LITORAL

EDWARD SAID, EL DEBER INTELECTUAL DE LA TRANSGRESIÓN

EDWARD SAID, EL DEBER INTELECTUAL DE LA TRANSGRESIÓN

Dicen que para que la cuña apriete ha de ser del mismo palo y eso ocurre en Conversaciones con Edward Said, del periodista y escritor palestino Tariq Alí, quien en 2010 logró un libro revelador que, sin ser una biografía, perfila el genio y figura de quien es considerado como el intelectual palestino más importante del siglo XX, un personaje controversial que puso en el centro de la discusión la noción de poscolonialismo y que levantó gran polémica con sus posturas políticas e intelectuales, opacando en cierta forma su activismo en favor de los derechos humanos.

Autor de libros fundamentales como Orientalismo y cultura e imperialismo, Said fue un apasionado activista pero también un implacable crítico cultural que se consideraba un agitador fuera de cualquier establishment o canon interesado en mantener el statu quo, porque para él, “una persona que escribe y que piensa”, su principal lucha fue no permitirse acomodo dentro de patrón alguno y volverse predecible ni verse guiado por sus trabajos previos.

“Sí, yo me considero a mí mismo una persona de izquierda, pero cuando se trata de repetir fórmulas, especialmente fórmulas de pertenencia –supongo que el no haber sido nunca capaz de pertenecer a nada es en realidad mi gran característica o mi gran defecto---“, se sincera en una de las preguntas que responde a Tariq Alí y que hablan un poco de cómo se percibe a sí mismo este transgresor, exiliado, que gustaba de vivir en Nueva York justo por considerarla una ciudad donde podía ser anónimo y no existe una definición única de identidad.

Said nació el 1 de noviembre de 1935 en Jerusalén y murió de cáncer el 25 de septiembre de 2003, se formó en El Cairo antes de ser enviado a Estados Unidos, por decisión de su padre, a quien recuerda por su severidad y esa necesidad casi enferma de doblegar la rebeldía que él, por el contrario, cultivó y mantuvo hasta el último día de su vida.

Licenciado por la Universidad de Princeton y con maestría y doctorado en Literatura inglesa en Harvard, se convirtió en profesor de la Universidad de Columbia y desde ahí escribió varios libros, infinidad de artículos y ganó amplio prestigio como crítico y teórico literario y musical, bajo la premisa de que política y cultura son un binomio indisoluble y bastante espinoso y de que hacía falta “minar los más fundamentales presupuestos de occidente en relación al Oriente árabe”.

El intelectual, quien llegó a formar parte del comité editorial de una veintena de rotativos, también fue miembro del Consejo Nacional Palestino durante 14 años, hasta que tuvo una desavenencia con los acuerdos de Oslo y el discurso de Yaser Arafat, pues con el tiempo se había ido volviendo cada vez más crítico con la falta de visión estratégica que caracterizaba a la mayor parte de la cúpula palestina.

LA GENESIS DEL ORIENTALISMO

Su obra más popular la escribió en 1978 y fue Orientalismo, en la cual criticaba los “persistentes y sutiles prejuicios eurocéntricos contra los pueblos árabes-islámicos y su cultura” y cómo una larga tradición de imágenes falsas y romantizadas de Asia y el Medio Oriente en la cultura occidental habían servido de justificación implícita a las ambiciones coloniales e imperiales de Europa y Estados Unidos, y había sido su acercamiento a las distintas formas del arte lo que le había dado sus primera experiencias en la material.

Entre las ideas que plantea ese texto está la de que el orientalismo es en conjunto la distribución de un tipo de conciencia geopolítica presente en los trabajos de diferentes disciplinas, que parten de una distinción básica: el mundo se divide geográficamente entre Occidente y Oriente, que ha perdurado porque se debe a más de una causa, entre ellas el intercambio desigual de distintos tipos de poder, lo cual ocurría desde la etapa colonial o imperial. El orientalismo, agrega, se puede catalogar como una realidad política y cultural, que sigue unas líneas muy estrictas que se pueden constatar intelectualmente.

A partir de esas ideas se reforzó su activismo pro palestino, lo que le valió ser acusado por sectores proisraelíes de línea dura como antisemita e incluso terrorista, lo cual, aunque no le quitó el sueño, si atentó incluso contra su integridad, pues, cuentan que en algún momento le dejaron una bomba en su oficina, y en algún momento le intentaron quitar su trabajo académico. No obstante, Said respondió a su manera a esta hostilidad uniendo esfuerzos con su amigo el músico Daniel Barenboim, con quien fundó una orquesta que cada verano reúne a un grupo de jóvenes talentos tanto de Israel como de los países árabes, iniciativa que le valdría el premio Príncipe de Asturias de la Concordia en 2002, un año antes de que perdiera la vida.

LOS ULTIMOS ALIENTOS

Ese mismo año había cofundado, al lado de otros como Haidar Abdel Shafi y Mustafá Barghouti, el partido y movimiento social Al Mubadara, un intento de tercera fuerza política que buscaba ser alternativa a Fatah y a Hamas.

Hasta sus últimos escritos “denunció enérgicamente la guerra en Irak y a sus muchos apologistas. Defendió la libertad, ante la violencia y las mentiras. Sabía que la doble ocupación de Palestina e Irak había hecho incluso más remota la paz en la región”, recuerda Tariq Alí en el citado libro de Conversaciones, publicado en 2010 por Alianza Editorial, como un homenaje a uno de los pensadores más lúcidos del siglo pasado.

Said murió en 2003, aunque sabía de su cáncer desde 1991, y queda testimonio en las primeras páginas de este volumen que el estudioso nunca se dejó vencer por los malestares de la quimioterapia ni la debilidad que se iba apoderando de su cuerpo, por el contrario, la enfermedad le infundió la vitalidad de quien sabe que puede ser el último día de su existencia, así que mantuvo su ritmo de vida lo más que pudo, hasta que un día no pudo más.

Lo hizo en Nueva York, la ciudad que él veía como una especie de exilio, sin raíces, poseedora de una realidad donde nadie podía sentirse como en casa, donde se podía ser anónimo y transitar entre miles de identidades; una ciudad de sorprendente riqueza artística, un lugar de muchas imágenes fracturadas que cualquiera podía degustar y entre las cuales se podía vivir, además del único lugar que conocía en el mundo que no se empeñara en ocultar que nada era natural, sino artificial.

La conversación que recoge el libro ocurrió en 1994, en el departamento neoyorkino de Said, en un momento en que la conciencia de la muerte le hacía aspirar a alcanzar a escribir unas memorias, hacer un documental sobre los años del inicio del nacionalismo y los años de lucha política en el Oriente próximo y, por encima de todo, desarrollar una ficción sobre la traición de la promesa, de los ideales iniciales que han coloreado tanto la historia en los últimos 20 años, sobre todo en el mundo árabe.