LITORAL

TINTA FRESCA

TINTA FRESCA

DESLIZARSE EN LA LECTURA COMO EN UN TOBOGÁN

Al escribir, un autor debe asegurarse que toda la superficie del tobogán por el que se deslizará el lector quede lisa pero firme, que no encuentre partes ásperas, que se conviertan en un obstáculo o salientes en los que encalle, asegura el escritor español Domingo Villar, quien visitó México para promover su más reciente novela de corte policiaco, El último barco, en la que retorna su emblemático personaje, el investigador Leo Caldas, para resolver un nuevo caso. Lo anterior, al mismo tiempo que debe hacerse cargo de su padre por cuestiones de edad.

En charla con Litoral, explica que los escritores de novela policiaca siempre tienen dos vocecitas que les dan consejos contradictorios, una le pide que sea más literario, más florido en el lenguaje, abundante en sus descripciones, que retuerzan la historia; la otra advierte que ello puede ser contraproducente, que tanto adorno significar un palo en la rueda de la trama y hacer que no corra con naturalidad.

En su caso, regularmente la que le gobierna es la segunda, porque le preocupa que el lector no entre con facilidad en la narración, que encuentre obstáculos, por lo que pasa mucho tiempo corrigiendo, quitando impurezas, que sea líquida, transparente y que quien está frente al libro corra por la historia con libertad.

Convencido de que el lector es un oficio también, piensa en él cuando escribe, busca que no se quede atrapado en un mar de dudas, no haya obstáculos, pero sí encuentre vacíos que pueda llenar sin problemas., que su fantasía haga al libro suyo, acota al señalar que los libros que tienen descripciones abundantes le aburren, porque no le permiten pensar, no lo dejan soñar como lector.

Anota que parta un escritor hacer que un libro parezca que fue fácil su hechura es lo más difícil, hay que tener esmero que en su caso es pulir la superficie de ese tobogán, que sin embargo no significa que la lectura de sus novelas se vuelve vertiginosa, deja espacios, momentos de calma, para la reflexión, la admiración de un paisaje o una escena. La forma en la que escribe es consecutiva, detalla, va capítulo por capítulo, en orden, aunque en El último barco (2019, Siruela) hizo una excepción y el último que escribió fue el primero.

Pero no piensa en cuán larga será. Por ejemplo, esta novela cuenta con más de 700 páginas y si pensara en esa extensión se ahogaría. Sigue su proceso habitual, capítulo por capítulo, cada uno de los cuales con una introducción, un desarrollo y un desenlace que da pie para el siguiente. Además, lo hace despacio y al mismo tiempo en castellano y en gallego, lo que le da oportunidad de pasarle cada vez un tamiz para resolver descuidos.

Luego lee en voz alta para escuchar lo que dice la novela, se la lee a alguien más, que antes lo hacía con su padre. Es alguien que escribe despacio porque sus obras se cocinan a fuego lento, y en El último barco fue al ritmo de las olas del mar, continúa al señalar que nunca va a cambiar esta forma de trabajar porque sabe que no es un escritor fértil, de esos que no paran de publicar.

Volviendo a su reciente novela, recuerda que desde la anterior aventura de Leo Caldas, La playa de los ahogados, habían pasado diez años, por lo que su temor era que los lectores ya no recordaran al investigador. Sin embargo, este lapso de tiempo que pasó no significa que su haya dejado de escribir, pasó por momentos difíciles con la muerte de su padre, pero también dedicó un año investigando las cosas sobre las que sabía iba a escribir.

Empezó a escribir una novela de unas 400 páginas, pero en una relectura después del fallecimiento de su padre, decidió tirar todo y volver a escribir. Así, terminó escribiendo una novela policiaca, pero también que habla de la paternidad, de la maternidad, de lo difícil que es ser padre e hijo, para lo que nadie en la vida nos enseña cómo hacerle.

El personaje se encuentra en el momento en el que ha dejado de ser hijo que es cuidado por su padre a protector de él, eso es lo que la gente llama madurar y que es en esencia adaptarse al paso de los años y de las circunstancias.

En El último barco, la ciudad se vuelve un personaje, su clima, sus calles, el tránsito de las personas, porque su intención es crear un universo en el que se sienta a gusto. Es su paraíso perdido, pues dejó la costa gallega para radicar en Madrid y aunque se siente muy bien ahí no deja de añorar la tierra donde nació. A la vez, en la novela hay una panoplia de personajes, cada uno con su humor y su carácter, a lo que él observa y cuida cómo van creciendo, para que ninguno quede rezagado, con menos densidad que otros.

Su construcción de ellos va de adentro hacia afuera, de los sentimientos a la definición física, dando prioridad a la primera para que haya sentido, ritmo y sustancia a la misma novela. Eso a la vez da una lógica diferente a su estilo de novela negra, policiaca: no hay acción, persecuciones, sangre, lo que hay es sensaciones, pensamientos, ideas, reflexión. Además, en la vida real la investigación policiaca es así, de paciencia, de atar cabos, de pensar, y es lo mismo que baja por la pluma y queda en el papel. También gusta de detenerse en la escritura de su obra para descubrir si todo ocurre bien.

Desde su salida, El último barco tuvo dos ediciones más en un mes y a la fecha ya suma diez, y Domingo Villar tuvo miedo al inicio de que la gente ya no recordara, no se identificara con Leo Caldas y no fuera bien recibida su nueva aventura. No ha sucedido, por el contrario, ha sido abrumador el recibimiento que tienen en cada uno de los lugares a donde ha ido a presentarlos de nuevo ante el público. Una forma de agradecerlo es seguir publicando sus historias, porque además es un ambiente en el que se siente a gusto, ir de la mano del personaje.

Leo Caldas, quien inició la saga en Ojos de agua es un personaje que le gusta lo que le mueve: la compasión y comprensión de los demás, de quienes no la están pasando bien, y para quienes busca aminorar su dolor, por ello se entrega a esa tarea, aún a costa de él mismo.