El portero filósofo: Albert Camus

*¿Qué podré llamar yo eternidad, sino a todo aquello que forzosamente ha de continuar después de mi muerte? Albert Camus

*¿Qué podré llamar yo eternidad, sino a todo aquello que forzosamente ha de continuar después de mi muerte? Albert Camus

Por Luis Valdés Robles

México, 4 de enero (Notimex).— “No conozco algo más idiota que morir en un accidente de auto”, declaraba Albert Camus respecto al fallecimiento del ciclista Fausto Coppi. 24 horas después, el segundo ganador más joven del Nobel de Literatura dejaba la vida en un accidente automovilístico camino a Borgoña; era un 4 de enero de 1960.      Tres años antes, a los 44 años, el autor de Los endemoniados señalaba que su obra apenas estaba por comenzar, al recibir el máximo galardón de las letras subrayaba que el papel del artista, y en su caso, del escritor, no estaba del lado de los que hacen la historia sino de aquellos que la padecen. “Si no lo hiciera, quedaría solo, privado de su arte”.      Esta declaración de principios fue el corolario de la militancia combativa, del amor a la vida y su pasión sin límites por comprender qué guió su vida.      El argelino que sufrió por adquirir la lengua francesa en su pueblo natal, que creció entre el polvo del camino, la mudez de su madre, la muerte prematura del padre, y la pobreza, quién aprendió “la poca moral” que tenía gracias a jugar futbol, deporte con un papel principal en la que sería la siguiente etapa de su obra: El primer hombre (1994).      Y es así, porque es la ficción (inacabada) de él mismo, que se asume como huérfano de padre, y que en el abandono y la pobreza debe de hacerse a sí mismo, debe encontrar su moral y su fortaleza, debe ser solitario y entregado a los otros (nacer para ellos), he ahí la relación con el soccer: Camus fue portero, el solitario bajo el arco, lejano de la acción, pero listo para entrar en ella, por los otros.      En la soledad y bajo el sol inclemente de la excolonia francesa es como se crió, el niño con la mirada risueña, entre evocativa y profunda, como si el sol a plomo de Argel le dejara al filósofo francés los párpados entrecerrados, dignos de la más profunda concentración, del espíritu apolineo que iluminó su obra.

Su filosofíaApolo, dios del Sol, del conocimiento, ese que alimenta el pensamiento y la tierra, pero que en demasía arrasa, vuelve al suelo yermo, y embota el cerebro del hombre; y a la par muestra la mar, que refresca y en cuyo oleaje bogan los marineros, en donde Apolo también es patrón, numen de la armonía —por extensión— de la comprensión de la que habla Camus.      Y comprender, porque “hablar repara” —como escribirá en uno de sus ensayos—, los hombres sólo se tienen los unos a los otros. Dios no existe, ha muerto, señaló Nietzsche, y de ahí todo está permitido, pero no en el espíritu dionisíaco y sus excesos, sino en la responsabilidad que tiene el individuo sobre sí mismo.      Si Dios no está, no hay vida más allá de la muerte: el hombre viene a la tierra a morir, es absurdo, pero esto no es el fin sino un principio donde se ubica al ser finito, el que tiene ante sí un mundo de posibilidades. El absurdo es inicio y la cualidad del hombre.      Pese a lo contradictorio, Camus definió al absurdo como el comienzo de las grandes obras del hombre. Si éste decide aceptar que nada permanece, todo cambia, el entendimiento de esto hace valioso cada momento sobre la tierra.      El protagonista de El extranjero (1942), Mersault, existe por existir, nada le importa: ni la muerte de su madre, ni vaciarle el barril de un revólver a un árabe con el sol de Argel cayendo sobre él, acto que lo lleva al patíbulo.      Mersault muere sin el menor asomo de arrepentimiento, es el hombre absurdo: el alineado que ni los placeres colman, un duermevela del que Camus urge salir.

¿Vale la pena vivir?

En la siguiente etapa, viene la pregunta/afirmación con la que abre El mito de Sísifo (1942): no hay sino un problema filosófico realmente serio: el suicidio.      Desde esta premisa el autor analiza a Sísifo, condenado para toda la eternidad a subir una roca por un peñasco, y, una vez arriba, cae irremediablemente y vuelve a empezar. El personaje es la metáfora ideal para el absurdo de Camus: Sísifo se afana en la labor pese a que ésta se desmoronará, entonces ¿por qué no se suicida?      Porque el intento es lo que da sentido a la existencia. Una vez que cae la roca, dice el autor; “imaginemos por un instante a Sísifo feliz” cuando baja por su roca.      El héroe se niega a acabar consigo mismo, dice "no", se rebela.      El tercer escalón es El hombre rebelde (1951). En el ensayo, Camus presenta una batería de ejemplos en los que rebelarse, decir "no" es lo que mueve los engranajes de las grandes obras.      Camus postula que “incluso respirar es un acto de rebeldía”, no aceptar lo dado por hecho, la rebeldía es la que da sentido al Hombre crítico, al humanista, al solidario.

La praxis

Orán a mediados del siglo XX, la ciudad es sitiada por la peste transmitida por las ratas. El narrador sigue a los personajes principales que luchan contra la enfermedad que supera por mucho sus fuerzas humanas.      Desde el doctor Rieux, pasando por su colega el doctor Castel, y un periodista que quiere salir de la ciudad para encontrase con su novia, la novela es la síntesis de la filosofía del absurdo.      Sus protagonistas se enfrenta a una realidad que los sobrecoge, Dios está ciego y sordo ante la muerte que azota a la ciudad, un ser supremo indiferente ante los agónicos dolores de un niño que muere sin que los encendidos rezos de un cura lo salven, los hombres sólo se tiene a ellos mismos para salir adelante, es la solidaridad o el vacío.      Metáfora de la libertad y las tiranías, La Peste (1947) suscribe: “todo lo que el hombre puede ganar al juego de la peste y de la vida es el conocimiento y el recuerdo”.      Este libro le otorgó el Nobel en 1957, por el humanismo que rezuma: “en el hombre hay más cosas dignas de admiración que de desprecio”.