LITORAL

AMOS OZ, INVETERADO OPTIMISTA

AMOS OZ, INVETERADO OPTIMISTA

Con estilo, un lenguaje que brilla por su sentido poético, para lo que el idioma hebreo es muy favorable, por su precisión, cuidado de las palabras, del orden en el que deben ser colocadas, lo mismo que los silencios que deben respetar, de lo que en mucho debía al también autor judío Shmuel Josef Agnón, Premio Nobel de Literatura 1966, el escritor Amos Oz describió al pueblo de Israel, empezando por su propia familia, por su padre, su madre, sus tíos, sus abuelos, pero también a los demás: al habitante de la ciudad y al del campo, de los kibutz; a toscos y refinados, intelectuales, artistas, comerciantes y a aquellos que le hostigaron en la escuela.

Nacido el 4 de mayo de 1939 en Jerusalén y fallecido el 28 de diciembre de 2018 en Tel Aviv, fue llamado la conciencia crítica de su país y un activista a favor de la paz y la convivencia entre judíos y palestinos, con un estado nación para cada uno, pero sin visiones simplistas o inocentes. Pensaba que entre ambos pueblos debe haber más que un buen matrimonio una buena separación, porque son distintos, tienen concepciones diferentes, y en matrimonios así existe una mejor relación cuando se separan.

En plática con Litoral, el doctor Daniel Fainstein, decano y profesor de Estudios Judaicos de la Universidad Hebraica en México, explica que Oz fue ante todo un escritor, igual un hombre público y un intenso activista a quien le tocó a vivir una de las épocas más importantes en la historia de Israel, su fundación como Estado. Fue un hombre con una extraordinaria sensibilidad literaria y humana que hizo de la literatura una pasión activa, comprometido con su comunidad cercana y más amplia, con su patria y el mundo, un inveterado optimista a pesar de las dificultades que en su presente le tocó vivir.

Señala como un dato fundamental su nacimiento en 1939, porque se trata del año en que inició la Segunda Guerra Mundial, que entre otras cosas significó el exterminio del judaísmo europeo, del cual procedían sus padres y abuelos y que, por lo tanto, fue la cultura en la que fue educado.

También le tocaron los años en los que se empezó a formar el estado de Israel, a finales de los años 40, tiempo que coincide además el inicio de los conflictos con su padre, quien habría de convertirse en un modelo negativo y en el que sucedería un hecho que habría de marcar su vida: el suicidio de su madre. Todo ello hace que a temprana edad rompa con una línea de pensamiento que le hereda su padre, que es el sionismo de derecha, y se recarga hacia la izquierda, se cambia el apellido de Klausner a Oz (coraje, fuerza, valor en hebreo) y se traslada a los 14 años a un kibutz, una granja colectiva de tipo socialista donde realiza arduas labores y duerme en un granero.

Lejos quedaron los libros abundantes en su familia, de su padre, quien fue un librero y dominaba varios idiomas, de su abuelo y de sus tíos. Él busco ser lo contrario, ser un simple campesino. Sin embargo, la fuerza de la tradición finalmente lo alcanzó por lo que desde sus inicios en la granja empezó a escribir, siendo vencido por su deseo interno.

Fainstein, quien completó con honores su formación académica en la Universidad de Buenos Aires, en la Hebrea de Jerusalén y en la Nacional Autónoma de México, en la que se doctoró en Ciencias Políticas y Sociales, comenta que en la literatura del autor de obras como Tierra de chacales (1965), su primera publicación, Mi querido Mijail (1968) y Una pantera en el sótano (1994), se puede apreciar una mirada melancólica e ingenua.

Menciona que uno de los últimos libros que publicó, Judas (2014), es representativo de lo anterior y se trata de una especia de autobiografía, si bien ficcional. Esa obra posee esos dos componentes: la nostalgia, que adjudica a la ausencia de la madre, figura que siempre es un hogar y que fue quien le transmite la cultura, la tradición familiar proveniente del judaísmo europeo. Igualmente, su mirada inocente y sensible, que imprime sobre todo a sus personajes femeninos, en los que se puede ver también en el trasfondo a su madre.

Al mismo tiempo se trata de mujeres que tienen una dimensión trágica, un destino que cumplir, como las heroínas del romanticismo.

Resalta su muy particular estilo, en el que es muy bueno para las descripciones y resalta su sentido poético, algo en lo que por sí mismo el hebreo es muy favorable. Oz también sobresale por su precisión, el cuidado que tiene con las palabras, en el orden en que deben ser colocadas, lo mismo que los silencios que deben respetar, y recuerda que él mismo reconocía lo mucho que debía al también autor judío Shmuel Josef Agnón, premio Nobel de Literatura 1966, quien tuvo cierta cercanía con Oz porque además vivía enfrente de la casa de uno de sus tíos, al que visitaba los sábados.

Al respecto, recuerda que Agnón tuvo gran influencia en todos los escritores de la generación de Oz, poseedor de un uso muy rico del hebreo, idioma amplio y milenario, material con el cual Oz sabe adentrarse en el alma humana como pocos. Tenía a la literatura como un viaje: alguien puede ir a Italia, platicar en la mesa de un café con un italiano y conocer su vida, pero la literatura permite entrar a su casa, su habitación, descubrir cómo es, conocer sus ideas y sentimientos. Es descubrir los conflictos, las tragedias del alma humana, pero también lo placentero, lo misterioso, la riqueza de las relaciones humanas en toda su dimensión.

CONCIENCIA CRÍTICA DEL PUEBLO ISRAELI

El decano de la universidad ubicada en el poniente de la Ciudad de México deja en claro que ante todo Oz es un escritor, pero también un hombre de ideas que se inclinaban a la izquierda, erigidas en el contexto que se ha señalado de compromiso con su comunidad cercana (Israel) y con lejana (el mundo), para las cuales tenía ideas maravillosas.

A finales de los años 60 y sobre todo en la década siguiente concibe que es posible un acercamiento y convivencia entre palestinos e israelíes, por lo que se manifiesta a favor de los diálogos de paz. Contaba con la amistad de personajes relevantes, como Shimon Peres, quien en los años 80 fue durante dos periodos consecutivos primer ministro israelí y en 1994 recibió el Premio Nobel de la Paz junto con Isaac Rabin y Yasser Arafat, por fomentar la pacificación en Medio Oriente. Como Oz, era una persona instruida, culta, escritor y poeta, pero además político.

Fue figura clave en ese contexto en la lucha a favor de una convivencia pacífica y el reconocimiento de Palestina e Israel como países soberanos, como también lo han hecho los escritores como Daniel Grossman y Abraham B. Yehoshúa, en el sentido de que hay que acercarse al conflicto árabe-israelí, pero sin posturas inocentes. En uno de sus últimos discursos hace énfasis en esto y también señala que los hebreos han podido continuar su existencia por su fuerza, de lo contrario ya habrían sido echados al mar por la otra parte, pero se debe estar a favor de la paz, la cual sólo se logrará si hay concesiones mutuas, anotó entonces.

Su concepción era que entre árabes e israelíes debía haber más que un buen matrimonio una buena separación, porque son pueblos distintos, con concepciones diferentes, y en uniones así existe una mejor relación cuando ambas partes se separan. Muchas de esas expectativas se fueron apagando conforme se fueron descarrilando los Acuerdos de Oslo, por actos terroristas y el asesinato de Isaac Rabin, es decir una serie de factores que terminaron por minar el movimiento llamado Paz Ahora, que impulsó el cuentista, novelista y ensayista, autor de Una historia de amor y oscuridad (2002).

En esa última conferencia también señala que el derecho de Israel a tener su país está en la posibilidad que tenga de defenderse.

NO NOBEL

Para el catedrático, por supuesto que se merecía el Nobel de Literatura, pero los criterios de la Academia Sueca son extraños. Que lo haya recibido Bob Dylan y no Oz, Philip Roth, el mayor escritor de Estados Unidos a su criterio, o muchos otros, lo demuestra. También pudo haber influido su nacionalidad, porque ya se lo habían dado a otros escritores judíos, como Imre Kértesz (2002) o Patrick Modiano (2014), y antes lo habían hecho con el mencionado Agnón. Sin embargo, recibió muchos otros, incluido el Príncipe de Asturias 2007.

Quizá él mismo se daba cuenta de que había logrado llegar a lo que deseaba; tenía una literatura para niños, para jóvenes y para adultos; escribió obras cortas y otras largas, literatura que trata de reflejar el alma, las pasiones, los conflictos, las búsquedas de la sociedad judía contemporánea, con representaciones positivas.

En su última novela, titulada aquí como Judas pero que en Israel se llama El evangelio según Judas, hace una deconstrucción del concepto de traidor. En la obra convergen tres personajes, el Judas bíblico, histórico, que realmente creía y confiaba en Jesús; un judío contemporáneo que hace una reflexión sobre el Israel contemporáneo y la posibilidad de llegar a un acuerdo con los palestinos; y el personaje central, que es un joven en busca de su identidad. Esta obra deja ver a un Amos Oz iconoclasta, es decir, alguien que derrumba aquello que la sociedad considera sagrado e intocable.

Para conocer a Amos Oz, finaliza, se debe tomar en cuenta otro de sus libros: Contra el fanatismo (2004), en el que se pronuncia en ese sentido, de cualquier signo, ideológico o religioso, y se pronuncia desde un espíritu humanista por el diálogo, a favor de la condición humana universal