LITORAL

PROBADITA DE ANNE BRONTE

PROBADITA DE ANNE BRONTE

Agnes Gray

IV. LA ABUELA

Ahorraré a mis lectores la descripción de la dicha que experimenté al regresar a mi casa, de la felicidad que me embargó durante aquel breve paréntesis de descanso y libertad transcurrido en un lugar tan querido y familiar, entre los seres que quería y me querían, y del dolor que me causó tener que despedirme de ellos de nuevo por largo tiempo.

No obstante, regresé a mi trabajo con el mismo vigor: una tarea más ardua de lo que nadie pueda imaginar, a no ser que haya sufrido el castigo de tener a su cargo el cuidado y la dirección de una tropa de rebeldes maliciosos y turbulentos, a los cuales no es posible obligar a cumplir sus deberes ni con el máximo esfuerzo, y de cuya conducta, sin embargo, debe rendir cuentas a un poder superior; el cual, a su vez, le exige aquello que no puede conseguirse sin la ayuda de su autoridad, y que, bien por indolencia o por miedo a perder la estima de la mencionada pandilla de rebeldes, se niega a prestar.

Me resulta difícil concebir situaciones más desoladoras que ésta: por mucho que desees el éxito, por mucho que luches por cumplir con tu deber, tus esfuerzos se ven frustrados y aniquilados por los que están por debajo de ti e injustamente censurados y malinterpretados por los que están por encima.

No he enumerado ni la mitad de las tendencias vejatorias de mis alumnos o de los problemas que se derivaban de mis penosas responsabilidades, por miedo a abusar de la paciencia del lector, lo que quizá haya hecho ya; pero mi propósito al escribir las últimas páginas no era divertir, sino ser de alguna utilidad a aquellos que pudieran tener una relación con este tema; aquel que no tenga interés en este tipo de asuntos habrá pasado por ellas rápidamente y quizá haya criticado la prolijidad de la escritora; pero si un padre ha obtenido algún consejo útil o una desgraciada institutriz ha recibido de ellas el menor beneficio, me sentiré más que recompensada por el esfuerzo.

Para evitar problemas y confusión, he hablado de mis alumnos uno a uno y he descrito sus distintas cualidades; pero esto no puede dar una idea clara de lo que significaba ser atacada por los tres a un tiempo, cuando, como sucedía a menudo, todos decidían «ser malos, burlarse de la señorita Grey y provocarle un ataque de cólera».

A veces, en ocasiones como aquélla, el pensamiento que me venía a la cabeza: «¡Si me vieran ahora!» —naturalmente refiriéndome a mi familia— y la idea de lo mucho que se compadecerían de mí hacía que me compadeciese de mí misma… tanto que debía hacer esfuerzos sobrehumanos por contener las lágrimas. Pero las contenía, hasta que mis pequeños verdugos se iban a tomar el postre o a la cama (mis únicos momentos de libertad) y, en aquella deseada soledad, me permitía el lujo de llorar a mi antojo. Era ésta, sin embargo, una debilidad que no me permitía a menudo: tenía demasiadas cosas que hacer y mis momentos de ocio eran demasiado preciosos para ocuparlos en lamentaciones inútiles.

Recuerdo en particular una nevosa y desapacible tarde de enero, poco después de mi regreso: todos los niños habían subido a la habitación después de comer, declarando a voces que tenían la intención «de ser malos», ¡y qué bien llevaron a término su resolución, aunque yo me quedase ronca y esforzara en vano cada músculo de mi garganta para hacerlos entrar en razón!

Tenía a Tom acorralado en una esquina y le dije que no saldría de allí hasta que no hubiese hecho sus deberes. Mientras tanto, Fanny se había apoderado de mi bolsa de la costura, revolvía su contenido y, para colmo, escupía en su interior. Le dije que se estuviese quieta, pero, por supuesto, sin ningún resultado.

—¡Quémala, Fanny! —gritó Tom, apresurándose ella a obedecer la orden.

Conseguí llegar para rescatarla del fuego, mientras Tom salía disparado hacia la puerta.

—¡Tira la escribanía por la ventana, Mary Ann! —gritó.

Mi preciosa escribanía, donde guardaba todas mis cartas y documentos, el poco dinero que tenía y todos mis objetos de valor, estaba a punto de ser precipitada por la ventana de un tercer piso. Volé a rescatarla. Mientras tanto, Tom había salido de la habitación y corría escaleras abajo, seguido de Fanny.

Después de salvar la escribanía, corrí tras ellos, cuando Mary Ann se escapó también. Los tres se zafaron de mí y corrieron hacia el jardín, donde se lanzaron a la nieve, dando gritos de exultante alegría.

¿Qué debía hacer? Si los seguía, no sería capaz de capturar a uno solo y únicamente conseguiría hacer que se alejaran aún más; y si no lo hacía, ¿cómo iba a conseguir meterlos en la casa? ¿Y qué pensarían sus padres de mí si veían u oían a sus hijos, amotinados, en medio de aquella gran nevada, sin gorros, sin capuchas, sin guantes y sin botas?

Mientras me encontraba, desconcertada, junto a la puerta, intentando hacer que me obedecieran con miradas severas y duras palabras, oí, tras de mí, una voz que exclamaba en un tono áspero y taladrador:

—¡Señorita Grey! Pero ¿es posible? ¿En qué demonios está pensando?

—No puedo hacerlos entrar, señor —dije, dándome la vuelta para encontrarme al señor Bloomfield, con el pelo de punta y sus claros ojos azules desorbitados.

—¡Insisto en que los haga entrar! —gritó, acercándose aún más, con una expresión completamente feroz.

—Entonces, señor, tendrá que llamarlos usted mismo, si me hace el favor, pues a mí no me hacen ningún caso —repliqué dando un paso atrás.

—¡Venid aquí, sucios mocosos, si no queréis que os dé con la fusta uno a uno! —rugió, y los niños obedecieron de inmediato.

—¿Ve usted? ¡Han venido a la primera!

—Sí, cuando es usted quien los llama.

—¡Resulta muy extraño que usted, que se supone que está encargada de su cuidado, no tenga el mismo control sobre ellos! ¡Ya no hay nada que hacer! ¡Ahí suben por las escaleras hasta arriba de nieve! Vaya y haga que se adecenten, ¡Dios bendito!

La madre de aquel caballero pasaba una temporada en la casa, y mientras subía las escaleras y pasaba junto a la puerta de la sala, tuve la satisfacción de escuchar los comentarios que la anciana señora hacía en voz bien audible a su nuera sobre el incidente (solo pude distinguir las palabras más enfáticas):

—¡Dios del cielo…! ¡En toda mi vida…! ¡Va a conseguir matarlos, tan cierto como…! ¿Crees, querida, que es la persona apropiada? Te aseguro que…

No escuché nada más, pero fue suficiente.

La anciana señora Bloomfield había sido muy atenta y educada conmigo y, hasta entonces, la había tenido por una viejecita amable y de buen corazón. A menudo se había dirigido a mí y me había hablado de forma entrañable, moviendo afirmativa y negativamente la cabeza, y gesticulando con manos y ojos, como es frecuente en algunas personas de edad, aunque nunca había visto a alguien en quien esta peculiaridad estuviese tan desarrollada. Se había mostrado comprensiva conmigo por los problemas que tenía con los niños, llegando incluso a expresar, con frases a medio acabar, acompañadas de gestos y guiños significativos, que era consciente de que, al restringir de aquella forma mi poder y no apoyarlo con su autoridad, la actitud de su mamá era poco juiciosa.

Aquella forma de mostrar su desaprobación no era demasiado de mi gusto, y por lo general procuraba no darme por aludida, ni daba muestras de entender más de lo que ella decía abiertamente, limitándome a reconocer implícitamente que, si las cosas hubiesen sido de otra forma, mi tarea habría sido menos difícil y habría estado en mejores condiciones para guiar e instruir a mis alumnos. De ahora en adelante debía ser doblemente precavida.

Hasta entonces, aunque me había dado cuenta de que la anciana señora tenía sus defectos (de los cuales uno de ellos era su tendencia a proclamar sus perfecciones), me había sentido siempre inclinada a disculparlos, a dar crédito a todas las virtudes que decía poseer y a imaginar otras sobre las que aún no se había manifestado. La amabilidad, que había sido el alimento de mi vida a lo largo de tantos años, me había sido negada de forma tan absoluta en los últimos tiempos que había aceptado llena de alegría el menor signo de parecido con ella. No es de extrañar, por tanto, que sintiera afecto por la anciana, que me alegrara de estar cerca de ella y que lamentara su marcha.

Ahora, sin embargo, las pocas palabras que, por fortuna o por desgracia, escuché al pasar dieron un vuelco absoluto a la idea que tenía de ella; me pareció entonces hipócrita y mentirosa, una aduladora que espiaba mis palabras y mis actos. Sin duda, me habría convenido mostrarle la misma sonrisa alegre y el tono de respetuosa cordialidad de antes, pero me fue imposible; mis sentimientos alteraron mi comportamiento y éste se volvió tan frío y cohibido que ella no podía dejar de percibirlo.

(…)