro lado, uno debe esconder sus más bajas pasiones y sus más terribles deseos, incluso el odio, el sentirse solo y, a veces, detestar al mundo. Estamos en una sociedad que reprime eso y usted en esta novela intenta que el lector se vincule precisamente con ese tipo de afectividades…      —Sí, es cierto, es como la puesta en escena, por eso sirve escribir de todo lo que está reprimido. Lucho contra esas convenciones y contra esa represión que es propia en todas las sociedades, porque la cultura es un modo de represión… la civilización. De hecho, hay represiones que están bien: yo no puedo ahora acá ponerme a bañarme, tenemos que ir al baño… ahí está lo privado y lo público. No se pueden liberar los instintos, por eso no somos animales, por supuesto. Cultura y civilización… pero justamente me parece interesante en el libro atentar contra esas represiones y liberarlas… ver qué hay del otro lado.      —Freud en El Malestar en la cultura, un texto de 1930, diría: “El ser humano cedió una dosis de libertad para ganar una dosis de seguridad”. Nos sentimos más seguros en el Estado, pero invariablemente tenemos más neurosis.      —Exactamente es eso, el Malestar en la cultura, tal cual.      —Tanto para sus personajes como para la literatura que realiza, ¿qué tan benéfico es estar dentro de esta cultura que nos reprime, que no nos garantiza la satisfacción de nuestros deseos y que nos mantiene ahí, como el personaje, viviendo vidas aparentemente frustradas?      —Esa es una lucha, ese es el combate… no contra la civilización pues también nos aporta el arte, el teatro, la música, el refinamiento intelectual, nos ayuda a pensar… Pero sí la lucha, la resistencia (usando este modo guerrillero y político con el que empezamos hablando) es contra no vivir una falsa vida. Todos mis personajes tienen pánico a vivir la impostura… Todos los personajes parecieran en guerra contra la impostura de la vida. Llevar una vida finalmente falsa, impuesta, en la pose, en la mentira. Porque eras de ahí y no lo dijiste, porque no querías ser padre y fuiste, porque no querías a la esposa y fuiste… Todos mis personajes pareciera que tienen una cruzada contra esa impostura. Y sí, fatalmente, estamos en una cultura, pero bueno, ¿cómo se puede hacer para resistir estando dentro?, sin salir, porque si salimos estamos offside, estamos fuera y somos como muertos sociales.

La violencia es universal

—Ciertos personajes suyos están en contra, sí, de la impostura y yo diría también de la hipocresía social. Mencionó por ahí algunas palabras: “resistencia guerrillera”, “impostura”, “hipocresía social”, me suena al Che ¿no?        —Sí… se me fue la charla…      —Como personaje, ¿hay algo que la vincule a la postura que él tenía? Me refiero a Ernesto Guevara en cuanto a que era un transgresor de las normas sociales…      —Absolutamente, y después lo que han hecho de él. Sí me interesa, no importa si estoy de acuerdo o no… Me interesa muchísimo, un hombre que fue médico, que salió de una clase social y luego transgredió todo. Ya no hay más hombres así. Se quedó como el mito de una época… sí trabajo con eso: ¿Qué puede hacer un hombre…? Él es el emblema de la no-cobardía, del coraje. También escribir es una forma de coraje intelectual, artístico y político. Soy argentina y con mi generación crecimos bajo la sombra de ese gran padre, de ese gran Che, de ese gran hombre. No porque esté de acuerdo o no políticamente con él, sino por la causa que ha seguido hasta la muerte. Seguir una causa y escribir es eso.      —¿La escritura es su causa…?      —Sí, seguro…      —Pero puede ser un acto solitario en primer momento ¿no?      —Sí, es solitario, pero mira después… están ahí los lectores. Los lectores que leen y a su vez… el que escribe, que lee… Después hay un acto de comunidad.      —¿Cuál mensaje esperaría que le llegara al lector mexicano con su más reciente novela? Es decir, esto usted lo escribió en Francia…      —Sí, en Francia, en el bosque…      —Una argentina en Francia, con los referentes que nos acaba de compartir, ¿ya ubica algún vínculo, algún puente afectivo, emotivo que vincule esta novela con el posible lector mexicano?      —Creo que sí porque algo entiendo de la violencia que se ejerce en Latinoamérica. No es la misma a la Argentina que la mexicana, pero hay lugares en común. Hay una zona en común (hablando de todas estas terminologías de guerra), hay una zona minada en común y creo que el lector mexicano podrá entrar a este mundo, porque entenderá esta violencia desde su propia violencia, desde la propia represión mexicana, desde las propias convenciones de la sociedad mexicana, desde la propia violencia. Entonces podrá entrar en la mente de esta mujer. Yo misma soy producto de una violencia. Esta novela es producto de una violencia francesa-argentina, sin localizarla, pero tiene ambas… la violencia es universal. Entonces, sí me interesa ver cómo la leerá el lector mexicano, cómo la interpretará.

Tener más valentía en la vida

—Jugando con esta imagen que planteaba usted de la guerrilla. Una guerrilla busca ir ganando simpatizantes, inicia con cinco... como en ese cuento de Julio Cortázar, “Reunión”: una guerrilla inicia con pocos integrantes y se va haciendo de simpatizantes, de cómplices… ¿Ariana Harwicz qué busca?, ¿lectores simplemente, cómplices, militantes de la misma causa transgresora?      —No soy un puntero político [líder], no soy una política para buscar adeptos, si no militaría. El milagro es cuando aparecen lectores… La utopía sería que un libro pueda llevarte a tener más valentía en la vida.      —Después de Matate, amor, ¿cuál es la siguiente operación-guerrillera-escritural de Ariana?      —Antes hubo tres: La débil mental [2014], Precoz [2015] y Degenerado [2019]. Espero que estén todas a la altura de esta operación guerrillera en la escritura que decimos. Lo que vendrá no sé qué será, pero todas estas (espero, pero creo que sí) tienen misma intención de poner bombas, digamos.      —Me llama la atención que, mientras hemos charlado, usted anotaba cosas en una libreta…      —Términos… porque soy media obsesiva con las palabras y cuando aparece una palabra que brilla y me interesa especialmente, la anoto.