LITORAL

A continuación reproducimos un fragmento del libro Cultura e imperialismo, con autorización de la casa editorial Penguin Random House, en su colección De Bolsillo.

A continuación reproducimos un fragmento del libro Cultura e imperialismo, con autorización de la casa editorial Penguin Random House, en su colección De Bolsillo.

Cultura e imperialismo

De Edward W. Said

INTRODUCCIÓN

En 1978, cinco años después de la publicación de Orientalismo,

empecé a reunir ciertas ideas que se me habían hecho evidentes

durante la escritura del libro acerca de la relación general entre

cultura e imperio. El primer resultado fue la serie de conferen-

cias dictadas en universidades de Estados Unidos, Canadá e

Inglaterra entre 1985 y 1986. Esas conferencias forman el nú-

cleo central del presente libro, que me ha ocupado constante-

mente desde entonces. Las ideas expuestas en Orientalismo,

que se limitaba a Oriente Próximo, han sufrido un considerable

desarrollo en el campo académico de la antropología, la histo-

ria y los estudios especializados. De la misma manera, yo inten-

to aquí extender las ideas del libro anterior para así describir

un esquema más general de relación entre el moderno Occi-

dente metropolitano y sus territorios de ultramar.

¿A qué materiales no provenientes de Oriente Próximo he re-

currido aquí?: a escritos europeos acerca de África, la India,

partes del Lejano Oriente, Australia y el Caribe. Considero

esos discursos africanistas e indianistas, como a veces se los

ha denominado, como parte del esfuerzo general de los euro-

peos por gobernar tierras y pueblos lejanos y, por lo tanto,

relacionados con las descripciones orientalistas del mundo

islámico y con los modos espaciales de representación de las

islas caribeñas, Irlanda y el Lejano Oriente por parte de los

europeos. Lo chocante en estos discursos es la frecuencia de las

figuras retóricas que encontramos en sus descripciones del

«Este misterioso», así como los estereotipos sobre la «mente

africana» (o india, o irlandesa, o jamaicana, o china). Y, de i-

gual manera, las nociones acerca de llevar la civilización a pue-

blos primitivos o bárbaros, las ideas inquietantemente fami-

liares sobre la necesidad de las palizas, la muerte o los castigos

colectivos requeridos cuando «ellos» se portaban mal o se rebe-

laban, porque «ellos» entendían mejor el lenguaje de la fuerza

o de la violencia; «ellos» no eran como «nosotros» y por tal ra-

zón merecían ser dominados.

Sucedió, sin embargo, que en casi todo el mundo no europeo la

llegada del hombre blanco levantó, al menos, alguna resistencia.

Lo que yo dejé fuera de Orientalismo fue precisamente la res-

puesta a la dominación occidental que culminaría con el gran

movimiento de descolonización en todo el Tercer Mundo. Junto

con la resistencia armada en lugares tan diversos como la Argelia

decimonónica, Irlanda e Indonesia, se dio otra de tipo cultural

en casi todas partes, junto con afirmaciones de identidad na-

cional y, en el plano político, la creación de asociaciones y partidos

cuya meta común era la autodeterminación y la independencia

nacional. Nunca se dio el caso de que un activo agente occidental

tropezase con un nativo no occidental débil o del todo inerte:

existió siempre algún tipo de resistencia activa, y, en una abru-

madora mayoría de los casos, la resistencia finalmente triunfó.

Esos dos factores —el esquema general y planetario de la cul-

tura imperial y la experiencia histórica de la resistencia contra

el imperio— conforman este libro de tal forma que lo convierten

en el intento de hacer algo distinto, no únicamente una secuela

de Orientalismo. En ambos libros he puesto el énfasis en aque-

llo que de una manera general llamamos «cultura». Según mi

uso del término, «cultura» quiere decir específicamente dos

cosas. En primer lugar, se refiere a todas aquellas prácticas,

como las artes de la descripción, la comunicación y la represen-

tación, que poseen relativa autonomía dentro de las esferas de

lo económico, lo social y lo político, que muchas veces existen

en forma estética y cuyo principal objetivo es el placer.

Incluyo en ella, desde luego, tanto la carga de saber popular

acerca de lejanas partes del mundo como el saber especializa-

do del que disponemos en disciplinas tan eruditas como la

etnografía, la historiografía, la filología, la sociología y la his-

toria literaria. Puesto que mi perspectiva se refiere exclusi-

vamente a los imperios modernos de los siglos XIX y XX, he

estudiado en especial formas culturales como la novela, a la que

atribuyo una inmensa importancia en la formación de actitudes,

referencias y experiencias imperiales. No quiero decir que ú-

nicamente la novela fuese importante, pero sí que la consi-

dero el objeto estético de mayor interés a estudiar en su co-

nexión particular con las sociedades francesa y británica, am-

bas en expansión. Robinson Crusoe es la novela realista mo-

derna prototípica: ciertamente, no por azar, trata acerca de

un europeo que crea un feudo para sí mismo en una distante

isla no europea.

Una gran parte de la reciente crítica literaria se ha volcado en

la ficción narrativa, pero se presta muy poca atención a su

posición dentro de la historia y el mundo del imperio. Los

lectores de este libro descubrirán rápidamente que las narra-

ciones son fundamentales desde mi punto de vista, ya que mi

idea principal es que los relatos se encuentran en el centro mis-

mo de aquello que los exploradores y los novelistas afirman a-

cerca de las regiones extrañas del mundo y también que se

convierten en el método que los colonizados utilizan para a-

firmar su propia identidad y la existencia de su propia historia.

En el imperialismo, la batalla principal se libra, desde luego,

por la tierra. Pero cuando tocó preguntarse quién la poseía

antes, quién tenía el derecho a ocuparla y trabajarla, quién la

mantenía, quién la recuperó y quién planifica ahora su futuro,

resulta que todos esos asuntos habían sido reflejados, discutidos

e incluso, durante algún tiempo, decididos en los relatos. Según

ha dicho algún crítico por ahí, las naciones mismas son narra-

ciones. El poder de narrar, o de impedir que otros relatos se

formen y emerjan en su lugar, es muy importante para la cultura

y para el imperialismo, y constituye uno de los principales vín-

culos entre ambos. Más importante aún: los grandes relatos de

emancipación e ilustración movilizaron a los pueblos en el mun-

do colonial para alzarse contra la sujeción del imperio y des-

prenderse de ella. Durante el proceso, muchos europeos y

norteamericanos, conmovidos por estos relatos y por sus pro-

tagonistas, lucharon también por el surgimiento de nuevas

historias sobre la igualdad y la comunidad entre los hombres.

En segundo lugar, la cultura es, casi imperceptiblemente, un

concepto que incluye un elemento de refinada elevación,

consistente en el archivo de lo mejor que cada sociedad ha

conocido y pensado, según lo formuló Matthew Arnold alre-

dedor de 1860. Arnold creía que, si la cultura no neutraliza,

al menos amortigua

los estragos de nuestra moderna existencia urbana, agresiva,

mercantil y brutalizadora. Leemos a Dante Alighieri o a Wi-

lliam Shakespeare para poder seguir en contacto con lo me-

jor que se ha conocido y pensado, y también para vernos, a no-

sotros mismos, a nuestro pueblo, a nuestra tradición, bajo las

mejores luces. Con el tiempo, la cultura llega a asociarse, a ve-

ces de manera agresiva, con la nación o el estado; esto es lo que

«nos» hace diferentes de «ellos», casi siempre con algún grado

de xenofobia.

En este sentido, la cultura es una fuente de identidad; una fuen-

te bien beligerante, como vemos en recientes «retornos» a tal

cultura o a tal tradición. Acompañan a estos «retornos» códigos

rigurosos de conducta intelectual y moral, opuestos a la permi-

sividad asociada a filosofías relativamente liberales como el mul-

ticulturalismo y la hibridación. En el antiguo mundo colonizado,

tales «retornos» han producido variedades de fundamentalismo

religioso y nacionalista.

En este segundo sentido, la cultura es una especie de teatro en

el cual se enfrentan distintas causas políticas e ideológicas. Le-

jos de constituir un plácido rincón de convivencia armónica, la

cultura puede ser un auténtico campo de batalla en el que las

causas se expongan a la luz del día y entren en liza unas con

otras, mostrando que, por ejemplo, los estudiantes nortea-

mericanos, franceses o indios, a quienes se ha enseñado a leer

a sus clásicos nacionales por encima de otros, están obligados

a apreciarlos y a pertenecer lealmente, muchas veces de manera

acrítica, a sus naciones y tradiciones al mismo tiempo que deni-

gran a otras o luchan contra ellas.

El problema de esta idea de cultura es que supone no solo la

veneración de lo propio, sino también que eso propio se vea,

en su cualidad trascendente, como separado de lo cotidiano.

Así, muchos de los humanistas profesionales se ven incapaces

de establecer conexiones entre la crueldad prolongada y sór-

dida de prácticas como la esclavitud, la opresión racial y co-

lonialista o la sujeción imperial en el seno de una sociedad,

por un lado, y, por otro, la poesía, la ficción y la filosofía de

esa misma sociedad. Una difícil verdad que descubrí al tra-

bajar en este libro es cuán pocos de los artistas ingleses o

franceses que admiro analizaban la noción de «sujeto» o de

raza «inferior» dominante entre los funcionarios que practi-

caban esas ideas como algo asumido al gobernar en Argelia o

en la India. Sin embargo, fueron nociones ampliamente acep-

tadas, y ayudaron a completar la adquisición imperial de los

territorios de África a lo largo de todo el siglo XIX. Creo que

al estudiar a Thomas Carlyle o a John Ruskin, o incluso a Char-

les Dickens y a William M. Thackeray, los críticos relegan con

frecuencia las ideas de cada uno de estos escritores en lo que

atañe a la expansión colonial, las razas inferiores o los «negros»

a un departamento muy diferente al de la cultura, concebida

como esa área de elevación a la que los autores «verdadera-

mente» pertenecen y en la cual llevaron a cabo su «importan-

tísimo» trabajo. Concebida de este modo, la cultura puede

convertirse en un recinto protegido: examine sus ideas po-

líticas en la puerta antes de entrar. Dado que me he pasado

toda mi vida profesional enseñando literatura, pero que, al

mismo tiempo, crecí en el mundo colonial anterior a la Se-

gunda Guerra Mundial, me he enfrentado con el desafío de

no utilizar la cultura de esa manera —es decir, de forma anti-

séptica, separada de sus contaminaciones mundanas—,

sino como un campo extraordinariamente variado de inte-

reses. Analizo las novelas y los otros libros aquí examinados,

primero, porque me parecen estimables y admirables obras

de arte de las que otros lectores y yo disfrutamos y extraemos

conocimiento. Después, el desafío consiste en conectarlas no

sólo con el placer y el provecho, sino también con el proceso

imperial del cual forman parte manifiesta e inocultablemente.

Más que condenar o desdeñar su participación en lo que cons-

tituye una incuestionable realidad en sus respectivas sociedad-

des, sugiero que lo que aprendemos acerca de este aspecto

hasta ahora real y verdaderamente ignorado enriquece nuestra

lectura y comprensión de esas obras.

Adelantaré aquí algo de lo que tengo in mente utilizando para

ello dos conocidas y grandes novelas. Grandes esperanzas (1861),

de Dickens, que es, ante todo, una novela sobre el autoengaño,

sobre los intentos vanos de Pip por convertirse en un caballero

sin esforzarse o sin disponer de las fuentes de ingresos propias

de la aristocracia. En su niñez, Pip ayuda a un convicto conde-

nado, Abel Magwitch, quien, luego de ser trasladado a Australia,

compensa a su joven benefactor con fuertes sumas de dinero.

Puesto que el abogado que sirve de intermediario guarda silencio

ante Pip acerca del origen del dinero, Pip se convence de que

una anciana dama, miss Havisham, es su protectora. Después,

Magwitch reaparece ilegalmente en Londres, donde Pip lo recibe

de mala gana porque todo en él huele a vulgaridad y delincuencia.

Finalmente, sin embargo, Pip se reconcilia con Magwitch y con

su realidad y lo reconoce —perseguido, aprehendido y mortal-

mente enfermo— como su padre putativo, no como alguien que

debe ser negado o rechazado, a pesar de que el convicto es, de

hecho, inaceptable, porque viene de Australia, una colonia pe-

nitenciaria pensada para la rehabilitación, pero no para la

repatriación de los criminales ingleses allí transportados.

Si no todas, la mayoría de las lecturas de esta obra notable la

sitúan abiertamente dentro de la historia metropolitana de la

ficción inglesa, mientras que yo pienso que pertenece a una

historia al mismo tiempo más inclusiva y más dinámica que la

que proponen esas interpretaciones. Dos libros mucho más

recientes que el de Dickens —el magistral The Fatal Shore,

de Robert Hughes, y el brillantemente reflexivo The Road to

Botany Bay, de Paul Carter— se han ocupado de revelar la

vasta historia de experiencia y también de especulación acerca

de Australia, una colonia «blanca» como Irlanda, dentro de

la cual podemos situar a Magwitch y a Dickens no únicamente

como meras coincidencias referenciales, sino como actores

dentro de esa historia, tanto a través de la novela como de expe-

riencias más antiguas y amplias de relación entre Inglaterra y

sus territorios de ultramar.

Australia fue fundada como colonia penitenciaria a finales

del siglo XVIII, sobre todo para que Inglaterra pudiese

transportar allí su exceso de población de delincuentes

irredimibles e indeseables. Originalmente explorada por el

capitán James Cook, también debía funcionar como colonia de

reemplazo de las pérdidas en América. La búsqueda de beneficio,

la construcción del imperio y lo que Hughes llama apartheid so-

cial produjeron en conjunto la Australia moderna, que, hacia

1840, en los tiempos en que Dickens se interesó por ella (en

David Copperfield, Wilkins Micawber emigra felizmente a la isla),

había progresado de alguna manera hacia una especie de «sistema

libre» y de alta rentabilidad en el cual los trabajadores podían pro-

gresar cuando el poder se lo permitía. No obstante, en el persona-

je de Magwitch: Dickens anudó varias tendencias de la visión

inglesa respecto de los convictos en Australia a finales de la época

de su traslado.

Podían triunfar, pero difícilmente podían volver de verdad. Podían

expiar sus crímenes en sentido técnico, legal, pero lo que habían

sufrido allí los había convertido en excluidos para siempre. Y,

sin embargo, eran capaces de redención mientras se quedaran

en Australia).[1]

La investigación de Carter acerca de lo que él denomina historia

espacial de Australia nos ofrece otra versión de la misma expe-

riencia. Aquí, los exploradores, convictos, etnógrafos, acapara-

dores y soldados dibujan el vasto y relativamente vacío continente,

y cada uno lo hace en un discurso específico que choca, desplaza

o incorpora el de los otros. Por lo tanto, Botany Bay es, antes que

nada, un discurso ilustrado de viaje y descubrimiento, y a conti-

nuación un conjunto de narradores viajeros (incluyendo a Cook)

cuyas palabras, itinerarios e intenciones acumulan los extraños

territorios y gradualmente los transforman en un «hogar». Para

Carter, la vecindad entre la organización benthamiana del

espacio (que dio como resultado la ciudad de Melbourne) y el apa-

rente desorden del terreno australiano es lo que ha hecho posible

la transformación optimista del espacio social que, hacia 1840, pro-

dujo un Eliseo para los caballeros y un Edén para los trabajado-

res.[2] Lo que Dickens imagina para Pip, en su papel de «caballero

londinense» de Magwitch, es brutalmente equivalente a lo que la

benevolencia inglesa diseñó para Australia: un espacio social que

autoriza otro.

Pero Dickens no escribió Grandes esperanzas preocupándose de

alguna manera por los relatos de los nativos australianos, como

sí lo hacen Hughes o Carter, ni adivinó o previó la tradición

literaria australiana, que, de hecho, vino mucho más tarde a in-

cluir las obras de David Malouf, Peter Carey y Patrick White. La

prohibición del retorno de Magwitch no es solo penal, sino

«imperial»: los súbditos podían ser llevados a lugares como Aus-

tralia, pero no se les permitía el «retorno» al espacio metropo-

litano, que, como la novela de Dickens acredita, está meticulo-

samente asignado, reservado y habitado por una jerarquía de

personajes metropolitanos. Por un lado, hay intérpretes como

Hughes o Carter que amplían la presencia relativamente débil

de Australia en la narrativa inglesa del siglo XIX, intentando

así expresar la plenitud y la recién adquirida integridad de la

historia de Australia, que se independizaría de Gran Bretaña

en el siglo XX. Por el otro, no obstante, si leemos con aten-

ción Grandes esperanzas, deberemos notar que después de

que Magwitch expíe su pena, o, digamos, tras el reconocimien-

to redentor por parte de Pip de su deuda con el viejo convicto,

enérgicamente amargo y vengativo, Pip sufre un colapso y luego

sana de dos maneras explícitamente positivas. Surge un Pip nue-

vo, menos sujeto que el antiguo a las ataduras del pasado; lo en-

trevemos similar a aquel niño también llamado Pip. Y el viejo Pip

emprende una nueva carrera con Herbert Pocket, su amigo de la

infancia; esta vez no como frívolo caballero, sino como comer-

ciante esforzado en Oriente, donde las otras colonias británicas

ofrecen una suerte de normalidad imposible para Australia.

(…)