LITORAL

A continuación, transmitimos un fragmento del libro La isla del Naranjo asombroso, de la escritora española Mónica Rodríguez, con ilustraciones de Marian Alcántara, con autorización de su casa e...

A continuación, transmitimos un fragmento del libro La isla del Naranjo asombroso, de la escritora española Mónica Rodríguez, con ilustraciones de Marian Alcántara, con autorización de su casa editora en México: El Naranjo.

La isla del naranjo asomberoso

Mónica Rodríguez

Ilustraciones Mariana Alcántara

El Naranjo de don Aurelio

Nadie sabía por qué Miranda, siendo pelirroja, no era propie-

taria de aquel naranjo. El árbol se levantaba en medio de la

isla como un gigante repleto de flores o frutas. Decían que una

sola naranja bastaba para alimentar a veinte soldados, pero

esto era mucho decir. Nada había alrededor del árbol, salvo

una llanura seca y un molino. El molino estaba a la izquierda

del naranjo. Miranda, además de pelirroja era zurda, así que

también podía haber sido dueña del molinito pero no lo era. A

pesar de ello, estaba llena de pecas como minúsculos pájaros

en sus mejillas, idénticos a los que sobrevolaban el molino.

El árbol cuyos frutos tenían el color de los rizos de Miranda

pertenecía, por raro que parezca, a don Aurelio. Se lo había de-

jado en herencia su abuela doña Angustias Altamira, morena a

rabiar. Don Aurelio tenía bigote, el naranjo y una motocicleta.

Todo el mundo envidiaba a aquel hombre que con todo era

Obstinado, parco, enjuto y malhadado. Tenía un carácter agrio.

Y eso a pesar de que las naranjas de aquel naranjo eran bien

dulces. Pero él jamás las comía. Sólo una vez probó el pellejo de

una que se le quedó atravesado en la garganta durante sema-

nas. Fue entonces cuando empezó a hablar con la voz engolada,

mostrando el colmillo derecho, en un gesto que acabarían por

imitar sus subordinados.

Cada día don Aurelio se subía a la motocicleta e iba a visitar

el naranjo. Su muñeca, embuchada en un reloj de oro, giraba

en el acelerador y el tubo de escape retumbaba. El ruido y las

nubes de humo incordiaban a la naturaleza y, por tanto, a nues-

tro árbol. Pero a don Aureliano lo tenía sin cuidado la naturaleza.

solo se preocupaba del naranjo y sin excesos. Al fin y al cabo,

ser dueño de aquel cítrico le daba riqueza y poder, pero también

muchos quebraderos de cabeza. Toda la isla dependía de él. El

Ejército se alimentaba de naranjas. Los jóvenes del pueblo se

casaba con sus flores de azahar. En los bautizos se bebían

sumos y también en los entierros. Los betacarotenos y la lu-

teína de aquellas naranjas de empleaban en farmacia. Su jugo

favorecía la líbido de los amantes y protegía a los fetos. La piel

aliviaba las várices y las hemorroides. Por no hablar de las hojas

y de los tallos que tenían muchas otras propiedades- Ejército,

iglesia, gobierno y pueblo no podían vivir sin las naranjas del

asombroso árbol de don Aurelio. Y, por tanto, don Aurelio no

podía vivir sin su árbol.

Cada día, aparcaba la motocicleta en la sombra derecha

Del árbol y lo inspeccionaba con atención. Un día oyó que las

Plantas crecían mejor si escuchaban música. Desde entonces

Llevaba consigo un pequeño magnetófono. Pensó que los tan-

gos le podrían dar ese toque de amargor que las naranjas, en

exceso dulces, necesitaban para redondear su gusto. Se que-

daba frente al árbol veintitrés rigurosos minutos, contados por

el reloj de oro, llevando el ritmo con la puntera del pie derecho.

Después, apagaba el aparato y se alejaba, tenso, meneando la

Cabeza con un “no sé, no sé, en el borde del bigote. Dentro del

naranjo vivía un lagarto, pero esto nadie lo sabía. El lagarto

había preferido música medieval, sin lugar a dudas. Al naranjo

le daba un poco lo mismo.

Cuando don Aurelio se marchaba de su rigurosa inspección,

Miranda asomaba por detrás del molino y se sentaba a los

Pies del naranjo. El sol encendía el cobre de su pelo. Aquella

lumbre y los rizos semejantes a toronjas la hermanaban de tal

Modo con el árbol que parecía que se había caído de su copa.

A Miranda le encantaba sentarse allí, oler el azahar y pensar en

el mar. No sin razón tenía los ojos verdeagua y había nadado

cientos de veces en un arroyuelo que iba a dar a un río que iba

a dar a la mar.

A veces decía:

- ¡Ay, si yo pudiera ver el mar!

Y sus ojos semejaban el océano que rodeaba los acantila-

dos de la isla. Pero Miranda nunca había visto el mar y estaba

decidida a no verlo nunca. Se lo había prometido una y cien

veces a su abuelo Felisardo, que vivía enfundado en la cama

desde que se quedara flaco como su cayado. La casa de Mi-

randa y del abuelo estaba cerca del molino. Por las tardes, el

viento dulce del naranjo llegaba hasta ella y el abuelo Felisar-

do le sonreían los ojos Miranda besaba al anciano y esperaba

a que don Aurelio, subido en su motocicleta, se perdiera sen-

dero abajo. Silenciado el valle, la nieta de Felisardo corría a

sentarse bajo la sombra del asombroso árbol.

Un día le cayó una naranja a los pies y se puso muy contenta.

Abrazó la fruta que medía, puestos a exagerar, lo que la rueda

de un molino y decidió llevársela a su casa. Esto era un pequeño

hurto, porque la naranja pertenecía a don Aurelio. Pero Miranda,

poniendo el dedo entre los labios, susurró:

—Sshh. Que no se entere nadie.

No necesitaba hacerlo. Allí no había nadie a excepción del

árbol y del lagarto que no pensaban contarlo.

Miranda se llevó la naranja en el ruedo de su falda y amarró

las puntas para sostenerla; sentía que se llevaba un tesoro. Y

esto era verdad. Mucho más de lo que se imaginaba, porque

aquella era la única naranja del árbol de don Aurelio que te-

nía una pepita de oro. Sin embargo, este hecho feliz fue, por

contradictorio que resulte, el comienzo de su desgracia.

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