LITORAL

KATHERINE MANSFIELD, ENTRE LA POESÍA FILOSÓFICA Y LA REFLEXIÓN DEL CUERPO

KATHERINE MANSFIELD, ENTRE LA POESÍA FILOSÓFICA Y LA REFLEXIÓN DEL CUERPO

Hablar de Katherine Mansfield es escudriñar una existencia breve pero llena de sustancia, de vida condensada en pocos años, pero con mucha intensidad, como la que develan algunas páginas de sus diarios en los que grita a los cuatro vientos “Quiero la tierra y sus maravillas; el mar, el sol. Quiero penetrar en él, ser parte de él, vivir en él, aprender de él, perder todo lo que es superficial y adquirido en mí, volverme un ser humano consciente y sincero. Al comprenderme a mí misma quiero comprender a los demás…”.

Y es que murió muy joven, a penas con 34 años de edad y una obra no muy extensa pero sí importante, tanto en materia de narrativa, donde es considerada excepcional, como en la de la poesía, donde vale muchísimo la pena descubrirla, asegura a Litoral el escritor, estudioso y especialista mexicano en literatura neozelandesa Rogelio Guedea, quien, de hecho, acaba de publicar una antología de poetas de esas latitudes en la que, desde luego, Mansfield tiene un lugar ganado a pulso, por haber inaugurado una tradición que encalla en la poesía filosófica.

El oriundo del estado de Colima conoce a los poetas neozelandeses porque los ha leído, diseccionado, y porque vivó en esas tierras durante varios años, lo que le permitió compenetrarse en su poética, en su mirada, en una tradición, dice, que destaca por la presencia de una reflexión que no se halla en la lírica hispánica, una especie de metafísica del cuerpo, pero también de esa naturaleza salvaje que tienen esos parajes, una belleza inocua, muy pura, que “en el caso de Mansfield está ahí todo el tiempo, como cuando habla del mar y en sus poemas uno puede encontrar una espuma tan blanca, de una pureza como no la había visto nunca hasta que traduje sus textos”.

Como narradora, Mansfield es una precursora, en muchos sentidos, de otras plumas, como la de la ucraniano-brasileña Clarice Lispector (1920-1977), pero como poeta se acerca al poema filosófico, sin ser muy complejo, pero sí muy cercano a la naturaleza, a esa reflexión del cuerpo; “ella escribe mucho sobre la precariedad del cuerpo, el acabamiento del que es uno sujeto con el tiempo, es precursora de eso e impacta mucho en los poetas posteriores que, si bien transitan primero por la tradición inglesa, reciben esa influencia que los trastoca y en un escenario distinto y distante deriva en el ánimo de reflexionar”.

Mansfield, añade, es fundadora de esta reflexión metafísica de la naturaleza, del cuerpo y de estos componentes neozelandeses de reflexionar sobre la nueva tierra en la que ellos están, de hecho, hay muchos poemas que reflejan esa idea fundacional, porque los poetas neozelandeses se sienten empujados a crear una historia a través de la poesía, contar lo que son y eso se puede ver claramente porque todos tienen mucha coincidencia en ello.

NARRATIVA BREVE, SU ROSTRO MÁS CONOCIDO

Nacida en Wellington, Nueva Zelanda, en 1888, Katherine Mansfield pasó la mayor parte de su infancia en esa ciudad, pero a los 14 años fue enviada a Londres, Inglaterra, y matriculada en el Queen’s College, donde se hizo amante de Ida Baker; en 1906 regresó a su lugar de nacimiento, al cual consideraba provinciano y que dejó de manera definitiva dos años después, cuando ya era una buena violonchelista, pero su padre no la dejó dedicarse a la música, así que lo hizo en la bohemia y en ese ambiente se embarazó de un artista que también desaprobaba su familia, por lo que acabó casada con un profesor, del que en breve se separó.

Se sabe que a principios de 1909 fue su madre quien la llevó a Alemania para abortar, aunque el bebé lo pierde de manera natural, junto con el vínculo que tenía con su progenitora, a quien no volvió a ver, tras ese momento regresa a Londres para no abandonarlo más y comenzar a desplegar el talento que desde sus primeros años exhibió, para cultivar la novela corta y el cuento breve, que le valieron convertirse en una de las autoras más representativas de su país.

Generacionalmente, perteneció al grupo de destacados autores como James Joyce y Virginia Woolf, aunque según los estudiosos, ella logró ser un caso aparte, pues influenciada por el ruso Anton Chéjov, supo captar la sutileza del comportamiento humano.

Su primer libro publicado fue En una pensión alemana (1911), año en que comienza una relación con el editor John Middleton Murry, con quien luego de varios altibajos y problemas de salud (pues primero contrajo gonorrea que, dicen, le provocó una artritis que sufrió el resto de su vida, y luego incluso tuberculosis) se casó en 1918, año en la que también publicó su segundo libro de historias, denominado Preludio.

Pero Mansfield no encuentra sosiego y para el invierno se muda Italia con Ida Baker y escribe su siguiente libro, que es Por favor, y un año después en Suiza, mientras busca cura para la tuberculosis, escribe Felicidad y otros cuentos (1921), Garden Party (1922), La casa de muñecas (1922) y El nido de las palomas y otros cuentos (1923), éste último escrito desde el balneario cercano a Fontainebleau, donde una hemorragia pulmonar acaba con su vida a los 34 años de edad. De manera póstuma se publicarían, a instancias de Murry, los libros El canto del cisne, Algo infantil, Diario de Katherine Mansfield (1927) y Cartas de Katherine Mansfield (1928).

AL RESCATE DE LA POETA…

Guedea planea escribir un libro individual sobre la poesía de Mansfield, la cual se puede leer en libros como Té de manzanilla y otros poemas, un género en el que a él le parece todo un descubrimiento, y bien valdría la pena publicarla en español y promoverla más aquí, “insertarla en nuestra tradición y que la empiecen a leer los poetas mexicanos, dado que aquí hay ciertas rutas que tienen que ver con la poesía de veta filosófica; ahí están poemas de José Gorostiza, de Octavio Paz, una poesía que tiende a ser más críptica quizá, pero si esa tradición se une con la otra podría resultar algo interesante”, opina.

“Al estudiarla me di cuenta como Mansfield quería construir una historia, no sólo era describir el paisaje, sino que se reflexionara a través de ese paisaje, creando una especie de historia de las ideas a través de la poesía, la cultura, los nuevos pobladores de esa tierra a la que se llegó; el encuentro con los pueblos originarios, la naturaleza y las problemáticas, un poco como Janet Frame, con quien tiene una gran conexión”, detalla el estudioso, quien considera a las dos mujeres muy inteligentes y reflexivas, a tono con la tradición inglesa.

“Son mujeres que hacen poesía como la hacen los hombres, porque la posición de la mujer no es de lamento, de ´Ay me dejó´, sino reflexionando sobre los mismos temas: la condición humana, etcétera. No es gratuito que Nueva Zelanda haya sido el primer país en aprobar el voto femenino sin restricciones, en 1893, y que hoy tengan un Primer Ministro mujer, allá no hay eso de que la mujer no puede tener un papel importante y eso se nota en la poesía, por eso es importante leerlas”, sostiene Guedea, para quien el problema con Mansfield es que la crítica sólo se ha centrado en sus historias cortas y no en su poesía, donde es precursora de toda la nueva ola de poetas neozelandeses que él ha incluido en la mencionada antología Isla Al si, que incluye a 27 autores y que fue editada en edición de lujo por la Secretaría de Cultura del gobierno del Estado de México.

La luz de Mansfield se apagó sin reconocimientos, pero no sin antes lograr un desahogo para su intensa existencia, que quedó plasmado en uno de sus diarios, donde se lee: “…Quiero realizar todo lo que soy capaz de hacer…trabajar con mis manos, mi corazón y mi cerebro. Quisiera tener un jardín, una casita, hierba, animales, libros, cuadros, música. Y sacar de todo esto lo que quiero escribir, expresar todas esas cosas y vivir la vida cálida, anhelante, viva, tener raíces en la vida, aprender, desear, saber, sentir, pensar, actuar, eso es lo que quiero, a donde debo tratar de llegar”.