LITORAL

DESDE EL LIBRERO

DESDE EL LIBRERO

Humanos, o cómo lo hemos jodido todo

Un texto sarcástico y bien documentado sobre cómo el ser humano, sin importar su época, geografía, edad, educación, status social o político, nos las hemos ingeniado por siglos para batirla en grande y echarlo todo a perder, es el que ofrece Tom Phillips en su libro Humanos. Una breve historia de cómo lo jodimos todo, que, con un lenguaje ágil y lleno de humor negro, nos hará reflexionar sobre cómo las decisiones de la vida siempre tienen más de las consecuencias visibles, aparentes o inmediatas.

Publicado por Planeta, el volumen de 252 páginas narra diferentes episodios que corroboran la hipótesis del autor de que hasta los actos más nobles pueden convertirse en grandes metidas de pata, y que a veces la historia prejuzga a los villanos o canoniza intempestivamente a los idiotas, o sea que los juicios a priori de la historia, en el largo plazo no siempre se sostienen.

Periodista y editor de Fill Fact, la empresa líder en comprobación de datos en el Reino Unido, Phillips, quien estudió Historia y Antropología en la Universidad de Cambridge, se echa un clavado a la historia de donde entresaca sucesos que hoy llaman a risa y que, sin embargo, en su momento, han sido el origen de catastróficos sucesos.

Con dedicatoria especial para “todos aquellos que alguna vez la hayan cagado bonito”, para que sepan “que no están solos”, el autor, quien ha sido editor del sitio BuzzFeed en el Reino Unido, arranca este texto con un ingenioso prólogo sobre los albores de la torpeza, donde da cuenta de la existencia, hace muchos años, de una simia que descansaba encaramada en un árbol hasta que se cayó y se mató, y que 3.2 millones de años después, algunos otros simios, ya con doctorado, se les ocurrió desenterrar y bautizar como Lucy, “por su admiración hacia The Beatles”.

A partir de allí fluyen una serie de capítulos en los que va explicando con lujo de detalle y ejemplos al por mayor de por qué nuestro cerebro tiende a ser idiota, y algunos casos en los que la histeria colectiva se ha apoderado de la historia, como cuando se dieron en todo el mundo brotes de pánico debido a que supuestas fuerzas malignas estaban robando o encogiendo el pene de los hombres, lo que fue atribuido a las brujas en Europa medieval, a comida envenenada en Asia o a hechiceros en África.

Qué buen entorno tienen aquí habla de medidas que pretendían un mejor aprovechamiento del hábitat y acabaron por ser caótica, cita por ejemplo el caso de siete maravillas que ya no veremos porque el ser humano las arruinó, tal es el caso del Partenón, una de las joyas de la Antigua Grecia, hasta que en 1687 la usaron los otomanos como almacén durante una guerra con Venecia. Luego, un disparo afortunado de un veneciano y adiós Partenón, y del mismo estilo Nohmul, una gran pirámide maya –en las ruinas más importantes de Belice- que fue destruída en 2013 por empresas constructoras porque querían grava para la construcción de carreteras en sus cercanías.

La vida se abre camino es otro apartado en el que aborda cómo la necedad del hombre ha introducido especies en ecosistemas no propicios, generando graves catástrofes, es el caso del conejo australiano, pero también el de la ardilla gris en Gran Bretaña e Irlanda que no tardó en apoderarse del lugar y poner a la ardilla roja nativa en peligro de extinción. El caso más cercano es el del pez cabeza de serpiente del norte, proveniente de Asia, y cuyo avistamiento en América ha causado conmoción, en ese sentido advierte que “si vas a introducir una especie asiática en América “procura que no sea un voraz pez carnívoro capaz de deslizarse por tierra y sobrevivir varios días fuera del agua”.

Sigue al líder se centra en las vicisitudes del relevo de poder y cuenta el caso del Imperio Otomano, pero también el del Káiser Guillermo II en Alemania, cuyo único don parecía ser insultar poco menos que a cualquier otro país con el que entrara en contacto; Cristian VII de Dinamarca, un rey penoso en muchos sentidos, cuya obsesiva inclinación a masturbarse ha pasado a la historia.

Darle el poder al pueblo no siempre ha salido bien y de ello dan cuenta anécdotas como la prohibición del alcohol en Estados Unidos entre 1920 y 1933, que redujo a los bebedores, pero disparó la criminalidad; o el Hoy no circula en la Ciudad de México, el cual intentó reducir la contaminación atmosférica reduciendo la circulación de autos particulares y lo único que logró fue hacer crecer estrepitosamente el parque vehicular.

También dedica espacio para hablar de las guerras más absurdas de la historia, entre las cuales desde luego figuran, entre otras, la del futbol que sostuvieron El Salvador y Honduras por tensiones que estallaron gracias a la violencia en unos partidos de clasificación a un mundial de futbol, donde la clasificación la ganó El Salvador y la guerra quedó tablas.

En la superfiesta extrema del colonialismo se centra en exploraciones fracasadas como la de Lewis Lasseter que en 1930 encabezó una patrulla de búsqueda por el desierto central australiano para dar con una vasta mina de oro puro que decía haber encontrado unos años antes, una mina inexistente. Al final, dice, sus hombres lo abandonaron, sus camellos se escaparon y él murió; o el caso de Salomón Andrée, ingeniero y aventurero sueco, a quien se le ocurrió la idea de llegar al Polo Norte en un globo de hidrógeno, y para allá se fue, por más que el globo perdiera gas. Toda la expedición murió en algún lugar del Ártico.

Sobre lo sobrevalorada que está la tecnología también discurre y cuenta varias historias, entre ellas las de seis científicos a los que mató su propia ciencia, como fue el caso de un sastre franco austriaco llamado Franz-Reichelt, quien en 1912 intentó probar su nuevo y sofisticado traje-paracaídas saltando de la Torre Eiffel con él puesto, precipitándose a su muerte, o el del médico Edwin Katskee, quien en 1936, quiso saber por qué la cocaína –que entonces se utilizaba como analgésico- tenía efectos secundarios negativos. Se inyectó una dosis de caballo y pasó la noche garabateando incomprensibles notas hasta que murió.

El final, dice, tiene dos opciones, una donde tras tanta exploración, progreso, sueños e ideas grandiosas para acabar así, atrapados en nuestro planeta dentro de una cárcel que hemos construido con nuestra propia basura, o bien, otra en la que llegamos al momento en que cambiamos y empezamos a aprender de nuestra propia historia y podamos vivir en los albores de una nueva era de no joderla, tal vez sí tengamos la capacidad de ser mejores y un día subirnos a un árbol y no caernos. La moneda está en el aire y toca a todos responder por nuestra decisión.