Marcela Serrano: el enorme privilegio de la escritura

[La ganadora del Premio Sor Juana Inés de la Cruz 1994 charla con la sección cultural de Notimex a propósito de su más reciente obra, presentada por la novelista hace un mes en la Feria Internacional del Libro de Guadalajara 2019…]

Por Mario Bravo Soria

México, 9 de enero (Notimex).— En algún fragmento de El manto (Alfaguara), la novela más reciente de la escritora chilena Marcela Serrano, se expresa la siguiente frase: “Nos han arrojado una bomba atómica sobre nuestras cabezas. Fuimos siempre cinco hermanas. Se ha roto, irreversible, nuestra fanática identidad”.      Marcela Serrano se refiere al fallecimiento de su hermana Margarita, ocurrido en noviembre del año 2017. La novelista nacida en Santiago de Chile ha escrito una historia para transitar uno de los golpes más fuertes que ha vivido; pero quien incluso ha padecido el exilio, derrotas políticas, temores y soledades… no escribió una ficción en El manto sino ha novelado la vida (¿o la muerte?), esa que insiste en existir aun cuando una bomba atómica ha caído por sobre nuestras cabezas.      La también autora de Nosotras que nos queremos tanto (1991), en la novela dedicada a su hermana Margarita lanza toda una declaración de principios para la vida y la literatura: “Si los caídos son los muertos y los vivos los vencedores, tomo partido por los caídos”, por ello, entonces, sólo así se comprende esa frase final con la cual cierra El manto… frase bella, potente como dos planetas chocando entre sí… tierna y rebelde, desde donde Marcela Serrano escogió a un enemigo (casi) invencible. Ella, en la última página de su novela, dice: “No le daré la victoria a la muerte. Sigo escribiendo”. Y sigue escribiendo… por sus muertos, por Margarita.      Es una desigual batalla, pero seguramente es mucho mejor librarla que hallarse instalado en la depresión o inscribirse a un curso de gastronomía oriental para mantenerse ocupado y no pensar en la muerte.      Un referente absoluto de nuestra entrevistada es el escritor Elías Canetti, quien se obsesionó tanto con los estragos que la muerte deja a su paso que llegó a acuñar la hermosa, ilusoria y vehemente expresión: “Narrar y narrar hasta que nadie muera”.      Y me atrevo a sugerir que esta misma entrevista puede ser también una manera de narrar y narrar hasta que nadie muera. Quizás así hoy, al menos (que no es poco, para nada es poco) la muerte no salga victoriosa: quizá si escribimos, ella —la novelista chilena allá en Santiago, pensando en Margarita— y yo aquí en Ciudad de México, quizás así, escribiendo y escribiendo, logremos —sin que Dios ni el Diablo se enteren— que la muerte sea derrotada, simple y llanamente a través de las palabras: el conjuro quizá sea ese: narrar y narrar hasta que nadie muera. Escribir hoy… mañana… siempre, siempre, así hasta que nadie muera nunca más, pero también hasta que los muertos vuelvan a estar entre nosotros.

“El pan que lleves a tu boca debes producirlo tú misma…”

—Marcela, si bien me gustaría hablar acerca de su nueva novela El manto, también deseo realizar una retrospectiva en cuanto a su trayectoria como escritora, la cual ya es de largo aliento. Le pregunto: ¿cómo fue esa infancia suya en Chile?, ¿qué registros emocionales encuentra de aquella etapa de su vida que aún sigan marcando el presente de Marcela Serrano?      —Fue  fantástica. Dicen siempre que los buenos escritores tienen una infancia miserable, que de eso se han nutrido, pero la mía fue fantástica. Y te diría que lo que más me marcó en la infancia fue un campo que mi padre tenía en el sur: ¡enorme… enorme…! Sólo había vacas, pues no se podía plantar nada porque la tierra era pésima. Mi padre era un excéntrico y decidió que no quería tener ni electricidad, ni gas, ni nada. Entonces nosotros pasábamos cuatro o cinco meses al año allá, tiradas en la nada, donde había mucho silencio, muchos animales, muchos caballos… ¡pero lo que había más eran libros…! No había radio y en ese tiempo no había televisión, piensa que no había electricidad… la carne, por ejemplo, la amarraban al pozo para que estuviera fresca porque no había refrigerador.      “Entonces en esa vida de tanto silencio… los recursos que tú tenías eran los interiores, no había más: eso me marcó absolutamente para poder escribir más tarde… y para ser lo buena lectora que soy, pues soy una gran lectora mucho más que una escritora”.      —Había entonces una polaridad entre la vida de ustedes en la capital de Chile y la vida en el campo...       —Íbamos cuando no estábamos en el colegio. Era una vida muy esquizofrénica, porque la vida en Santiago era muy contenida y normada, y al ir a esta casa pasábamos a ser unas salvajes. Esa es mi marca más profunda: ese salvajismo, ese creer que aun siendo mujer el mundo podía ser lo que yo quería…      —Estamos hablando de la década de los años cincuenta, pues usted nació en 1951…      —Sí, con un padre muy especial que cuando yo tenía cinco años me decía: “Cuando seas grande, el pan que lleves a tu boca debes producirlo tú misma…”, nada de tener dependencia masculina ni cosas así…      —¿Qué ideología política tenía su padre?      —Votaba por la izquierda, pero también tenía una cosa de oligarca que lo hacía ser una rara mezcla. Era un personaje extravagante.      —En esta idea que su padre expresó acerca de que el alimento de uno debe haber llegado mediante el esfuerzo propio…      —Claro, y el terror de él era que, siendo mujeres, fuéramos sometidas y pudiéramos ser maltratadas por la vida sólo a causa del hecho de ser parte del “sexo inferior”.      —Además en una sociedad como la chilena que es bastante particular en cuanto a ciertas cuestiones machistas, conservadoras y religiosas…      —Religiosas, principalmente. La Iglesia nos ha jugado muy malas pasadas…      —En su infancia, ¿cuál papel desempeñó su madre?      —Mi madre era una mujer más convencional, pero era una escritora muy buena. Entonces tenía esa mezcla…      —¿Ella publicó?      —¡Sí!, en Chile tuvo muy buena crítica… pero no estábamos dentro de la globalización todavía, así que no cruzó fronteras. Tuvo novelas muy buenas.      —Hablamos de una infancia feliz entonces…      —Súper feliz… y desde la primera infancia muy ligada a los libros.      Esa infancia feliz llena de campo durante las vacaciones escolares, libros, primeras escrituras e historias de la niña Marcela y, asimismo, niñez habitando la rutina de una urbe como Santiago de Chile durante los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, estuvo siempre acompañada por la madre de nuestra entrevistada, nos referimos a Elisa Serrana, cuyo nombre oficial era Elisa Pérez Walker, quien fue una novelista (además de profesora). Entre sus principales obras se encuentran Las tres caras de un sello (1960), Chilena, casada, sin profesión (1963) y aquella que seguramente es su novela mejor lograda, Una (1964). Elisa falleció el 4 de septiembre del año 2012.

Un impulso raro que te hace narrar

—¿En qué momento usted comenzó a sentir la necesidad de escribir?      —Muy inmediatamente, comencé a escribir novelas a los 11 años y se las pasaba a mis padres para que me evaluaran. Pero como en mi casa todo mundo escribía, incluso mi padre era ensayista… así que yo les pasaba novelas y nadie me hacía mucho caso. Si hoy en día una hija mía de 11 años me lleva una novela, yo digo: “¡Genial…!”, se la fomento; en cambio a mí nadie me fomentó nada, era muy natural escribir. Entonces dibujaba también, hacía las dos cosas y ya en la universidad, llegando el momento de elegir una carrera, me fui por las artes visuales, creo que para ser original dentro de una familia en donde todo el mundo escribía.      —En aquel momento, durante la infancia y la adolescencia, ¿Marcela Serrano para qué escribía? ¿Cuáles eran sus necesidades?      —Tenía una necesidad inmensa de contar historias. En el campo hacía novelas gráficas y se las pasaba a mis hermanas por entregas… Ese impulso raro que me hacía narrar: no podía vivir sin eso. Después empecé a escribir diarios, cartas… pero no fue hasta que decidí que las artes visuales no eran mis pasiones, ahí realmente me puse a escribir en serio.

Marcas indelebles

—¿Cómo la halló el proceso de la Unidad Popular con Salvador Allende y después el golpe de Estado de 1973?      —Bueno, el trauma de mi vida, literalmente. Tenía 22 años recién cumplidos cuando fue el golpe, había entrado a militar ya a los 18 en un partido de izquierda y tuve que ir al exilio a Roma. Para lo dramático del exilio, gracias a Dios me tocó un país como Italia, que fue tan receptivo y solidario, ¡qué gente tan linda! Se portaron muy bien con nosotros…      —¿Usted en dónde estaba durante el 11 de septiembre de 1973?      —En el partido nosotros teníamos la instrucción de que si el golpe venía (todos ya sabíamos que iba a venir, lo que no sabíamos era si contábamos con fuerzas suficientes para hacer una guerra civil)… teníamos instrucciones acerca de ir a casas de clandestinidad para cada uno, así que yo partí disciplinadamente a la casa que me correspondía cuando vino el golpe y estuve encerrada varios días.      —La derrota política y el propio exilio me imagino que han dejado marcas tanto en su biografía como en su literatura…      —Indelebles. De hecho, en este libro que se trata del duelo y las pérdidas, no pude soslayar el golpe de Estado y el exilio como pérdidas gigantescas. Además, cuando tú eres tan joven (partí de 22 años a Roma) te preguntas cómo habría sido la vida si no hubiera habido golpe de Estado, quién habría sido yo, qué habría hecho, cómo me habría desarrollado… ¡fue muy larga nuestra dictadura! Cuando se terminó, yo era ya una mujer grande. Todos nos hemos hecho esa pregunta: ¿quién habría sido si no hubiera habido golpe de Estado…?

Mirándole la mano a Miguel Ángel

—Pareciera que en la vida existen fuerzas externas y oscuras que nos mueven como si fuéramos títeres… uno está en su país y de repente hay que huir.      —Absolutamente. Es muy feroz cómo se te van quebrando las cosas y te definen para siempre…      —Ahora, de la necesidad… virtud. Sí hubo un exilio, pero algo pasó en Roma… pasó la vida. ¿Cómo definiría brevemente ese exilio?      —Un tiempo de grandes solidaridades. La oficina de resistencia estaba en Roma entonces, era un lugar de mucha reunión, pero mi ligazón con Italia quedó para toda la vida. Hablé el idioma perfectamente, lo he perdido muchísimo. Adoré ese país, aprendí mucho ahí…      —¿Cuánto tiempo estuvo ahí?      —Cuatro años y me volví a Chile. Tenía pasaporte: era mi marido el exiliado, yo era una especie de paquete… [risas], entonces pude volver. Pero esos años italianos me dejaron para siempre ligada a ese país. Fue el tiempo del eurocomunismo, el tiempo del Muro de Berlín, pasaron muchas cosas importantes en el mundo en plena Guerra Fría. Por primera vez se cuestionó el proyecto de izquierda y, además, yo que estaba en el tema de las artes visuales pude estudiar… estudié historia del arte, todo estaba ahí… en ese tiempo no había turistas, entonces yo podía pasar una hora en la Capilla Sixtina mirándole una mano a Miguel Ángel, entonces era una enorme riqueza, pero una enorme tristeza también; no sabíamos cuánto iba a durar el exilio.

El desexilio

Marcela Serrano se separó de su marido con el que contrajo nupcias durante su exilio en Roma y volvió sola a Chile en plena dictadura militar del general Augusto Pinochet. Tal etapa, refiere la novelista, le dejó marcas imborrables en su vida.      —Vuelve a Chile en algún momento y la dictadura seguía…       —Y ahí me tocó la parte más negra de la vida…      —Pero es eso que Mario Benedetti llamaba el desexilio: volver cuando ya uno seguramente no es la misma persona. ¿Cómo fue ese proceso de regresar a Chile…?      —Mira, cuando uno es militante disciplinado como lo era yo en esos tiempos, tú vuelves a trabajar contra la dictadura. A eso volvíamos.      —Pero con miedo, me imagino…      —¡Si supieras cuánto…! Ahora pienso las cosas que hacía y digo: “¡Dios mío, cómo las hice…!” Por ejemplo, yo vivía sola en una casita de madera en la cordillera, y decidieron que debían imprimir ahí el diario del partido, pero los compañeros se iban y me dejaban sola y mi casa era abierta toda por dentro: colgaban todos los papeles impresos para que se secaran durante la noche… ¡Tú te imaginas si alguien entraba…!      —Mayores pruebas no se podían tener…      —Exacto. Yo vivía con las pruebas ahí… [risas]. Después me pasó una cosa: íbamos a todas las manifestaciones y la policía sistemáticamente nos sacaba a la mierda; en cambio, cuando la dictadura se terminó, se supone que entramos al poder y la policía se nos cuadraba porque mi segundo marido era ministro de Estado, entonces la policía se le cuadraba (esos mismos que antes nos habían pegado...) y ahí pensé que el trauma se me había quitado: pero ahora que he visto el terror es cuando hablo del post-trauma… miro a los carabineros y me entra un verdadero pánico. [Sebastián] Piñera sacó a los militares ahora y miré esas imágenes… y los helicópteros durante la noche… y las bombas… sentí el terror que tengo guardado desde entonces y no sabía que aún lo conservaba. Veo a los pacos [policías chilenos] de lejos y arranco a perderme. No puedo ir a las manifestaciones porque me asusto, o sea, las huellas son…      —El cuerpo tiene memoria…      —Mucha más de la que uno cree. Pero como te digo, resistimos ese tiempo largo (pues volví en 1978 y Pinochet estuvo hasta 1986) trabajando en contra de la dictadura… Éramos muy pobres, nadie nos daba trabajo… las profesiones se nos fueron a la mierda. Nadie lograba trabajar en algo decente, éramos los parias y sentíamos el miedo, pues llevaban presos a los amigos… fue un tiempo difícil pero también de mucha solidaridad, eso lo recuerdo con mucho amor.      —A pesar del neoliberalismo que intenta fragmentar…      —Mientras hubo la dictadura no lograron fragmentarnos, eso pasó después...

La literatura ilumina

—¿Marcela Serrano le sigue escribiendo a aquello a lo cual le escribía en esa casa de campo de la infancia…? ¿Los motivos cambian en el escritor?      —No. Creo que no, a ver… el primer libro que leí en mi vida de una forma seria hasta la página última fue Mujercitas [1868], de Louisa May Alcott, y todas las novelas que escribía de adolescente tenían que ver con historias de mujeres tanto por el libro de Mujercitas como porque nosotras éramos cinco mujeres, no había ningún hombre fuera de mi padre. Y cuando me puse a escribir en serio me di cuenta que seguía haciendo exactamente lo mismo: historias de mujeres, siempre fue lo único que me interesó escribir; después ya se agregó el tema social…  pero la base es la misma hasta el momento.      —Si bien menciona que a lo largo de su obra literaria existe duelo, exilio, pérdidas y miedo a veces también… En su más reciente novela El manto encuentro que tiene una particular carga y dosis de mayor potencia de pasiones tristes, como diría el filósofo holandés Baruch Spinoza. Si en el libro usted dice: “Nos han arrojado una bomba atómica sobre nuestras cabezas…”, la narrativa parece que explota en esa clave… el libro es un duelo en sí mismo.      —Claro, claro… y lleva el registro de un duelo. Y es la primera vez que escribo desde ese lugar, yo siempre he trabajado la ficción. No pensé que iba a escribir un libro desde ahí… bueno, tampoco pensé que mi hermana se iba a morir. Estoy contenta de haber hecho ese ejercicio porque he logrado tener un duelo bastante más luminoso, la literatura ilumina las cosas: quisiera que todo el mundo escribiera cuando le pase una cosa así.

Un libro siendo manto

—Hace seis años perdí a mi madre por una enfermedad, y recuerdo que desde niño tenía miedo de que llegara ese momento cuando ella muriera. Incluso de adulto ya, cuando la miraba enferma, me daba pavor pensar el momento en que su muerte sucediera… El momento sucedió y creo que yo no le tenía miedo a la muerte de ella, le tenía miedo a su ausencia: la muerte y la ausencia no necesariamente son lo mismo.      —Claro,  yo siempre cito a Freud a quien acudí mucho en este tiempo y dice que el duelo no puede ser nunca interrumpido, porque hay que entregarse a él pues es un periodo de excepción. Él dice que el ego se recluye, se anula durante el duelo y después se libera; pero Freud no se hace cargo de que cuando el ego se libera… ¿qué pasa con la ausencia? Claro, tú vuelves a recuperar el ego pero resulta que lo recuperas con la ausencia, cuando tú ya no eres la misma porque tienes esa ausencia.      —No sé si a usted le ha pasado, pero en mi caso ya a seis años de distancia de su muerte me he encontrado queriendo llamarle por teléfono cuando algo agradable me ocurre… y de repente me digo: “¡Pero si está muerta…! ¿A quién le vas a llamar?”      —¡Pero permanentemente me ocurre! Cada vez que tengo algo divertido (porque mi hermana era la más divertida de todas) digo, por impulso, “¡la voy a llamar!”; pero cuando caes en la cuenta, esos golpes son salvajes y eternos… aunque aquí en México hay una forma bastante rica de poder vivir con ello, ¿verdad?      —Hacia allá quiero llevar la siguiente pregunta. Me imagino que usted conoce la tradición del Día de muertos en México… colocamos una ofrenda e imaginamos que ellos (los muertos) vienen a estar de nuevo con nosotros, venciendo así (momentáneamente) a la tiranía de los adioses instaurada por la muerte. ¿Este libro suyo no será una ofrenda… un acto de ofrendar los días de la vida a su hermana Margarita…?

—Sí, absolutamente. Y de hecho la velamos en mi casa, porque no queríamos llevarla a la Iglesia, pues en Chile no hay esa cosa maravillosa que ustedes tienen en la Ciudad de México que es Gayosso, esos lugares en donde se puede velar sin religión a cuestas. En mi país no existe eso: tú llevas los muertos a la iglesia o ves otra opción. Nosotros decidimos llevar a mi hermana a la casa, entonces hicimos una fiesta y ahí me acordé tanto de México: bebimos, comimos, nos reímos… con el ataúd en medio. Y pensaba que los mexicanos son los únicos que son capaces de hacer una fiesta con la muerte. Y eso lo puse en el libro. Sí… este libro es mi manto para ella… es mi forma de cubrirla.

“Narrar y narrar hasta que nadie muera”

—¿La literatura entonces servirá para conjurar a la muerte y al olvido?      —Absolutamente. De Elías Canetti, por ahí en mi libro, te encontrarás la frase de él que dice: “Narrar y narrar hasta que nadie muera”. Esa frase para mí es clave.      —¿Es posible?      —Sí. [Risas] Me pareces muy abstracto… pero metafóricamente es posible. Narrar y narrar hasta que nadie muera…      —Sería bellísimo que eso ocurriera y se hiciera efectivo…      —Pero, créeme, al narrar uno se queda con esa paz. Yo estoy acompañada por Margarita, permanentemente.      —Entonces el escritor es un privilegiado…      —Muchas personas, durante estos días, me han dicho: “¿Y qué pasa con nosotros que no podemos escribir?” Y pensaba más que nunca en el enorme privilegio que es la escritura frente a una situación así, le agradezco no sabes cómo… de hecho, el resto de mis hermanas, que no son novelistas, dicen que esto es una pequeña tumba para cada una de ellas.      —Marcela, ¿qué hay del otro lado de la tristeza y de la rabia que llegó a experimentar durante la escritura de este libro? ¿Ya puede visibilizar lo que existe del otro lado de la tristeza y la rabia o le acompañarán hasta el último día de su vida?      —Mira, la ausencia me acompañará hasta el último día de mi vida con una cantidad de tristeza, evidente, pero ahí volviendo a Freud: el ego se libera, uno vuelve a hacer la vida cuando pasa el periodo del duelo y te acostumbras… andas con la ausencia a cuestas, la llevas… pasó a ser parte del cuerpo, así como llevo mis manos hoy. La ausencia está aquí y hay que lidiar con ella para siempre: “Narrar y narrar hasta que nadie muera”.