El devenir del teatro en México

*Alexandro Guerrero, productor ejecutivo y director de escena, habla sobre el quehacer escénico en nuestro país

*Alexandro Guerrero, productor ejecutivo y director de escena, habla sobre el quehacer escénico en nuestro país

México, 26 de diciembre (Notimex).— Alexandro Guerrero reflexiona en torno al quehacer escénico en México. Se pregunta: ¿Cómo funcionan hoy día los semilleros, las escuelas de teatro?, ¿Cuál es la diferencia entre La Casa del Teatro del maestro Luis de Tavira, y los centros de formación artística de empresas como Televisa, o el Centro Universitario de Teatro (CUT)?      Recuerda que hace un año, en el Instituto de Artes (IA) de la Universidad Autónoma del Estado de Hidalgo (UAEH) en Real del Monte, participó en una mesa sobre teatro y política durante la cual dio la conferencia magistral “La homogeneidad no liberal del teatro mexicano”, elogiada por legos y expertos.      —Ese fue el pretexto para adentrarme en el punto toral del funcionamiento de las escuelas de teatro, la diferencia entre La Casa del Teatro del maestro Luis de Tavira y los centros de formación artística—, evoca y se refiere a la imagen física, los tipos, reproducir el racismo cuando ya se pertenece al "mainstream" (tendencia, moda o corriente adoptada por las mayorías en determinado momento) o a los teatros oficiales como El Granero, que pertenece al Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura (INBAL).      —Durante muchos años, después de haber egresado de La Casa del Teatro, me volví independiente (“Dependientemente independiente”, se define), pues no he tenido becas porque no he concursado por ellas, y en algún momento sí participé en proyectos del maestro De Tavira, como El Teatro Rocinante.      Hay compañeros que lo atacan, o por lo menos se molestan con él. —Dicen que no “jalo” con ellos y que quienes hacen teatro como yo, vivimos en la precariedad. Pienso que no existe la precariedad del teatro, porque entonces caeríamos en la trampa de que “los teatreros hacemos algo muy importante y se nos va la vida en ello”. Eso nos lo dicen en la escuela y está bien, porque si no, no habría rigor—, apunta con un mohín escénico.      —En la práctica cotidiana, no se va a acabar el mundo si uno no estrena el día que se pensaba estrenar. Y, claro, no podemos quedarnos en la diletancia en términos formales de disciplina; el teatro es disciplina pura. Esa especie de laxitud de principios debe ser entendida como un eslogan que a veces es muy manipulable: aquellos que siempre fueron beneficiados por una beca, ahora dicen que los demás estamos en la olla, que eso es censura; yo pensaba que la censura era antes.

La censura ya no existe

Durante una entrevista concedida a Notimex, Alexandro Guerrero respalda sus declaraciones al añadir que para él, la censura ya no existe en este país. —Ahora se me permite hablar de temas polémicos como el movimiento estudiantil de 1968, hablando de una forma que yo quiero hablar, a mis anchas, aunque con un patrocinio, con distintas formas de financiamiento que cuestan sangre… con respeto a lo que son las becas y que a mí me parece que promueven la competencia desde otro lado.      ¿Un cambio de paradigma? —Sí, yo tengo tres asistentes de dirección porque me parece importante brindar trabajo a los jóvenes. Uno fue mi alumno, otra es una soprano que hace labores de gestión cultural y producción y la otra es asistente de muchos proyectos del maestro y dramaturgo Antonio Zúñiga; ellos son parte de la generación del teatro actual de México—, dice con conocimiento de causa.      —Algunos de esos compañeros con los que no “jalo” también me consideran un resentido. Nada más alejado de la realidad. Lo cierto es que ver cierto tipo de teatro, incluso de mis maestros, me parece una pérdida de tiempo por la homogeneidad de tono tan “burocrático”.      Piensa, sin embargo, que en todos lados, desde el teatro de Fred Roldán hasta el teatro institucional, pasando por el de Wilfrido Momox, pasan cosas muy interesantes que vale la pena ver y atestiguar. —Al mismo tiempo, nadie, ni los apellidos más encumbrados de compañeros de las generaciones más cercanas a la mía, muy apreciados y con los que he trabajado, tienen la vida resuelta ni el éxito asegurado—, subraya.      —Eso se debe a que la competencia, desde el neoliberalismo, no ve amigos, no ve colectivos, ni ve compañeros de generación; es un sálvese quien pueda—, agrega.      Cada año, en algún momento de algún mes, Alexandro Guerrero se dice a sí mismo que no volverá a hacer teatro en su vida. —Como actor lo disfruto muchísimo. De dos años a la fecha he tenido los protagónicos en los montajes donde he trabajado. Pero cuando me toca ser productor ejecutivo y director de escena, sólo pienso que no voy a poder dormir y que hay mucha gente que depende económica y emocionalmente de mí—, confiesa el entrevistado.

El paradigma lo marcan los jóvenes de hoy

—Me parece que partir de la ley del más fuerte es lo peor que le ha pasado al teatro en México. Y, sin embargo, gozamos de buena reputación y tenemos un lugar decoroso en el contexto del arte escénico latinoamericano. México tiene personalidades y personajes enormes, maestros que son “gurús” o “vacas sagradas” en la materia.      Al mismo tiempo, estima que el paradigma lo marcan los hacedores de teatro que van de los 23 a los 30 años de edad, a quienes corresponde saber qué hicieron, cómo lo hicieron, por qué lo hicieron, cuáles eran los apoyos y las necesidades, cómo sobrevivieron y en qué contexto hicieron teatro esos “gurús” para alcanzar la cresta del éxito escénico.      —Para mí, después de que los maestros Juan José Gurrola (1935-2007), director de radio, cine y teatro, arquitecto, dramaturgo y actor, escenógrafo, fotógrafo, pintor y arquitecto, y Ludwik Margules (1933-2006), maestro y director de teatro, dejaron este plano terrenal, absolutamente todo cambió en el teatro nacional.      Sostiene que algunos jóvenes de hoy no tienen noción de la importancia que esos dos personajes tuvieron (y tienen) en el teatro mexicano. —Saben de ellos, pero como una leyenda o un mito. Sus construcciones heteropatriarcales, unívocas, donde la figura del profesor es incuestionable; en síntesis, muy verticales, en ese momento tenían una razón y un sentido—, recalca el maestro en Filosofía, músico, actor, productor y director de escena.      —Esa verticalidad docente tenía que ver, incluso, con las escuelas de tortura china, métodos rudos y situaciones que llegaban a enloquecer a muchos alumnos. Ahora no se enseña ni se hace teatro desde ahí, a veces la situación se va hacia el otro lado, al opuesto, es decir, “todo es un peligro, todo pone en riesgo la integridad interna y externa del estudiante de teatro y futuro actor”, se dice en algunos círculos de enseñanza y ejercicio teatral—.      Asegura que en México, como en Latinoamérica, el nivel del teatro es tan dispar como abundante la cartelera que se ofrece al espectador. —Lo que podríamos llamar “calidad”, de pronto se entiende como “buen producto”. A veces hay garbanzos de a libra que duran cuatro funciones y se acaban, y a veces hay montajes que se estrenan y luego vuelven una y otra vez—, dice el entrevistado.      Finalmente, Alexandro Guerrero confiesa a Notimex que tiene, a partir de su posición artística, un solo motivo para preocuparse, y una razón única para no poder conciliar el sueño. Así lo sintetiza: “Concretar los proyectos en los que me involucro”.