LITORAL

PLUMAS TRUNCADAS…

PLUMAS TRUNCADAS…

En la literatura, como en cualquier actividad humana, siempre han existido personajes con destino trágico que alcanzaron la popularidad tras su muerte, o cuya obra no fue suficientemente valorada por lo breve de sus trayectorias pero que al final, a la luz del tiempo, adquiere carácter universal, es el caso de la neozelandesa Katherine Mansfield (1888-1923), quien murió a los 35 años de edad sin haber recibido galardón alguno, pero también el de muchos otros autores que hoy consideramos imprescindibles.

En esta lista figuran sobre todo poetas, pero también narradores, tal es el caso de la escritora británica Emily Brontë (1818-1848), quien murió aquejada por la tuberculosis cuando apenas contaba con 30 años de edad, un año después de publicada su novela Cumbres borrascosas, por la cual ha pasado a la historia.

También hombres talentosos han truncado muy jóvenes su existencia, como el novelista estadunidense John Kennedy Tool (1937-1969), autor de La conjura de los necios, quien no pudo soportar que su novela, a la que consideraba su obra maestra, no fuera publicada. Sin saber que una vez impresa, se llevó un Pullitzer. Mientras que el español Mariano J. de Larra (1809-1837), máximo exponente del costumbrismo crítico, uno de los mayores representantes del romanticismo español por obras como El doncel de don Enrique el Doliente, decide poner fin a su vida a los 32 años.

Los británicos John Keats (1795-1821) y Percy Bishey Shelley (1792-1822), amigos, ambos poetas importantes para la literatura inglesa, el primero murió a los 26 años, por tuberculosis, y el segundo, a los 30, ahogado durante una tormenta luego de que saliera a navegar en su velero. Al primero acabó por valorársele la originalidad y melancólica exuberancia de su obra, el segundo también fue considerado una joya del romanticismo.

Otro de los prematuros fue el célebre escritor estadunidense Edgar Allan Poe (1809-1849), quien murió de un ataque al corazón cuando sólo tenía 40 años. En este caso, sus problemas de alcohol fueron una constante que se conjugaron con la muerte de su esposa y prima Virginia Clemm en 1847. A pesar de su temprana partida, Poe dejó una prolífica producción literaria integrada por sus narraciones extraordinarias, entre las que se cuentan La caída de la casa Usher, Los crímenes de la calle Morgue y El corazón delator. También publicó ensayos como Eureka (1948), poemas como El cuervo y otros poemas (1845) y la novela La narración de Arthur Gordon Pym (1838).

También norteamericano es Stephen Crane (1871-1900), considerado un joven prodigio de la literatura, oriundo de Nueva Jersey, quien publica su primera novela en 1893 y dos años más tarde, la que lo consolidó: La roja insignia del valor. En total publicó 12 libros, entre ellos uno de cuentos, lo que le valió ser considerado una influencia decisiva en la literatura del siglo XX. Murió de tuberculosis cuando aún tenía 28 años.

El francés Guy de Maupassant (1850-1893) es otro caso digno de ser mencionado pues apenas tenía 43 años cuando murió en un psiquiátrico, donde había sido internado tras dos intentos de suicidarse con abrecartas. Para entonces, ya tenía una obra consolidada, que estaba conformada, estiman, en seis novelas y unos 300 cuentos, entre los que destaca Bola de sebo, así como seis obras de teatro, libros de viajes, una antología de poesía y sin fin de crónicas periodísticas. Considerado uno de los máximos exponentes de la escuela naturalista, el autor ha sido ampliamente adaptado al cine, con 26 películas, entre las que destaca Bel-ami, con tres adaptaciones diferentes. También es un autor varias veces plagiado, según los registros disponibles.

Otro autor galo en esta lista es el polímata Boris Vian (1920-1959), quien además de ingeniero, periodista, cantante, actor y músico de jazz, también fue escritor de novelas como Escupiré sobre sus tumbas (1946; prohibida en 1949) y La espuma de los días (1947) y la obra de teatro Los constructores del imperio (1959). Vian dejó de existir a consecuencia de un ataque cardíaco que sufrió durante la proyección de una película basada en una de sus novelas.

El ruso Anton Chéjov, maestro del relato corto, máximo exponente de la corriente psicológica del realismo y del naturalismo, no puede faltar en esta lista (1860-1904) por morir a los 44 años, víctima de la tuberculosis, habiendo dejado un amplio legado literario entre cuentos (unos 600, entre los que destacan La dama del perrito, La tristeza o La muerte de un funcionario) y obras de teatro (Tío Vania, Las tres hermanas y El jardín de los cerezos), entre otros textos.

El checo Franz Kafka (1883-1924), uno de los autores más influyentes de la literatura universal, conocido por novelas como El castillo o El proceso, y un sinfín de textos como La metamorfosis o La condena, murió a los 41 años también de tuberculosis, una enfermedad que en esos años arrasó con muchas personas, más allá de su ocupación.

De Estados Unidos, la poeta Sylvia Plath (1832-1863), una de las principales precursoras de la llamada poesía confesional, se quitó la vida a los 31 años, habiendo sido depresiva crónica y tratada en más de una ocasión con terapia electro convulsiva (electroshoks), dejando para la posteridad novelas como La campana de cristal, de tintes autobiográficos, y poesía como Ariel, Árbol de invierno y Poesías completas.

En la lista de escritores malogrados también hay latinoamericanos, entre quienes figuran la poeta y traductora argentina Alejandra Pizarnik (1936-1972), autora de poemarios como Árbol de Diana, quien, agobiada por una severa depresión, y tras dos intentos fallidos, logra quitarse la vida ingiriendo una dosis letal de medicamento.

De la misma geografía está Roberto Arlt, un polifacético autor que lo mismo escribió crónicas que obras de teatro, cuentos y novelas, cuyos protagonistas siempre eran marginados en conflicto con los códigos sociales. Entre sus obras más representativas están El juguete rabioso (1926), Los siete locos (1929) o Los lanzallamas (1931), también se conoce un par de libros de cuentos como El jorobadito (1933) y El criador de gorilas (1941). Igual que Vian, murió de un paro cardiaco.

El chileno Roberto Bolaño (1953-2003), autor de una veintena de libros, entre los que destaca su novela Los detectives salvajes, y premios como el Herralde y el Rómulo Gallegos, tenía 50 años cumplidos cuando culminó su vida por una insuficiencia hepática. Bolaño, cuyo rasgo más distintivo era la conexión entre vida y literatura, es hoy por hoy considerado uno de los máximos exponentes de la literatura latinoamericana y fundador del infrarrealismo.

En México los casos más recientes son el del veracruzano Parménides García Saldaña (1944-1982), considerado dentro de la Generación de la Onda, quien escribió libros como Pasto verde (1968), El rey criollo (1970), En la ruta de La Onda (1974), Mediodía (1975) y En algún lugar del rock –El callejón del blues- (1993), de manera póstuma se publicó El callejón del blues revisited (2015), y murió en septiembre de 1982, sólo en un cuarto de Polanco, debido a los estragos de una pulmonía y el deterioro general de su salud, ocasionada por su vida de excesos.

Aura Estrada (1977-2007), quien murió a los 30 años ahogada en una playa de Oaxaca, cuando recién comenzaba su trayectoria literaria. Había residido en Nueva York, donde había hecho un doctorado y trabajaba en una novela. Fue profesora de español en la Universidad de Columbia, publicó los ensayos Borges, inglés y Borges, prologuista; además de crónicas, reseñas y poemas en diversas revistas literarias. Fue amiga de la Premio Nobel estadunidense Tony Morrison, también ya fallecida, con quien mantuvo una relación laboral y literaria cercana, tanto que incluso se integró al comité del premio instituido en honor a la joven autora guanajuatense.

Además del caso del autor Ignacio Padilla (1968-2016), integrante de la llamada Generación del Crack, quien en 2016 murió en un accidente automovilístico, dejando atrás narrativa extensa como las novelas La gruta del Toscano o La catedral de los ahogados; corta como El androide y las quimeras, El año de los gatos amurallados o Las fauces del abismo; literatura infantil como Todos los osos son zurdos, y ensayos como El legado de los monstruos. Tratado sobre el miedo y lo terrible, entre muchas otras obras merecedoras de premios como el Nacional Juan Rulfo de 1994, el Gilberto Owen 1999, el Primavera 2000, el Internacional Juan Rulfo y el Málaga de 2008, el Iberoamericano 2010 y el de La Otra Orilla 2011.