LITORAL

LITERATURA SIN ADJETIVOS

LITERATURA SIN ADJETIVOS

Denostado y despreciado por representantes de la “alta cultura”, reconocidos por otros, el escritor Armando Ramírez (Ciudad de México, 7 de abril de 1959-Ciudad de México, 10 de julio de 2019) dio voz a los que hasta entonces no la tenían, no habían podido tenerla o los habían callado. Con su novela Chin Chin el teporocho (1971) no solo el barrio de Tepito recibió los reflectores que antes apuntaban únicamente a otras de la ciudad y de las artes sino todo barrio marginal, a toda clase o casta mantenida bajo el tapete.

Porque al personaje central de esa novela, Rogelio, puede encontrársele en cualquier barrio de la capital del país. Igualmente, las historias que se cuentan pueden tener escenario en otras colonias populares. En una entrevista, Armando Ramírez dejó en claro que Tepito Arte Acá, grupo cultural que formó junto con otros personajes, como Daniel Manrique, Julián Ceballos Casco, Virgilio Caballero y Felipe Ehrenberg era solamente una manifestación de los deseos de expresión artística que hay en el conocido como barrio bravo.

“La cultura Acá es tener conciencia de nuestra identidad. No negar nada, ir a la verdadera búsqueda, no en una actitud esnobista, no en actitud nacionalista. No romantizar la pobreza, no ser populista. Existe una serie de gentes con inclinaciones artísticas, creativas, dentro del barrio”, explicó. El resultado ya es conocido y tiene como uno de sus más emblemáticos representantes al también autor de Crónica de los Chorrocientos mil días del barrio de Tepito (1973) y de Quinceañera (1987).

Vino al mundo en una vecindad del referido barrio ubicado a un costado de la entonces cárcel de La Vaquita, hoy ya desaparecida, frente a la plaza de Fray Bartolomé de las Casas. Hijo de un ex boxeador y de una ama de casa, recibió las primeras instrucciones escolares de su abuelo, quien había luchado en el Ejército Constitucionalista de Venustiano Carranza. Estudio en la Escuela Vocacional 7 del Instituto Politécnico Nacional y se desempeñó como ayudante de carnicería y vendedor de lotería. La convivencia en su barrio le hizo de historias, anécdotas y otras narraciones de los habitantes de Tepito, lo que alimento su interés literario. Era además un gran lector.

Sin recibir una sola lección de creación literaria, a los 19 años publicó la novela que le catapultaría en el mundo de las letras mexicanas: Chin Chin el teporocho. La obra recibió una sonora bienvenida, pero también fue duramente cuestionada, al grado de clasificar a su literatura como onda naca. Todo porque en ella los personajes de barrio hablan como tales, sin tamices. Hay expresiones vulgares, doble sentido o albures y el habla es cortada, de pronunciación incompleta o con palabras que se fusionan para formar una sola.

En una entrevista, del mismo escritor contó que el día que Edmundo Valadez, editor de la revista El Cuento lo presentó con Salvador Elizondo, autor de Farabeuf, entre otros trabajos, éste preguntó “‘¿él es el escritor de Chin chin, el teporocho?’, y que se da la vuelta dejándome con la mano extendida. Yo le hice caracolitos y pensé: ‘pinche güey mamón’. ¿Te das cuenta que la discriminación por la inteligencia en México es más dura que muchas otras?”.

Nunca se sintió la voz de nada ni de nadie, simplemente una voz más: “no pertenezco a un barrio sino a toda una serie de formas de vida que están siendo generadas. De alguna manera yo represento una expresión literaria de Tepito, así como el grupo de Arte Acá en la plástica representa una expresión de allí. Creo que en este sentido se puede aceptar que existe una subcultura dentro de la cultura. Una cultura que se ha generado a pesar de todo”.

Acostumbraba a caminar por la ciudad, visitar todos sus rincones, en especial los del centro-norte-oriente, donde sabía escuchar, conocer historias que luego transformaba en literatura. “La capital es un personaje vivo, encierra mucha historia. En sus costumbres está presente la historia del país. Tengo el hábito de escribir a diario y de realizar recorridos constantes por toda la ciudad, desde la Magdalena Contreras hasta la Gustavo A. Madero, sólo para conocer historias”, relató.

Alimentado con todo este bagaje, igualmente fue guionista de programas de televisión y colaborador de radio, espectros en el que compartió espacio con el escritor José Agustín o con el periodista Ricardo Rocha en una etapa inicial, y posteriormente en el canal Capital 21 de la ciudad, donde en la revista Tu ciudad es tenía el segmento “¡Ay ojitos pajaritos!”, y en Foro TV tenía a su cargo el segmento “¿Qué tanto es tantito?”. En lo que fuera Inmevisión, hoy Televisión Azteca, también tuvo incursiones. En Canal Once llegó a ser jefe de información del programa “Hoy en la cultura” y colaboró en el diario Unomásuno.

EL ESCRITOR

Armando Ramírez también escribió Bye bye Tenochtitlán: digo yo no más digo (1992), Pu o Violación en Polanco (1980), Noche de califas (1983), Quinceañera (1987), Me llaman la Chata Aguayo (1994), Sóstenes San Jasmeo (1998) y su última publicación fue Déjame (2019), que ya no pudo presentar en público. Chin Chin el teporocho fue llevada al cine por Gabriel Retes y en 1977 obtuvo el Ariel a la Mejor Ópera Prima. En 1987 recibió el Premio Cabeza de Palenque por el guion para la película Me llaman la Chata Aguayo.

Como lo publicó el escritor y crítico de cine Iván Farías en la revista Tierra Adentro, “su evolución narrativa, por extraño y paradójico que parezca, caminó hacia la depuración: Si en Chin Chin el teporocho (1971) y la Crónica de los chorrocientos mil días del barrio de Tepito (1975) eran disquisiciones interminables, indivisas, repetitivas, en Violación en Polanco (1980), Noche de califas (1982) y sobre todo Quinceañera (1987) ya fue más acotada y en Pantaletas (2001) de plano el relato se redujo hasta lo más elemental. Como si dijera para qué tanto choro si siempre voy a contar lo mismo: siempre del país jodido y siempre del amor que jode.

Pero a esa depuración corresponde, también por extraño y paradójico que parezca, una intensificación (como si todavía fuera posible) del lenguaje, que se vuelve más cargado, más vernáculo si eso se pudiera medir en cantidad, más lleno de modismos y con un código que nadie que no sea un mexicano-de-ese momento-que-vivía-en-la-ciudad puede entender”.