Boris Vian, el literato jazzista

Por Salvador Mendiola

Por Salvador Mendiola

[Nació en Francia el 10 de marzo de 1920. Hace exactamente un siglo. Y partió de este mundo el 23 de junio de 1959 a la edad de 39 años. Lo recordamos en su centenario natal.]

Boris Vian fue un excéntrico singular, fuera de serie, desbocado, efectivamente único en todo. Tan singular fue que deslumbra, como una isla solitaria, en medio de la época y la cultura donde le tocó vivir: la hora brillante del existencialismo francés como vanguardia de la contracultura. En tanto que artista, Boris Vian practicó casi todas las artes modernas, ya fuera de manera directa o indirecta. Escribió poesía, teatro y prosa, hizo crítica de jazz, fue trompetista, compositor, pintor, guionista, actor de cine y hasta pornógrafo de escándalo.

Sullivan, su negro novelista policiaco

Algo de lo más excéntrico de Boris Vian consiste en que hoy día, al llegar a los cien años de su nacimiento, sigue siendo un héroe subterráneo y hasta cierto punto clandestino, periférico, muy periférico, de minorías. Porque la fama de Boris Vian es baja, comparada con la de sus amigos y coetáneos, tales como Jean-Paul Sartre, Simone de Beauvoir, Albert Camus, Raymond Queneau, Juliette Greco, Yehudi Menuhin e incluso Miles Davis.       Cuando más se le leyó fue en los años sesenta y setenta del siglo pasado, la era de la psicodelia y la revolución juvenil. Luego ha seguido leyéndose, más que nada como lectura de adolescencia, pues todavía hoy tiene poca presencia en las academias de filosofía y letras. Incluso en Francia no es un autor dentro del canon de la gran literatura, mal para ellos. Boris Vian es un artista enorme por la cantidad de libertad que provoca el contacto con sus obras, un contacto que siempre resulta apasionado, intenso, conflictivo, transformador.       Nacido en 1920 en Ville de Avray, un suburbio campirano al oeste de París, Boris Vian tuvo que suspender a los doce años de edad una infancia feliz y cómoda, porque le detectaron un problema en el corazón que a la larga sería la causa de su muerte. Entonces una madre posesiva lo encerró en su recámara y el niño tuvo que recurrir a toda su imaginación para no volverse loco, esa vivencia lo alimentó para ser el incansable ente creativo que fue toda su vida.       Estudió ingeniería, lo que al principio le sirvió para ganarse la vida sin muchos problemas, y así pudo dedicarse con más libertad a sus actividades de artista. Luego se dedicó de muchas maneras a la cultura. Quiso vivir de sus libros y escritos, sólo lo logró inventando un autor negro norteamericano de novelas policiacas: Vernon Sullivan, del que decía ser sólo su traductor, trampa que lo metió en mil conflictos con la alta sociocultura parisina pues la primera novela de Sullivan: Escupiré sobre sus tumbas, fue calificada y juzgada como pornografía.

Final simbólico en el cine

Pero Vian escribió de todo. Brilló sin igual como crítico de jazz, lo que lo condujo a trabajar para la compañía Philips Records, donde fue director de su colección de jazz. La enfermedad cardiaca que padecía impidió que participará en la Segunda Guerra Mundial, razón por la cual luego dirá: “Yo no fui a pelear, yo no fui deportado, yo no colaboré, yo sólo permanecí por cuatro años como uno de los muchos otros imbéciles mal alimentados.”       La muerte de Boris Vian fue un acontecimiento con un sentido de poesía e ironía sólo digno de su conflictiva excentricidad. Como todo en su obra, su muerte misma es un hecho surrealista y patafísico: la realidad vuelta mito con mucho humor negro. Asombro y risa, lágrimas y desconcierto. El 23 de junio de 1959 Boris Vian fue al Cine Petit Marbeuf, justo al lado de los Campos Elíseos, para asistir a una proyección privada de la adaptación cinematográfica de esa su novela Escupiré sobre sus tumbas, una película que él había desaprobado desde el principio considerando que traicionaba por completo el sentido de su polémico libro. Apenas terminaron de pasar en la pantalla los créditos iniciales cuando, para gran consternación de las personas reunidas en ese pequeño teatro, su cabeza cayó hacia atrás como en un desmayo. Nunca vería completa esa película que denunció públicamente y de la que trató de detener su producción. Pocos minutos después, en el hospital de Laennec, donde fue transportado, se declaró muerto a Boris Vian por un ataque al corazón. Ni su admirado Alfred Jarry hubiera imaginado un final tan simbólico para la vida de este artista todo extraordinario.

La música y el amor

Si el genio multifacético de Boris Vian tuvo una pasión definitiva, ésta, sin duda, fue el jazz. Fue algo que le dio forma y contenido a su vida. Muy joven aprendió a tocar la corneta y la cornetina, ya con la clara intención de hacer música de hot jazz y teniendo al cornetista blanco Bix Beiderbecke como modelo. La importancia del jazz en su vida nos lo dice en el prólogo a la novela La espuma de los días, donde escribió: “Tan sólo dos cosas valen verdaderamente la pena: la música de Nueva Orleáns y de Duke Ellington y cualquier forma de amor con bellas muchachas”.       Luego, ya dentro del relato de la novela, hará que sea el mismo Duke Ellington quien toque su música en la boda de Chloé y Colin, los protagonistas. También dirá que los tres grandes momentos de su vida fueron los conciertos de Duke Ellington, de Dizzy Gillespie y de Ella Fitzgerald. Pero lo trascendental de esta pasión por la música de jazz se manifestó en él como músico real y concreto al incorporarse a la orquesta de Claude Abadie, lo que le convertirá en una estrella deslumbrante del mundo nocturno del París existencialista, el de St. Germain des Pres.       Eran los momentos donde en la Ciudad Luz ocurría lo mejor de lo mejor del jazz, después de la gran guerra, cuando los más importantes intérpretes de piel negra allí se encontraban para descansar del racismo norteamericano implacable de entonces. Así, su conocimiento del jazz le lleva a decir lo definitivo: “Cuando más escucho al tal [Dave] Brubeck (el de ‘Toma Cinco’) me parece que es una increíble submierda”.       No se diga más al respecto.

La violencia eterna

Para la historia de la norteamericanización de las culturas, Boris Vian, junto con Henri Salvador y Michel Legrand, es considerado compositor de las primeras cuatro canciones del rock en francés. Aunque su obra de compositor de canciones también resulta muy diversa. Lo que predomina son las parodias y las canciones cómicas, con divertidos juegos de palabras casi siempre intraducibles. Sin embargo, la canción que le da un lugar entre los grandes es algo muy serio: se intitula “El desertor” y es una protesta contra la guerra de Francia en Argel; pero luego se volvió crucial como canción pacifista contra la guerra de Estados Unidos en Vietnam, una ruda herencia francesa. Con esta canción se manifiesta el Boris Vian antimilitarista y pro-civil, todo un anarquista romántico.       Realista pesimista, Boris Vian no se engañaba con ilusiones utópicas de paz universal, reconocía que la violencia y la guerra siempre estarán en el mundo, porque son humanamente inevitables en tanto que el ser humano es de origen imperfecto; pero también sabe, existencialista libertario, que la dignidad humana fundada en la ética de la verdad siempre debe estar en contra de la violencia y la guerra, aunque todo esté perdido. Es de tal modo como se emancipa la conciencia del ser humano del absurdo del caos cósmico en que sólo se es una brizna de nada con voluntad.

El humor filosófico

Las novelas de Boris Vian son obras multimodales que pueden interpretarse desde muchas perspectivas. Predomina, evidente, tremendo, el sentido del humor; pero es un humor con sentido, un humor filosófico, patafísico. Entonces son trabajos de alquimia hermética, cargados de símbolos y temas de una profundidad perdurable. Por tal razón se recomienda leerlas en su lengua original, ya que lo más decisivo de su escritura es intraducible, son sabiduría en francés. Hasta ahora, La espuma de los días (1947) ha sido la de mayor audiencia y mejor recepción crítica, para ello ayudó la película de Charles Belmont, estrenada justo en 1968, tal como ahora también ayuda la versión de Michel Gondry, titulada en inglés Mood Indigo (2013).       La trama son los enredos amorosos de tres parejas de amor desdichado y melancólico, Chick y Alise, por el lado negro, Colin y Chloé, por el lado blanco, y Nicolas e Isis, integrando el gris que une el blanco y el negro, dado que son los únicos que tienen una efectiva unión carnal dentro del relato, y así el todo se presenta como este juego dialéctico de los tres colores, como en la fotografía o el dibujo con carbón; pero los temas que estos enredos amorosos desarrollan son muy diversos, van de la muerte a la religión, lo mismo que del mundo laboral a la sociedad del espectáculo, de forma que presentan de un modo original el filosofar íntegro de Boris Vian, pues una buena parte del cuento la constituye la parodia del existencialismo de Jean-Paul Sartre, representado por un personaje filósofo de gran éxito, llamado Jean-Sol Partre. Sin embargo, esta novela funciona como vía de ingreso a las otras cuatro novelas que publicó con su nombre, conjunto donde yo quiero apuntar de modo especial la atención de quien lea hacia El otoño en Pekín, también publicada en 1947, pues yo la considero un tratado de patafísica para iniciados mascatuercas, una reflexión profunda por las sendas de la heráldica y la emblemática como tesoro gnóstico moderno.

La pintura y los mundos paralelos

No son obras de literatura realista, sino todo lo contrario: narraciones de ficción fantástica y bien pueden considerarse como ciencia-ficción de mundos paralelos. Predomina un surrealismo de tira cómica, con especial interés por los juegos y enredos del lenguaje, punto donde hay un Boris Vian teórico de la semiótica concreta y súper-crítico de la lingüística abstracta, un digno par de Lewis Carroll. Porque de tal modo es como Boris Vian resulta ser un escritor libertino sensualista, más del lado de Antonin Artaud y Georges Bataille que del lado de André Breton y Paul Eluard, más con Pierre Klossowski que con el Divino Marqués de Sade. Cuando estas novelas se leen en la adolescencia, le cambian la vida a quien las lee, como el Zaratustra de Nietzsche: abren puertas y ventanas hacia las acciones transgresivas necesarias, que revelan y superan el sin sentido de este mundo y su circunstancia egoísta.       La pintura de Boris Vian, por lo que se puede ver en la Red cibernética, no es la de un artista formado en la academia. No es un pintor profesional, pero sí deja ver su formación de ingeniero y una profunda sensibilidad ante la forma y el color. Corresponden a imágenes oníricas, surreales, con un alto contenido geométrico y una tendencia marcadamente expresionista. Dejan imaginar de otra manera los escenarios y personajes de su literatura, siempre muy cerca del teatro del absurdo y de la desconstrucción de la forma-novela burguesa. No son figuras meramente estéticas, están sobrecargadas del filosofar de quien pinta, sin ser exactamente ilustraciones o suplementos, expresan conceptos metafísicos, como en Giorgio de Chirico o en Remedios Varo.

El enmascaramiento múltiple

Boris Vian es un escritor con muchas máscaras, alguien que escribe para deshacerse del yo, un narrador en apariencia omnisciente, pero sin sujeto fijo, sin yo parcial; un narrador objetivo, con cierta tendencia a coincidir con lo que es la nueva novela francesa, donde domina el lenguaje sobre el ego. La lista de sus pseudónimos es muy extensa y variada, aunque se pueden ordenar en cuatro conjuntos: las variantes o anagramas de las letras de su nombre, como “Bison Ravi”; los nombres simbólicos, como “S. Culape” o “Grand capitaine”; los nombres cómicos, como “Mentiroso” o “Lydio Sincrazi”; y los otros nombres, como el de “Vernon Sullivan”, donde, de rebote, las letras del apellido incluyen las letras de “Vian”.       En lo decisivo del existencialismo, la elección de Boris Vian es por la libertad, la libertad de su persona alcanzada a través de la libertad de su escritura. Se construye un destino de poeta: consagra el ser del mundo, con sus palabras, con sus relatos, con sus historias; juzga el sentido de ese sentido, desde el alejamiento crítico de la parodia y la ironía, desde la voluntad de echar abajo la cuarta pared de la fantasía burguesa, enajenante; y anuncia lo mejor que debe venir, amor realista, amor libre, amor compartido, amor sin límites y sin los achaques administrativo-burocráticos del amar que encadena al proletariado, los achaques de la familia nuclerar falogocéntrica. Para que ya en lo decisivo nos enfrente al sentido de la verdad y la realidad, haciéndonos tomar compromisos hermenéuticos definitivos sobre el dilema del mentiroso que noa dice ser un mentiroso, ¿sigue siendo un mentiroso? ¿Por qué se puede decir la verdad con mentiras aparentes? ¿Hasta dónde se puede llegar en todo esto con la telaraña sin pies ni cabeza del alfabeto y las palabras?       Y ya en la zona del chisme y las habladurías... en un momento, Boris Vian fue amante de Simone de Beauvoir, a quien Jean-Paul Sartre siempre mató de celos. Tales complicaciones han hecho que se lean las obras de todos ellos como narración en clave de esa situación extraña, donde los celos y la objetividad, como las sospechas y la pasión por la verdad, hicieron que se manifestara de un modo espléndido lo equívoco del imposible sujeto humano cuando se enfrenta al ingenuo sueño de amor en pareja.

La carcajada patafísica

Boris Vian, como ya se dijo, es un escritor para adolescentes, ya sean temporales o perdurables. La hora de leerlo es en la más temprana juventud, cuando hace falta tener ejemplos de lo que no son el padre y la madre de uno. Con ello, como también aquí ya se dijo, fue un provocador de rebeliones románticas y cómicas, no convocó héroes siniestros sino antihéroes grandiosos como John Lennon y Kurt Cobain, en contraste con personalidades como el Che Guevara o Ho Chi Minh.       Su obra total plantea que el espíritu de la cultura siempre busca los acuerdos y la integración pacífica de lo diferente y lo igual, sin enfrentarlos a muerte, sin separarlos de modo maniqueo, reconociendo que el bien y el mal son en definitiva lo mismo, porque separados sólo son la conciencia estúpida de un talibán dogmático.       Místico sin Dios ni religión; o sea, místico auténtico y siempre excéntrico, libre de ideologías y utopías huecas, con su obra humana Boris Vian no buscó expresarse a sí mismo, porque bien sabía que en el centro de su ser no había nada, por eso buscó mejor tratar de expresar el mundo, comunicar la realidad invisible que hace posible todo lo que vemos. Él no quería entenderlo todo, sino penetrar en serio en el misterio del universo. Recorriendo ese camino con humildad en todo lo que hizo, dio con la piedra de los filósofos y nos la entregó convertida en canciones y poesía, jazz y novelas. Sus efectos liberadores serán duraderos por un largo tiempo. Es un indispensable.