LITORAL

A continuación reproducimos un fragmento de la novela Un bien al mundo (2016) del escritor italiano Andrea Bajani (1975), con autorización de la editorial Elefanta

A continuación reproducimos un fragmento de la novela Un bien al mundo (2016) del escritor italiano Andrea Bajani (1975), con autorización de la editorial Elefanta

Un bien al mundo

De Andrea Bajani

TRADUCCIÓN: LABORATORIO TRADUXIT

Para los niños que fuimos

Y para aquellos en que, al crecer, no convertiremos

La casa es el cubo de la infancia

La casa es el dado de la comunicación.

Zbiniew Herbert

Informe desde la casa sitiada

Aunque éste no es un cuento para niños, tengo que

empezar escribiendo Había una vez, porque precisa-

mente una vez había un niño.

Había un niño que tenía un dolor del que nunca

quería separarse. Se lo llevaba a todas partes, atravesaba

con él el pueblo para ir a la escuela todas las mañanas.

Cuando llegaba al salón de clases, el dolor se acurrucaba

a sus pies y, durante cinco horas, ahí se estaba, calladito.

En el recreo, el niño se lo llevaba al patio, y al salir de la

escuela, volvía a atravesar el pueblo en sentido contrario,

con el dolor a su lado. Cuando llegaba a su casa se lavaba

las manos, porque así le habían enseñado su madre y su

padre. Luego abría la puerta del refrigerador, buscaba si

había algo preparado, y si no había nada, se preparaba

espagueti con salsa de tomate. Entonces ponía un man-

tel en la mesa y comía. El dolor se subía a la silla de al

lado, y mientras el niño comía, lo acariciaba. Si estaban

sus padres, en cambio, el dolor se quedaba entre los pies

de su amo. De vez en cuando, el niño escondía la mano

bajo la mesa y le ofrecía un pedazo de pan. El dolor hacer-

caba el hocico a la mano, y después le lamía los dedos.

Hasta cuando el niño andaba en bicicleta por los bos-

ques, el dolor corría a su lado. No necesitaba correa por-

que nunca se habría escapado, y no necesitaba bozal

porque no le habría hecho daño a nadie. El dolor le era fiel

al niño, y sólo quería jugar con el niño. Mientras el niño

pedaleaba, el dolor a veces corría más rápido que él con la

lengua que le colgaba entre los dientes. Otras veces, al con-

trario, se quedaba un poco atrás para retomar aliento y

después regresaba de un salto junto a los pedales de su

amo. Cuando llegaban al arroyo, el niño apoyaba la bici-

cleta en el tronco de un árbol. Luego buscaba pedazos de

madera y hojas, y con abandono se quedaba

viéndolos jugar con un balón en medio de la plaza. El niño

pensaba que también él habría querido jugar, pero nada

más se quedaba mirando.

En la noche el niño se lavaba, porque así le habían

enseñado. Después se ponía la pijama. Su madre y su

padre veían televisión, y cuando él se asomaba descalzo

para darles las buenas noches ni siquiera volteaban. Le-

vantaban la mano desde atrás del sofá. El niño y su dolor

recorrían el pasillo, que en la noche parecía infinito. En-

tonces abrían y cerraban la puerta del cuarto, y el niño se

metía entre las cobijas. Había un tapetito junto a la cama

para que el dolor tuviera su propio lugar y una cobija

para taparse. Pero el dolor nunca dormía ahí. Saltaba a la

cama y se dormía apoyando la cabeza en los pies de su

amo. En medio de la noche se metía debajo de las cobijas

con el niño y lo calentaba respirándole en la cara hasta la

mañana. Y cuando sonaba el despertador, lo primero

que hacía el niño, aun antes de abrir los ojos, era buscar

al dolor con el brazo.

Todos los días, el niño sacaba a pasear al dolor por

lo menos tres veces. Después de un rato en casa, el dolor

empezaba a morderle el pantalón hasta que el niño le ha-

cía caso. Entonces le acariciaba el hocico y el dolor se tran-

quilizaba unos minutos. Sin embargo, si oía que en la co-

cina la voz del padre subía de tono, el dolor volvía a morder

el border del pantalón. Lo primero que hacía el niño, en

ese caso, era cerrar la puerta. El dolor se hacía bolita en el

piso y el niño se quedaba sentado en el suelo mirando por

la ventana. Luego el dolor volvía a quejarse. Si el niño ha-

cía como si nada, el dolor se paraba delante del vidrio,

para que el niño no viera nada más que a él. Cuando ya no

podía más, el niño se levantaba, alejaba al dolor y se ponía

los zapatos. Bastaba con que agarrara un zapato para que

el dolor empezara a dar de brincos. Abrían la puerta del

cuarto, recorrían el pasillo infinito y salían.

El niño nunca quería atravesar la plaza, pero para

llegar al bosque era el camino más corto. Procuraba no

acercarse a las bancas donde estaban los otros niños. Los

varones estaban sentados en el respaldo, con los pies en el

asiento de la banca. Las niñas cerca de los pies de los

varones. El niño iba cabizbajo, el dolor caminaba a su

lado. La mayoría de las veces nadie les hacía caso. Los

varones seguían gritando, las niñas riendo a cada grito

de los varones. Así, el niño podía atravesar la plaza y des-

pués dar vuelta a la derecha y llegar a los bosques.

Cuando veía el kínder, el dolor empezaba a gruñir

con el pelo del lomo erizado. Algunas veces se lanzaba

corriendo hacia el portón y ladraba hasta ahogarse. El

niño no entendía si era porque odiaba aquel lugar o por-

que, al contrario, quería volver ahí. Entonces se ponía en

cuclillas, lo acariciaba y el dolor, contento, movía la cola.

Luego, volvían a caminar en dirección de los bosques, y

poco después empezaban a correr.

Así como el niño era un cachorro de ser humano, el

dolor era un cachorro de dolor. Tenía el pelo corto y unos

ojos que todo pedían. Por eso el niño lo acariciaba y le

daba todo lo que tenía. Cada vez que pasaba frente al kín-

der, el niño veía los dibujos pegados con diúrex en los vi-

drios de las ventanas y se acordaba de los que había dibu-

jado años antes. Siempre dibujaba un niño y su dolor, y

cuando la maestra le preguntaba por qué no intentaba

dibujar algo distinto, el niño decía que lo intentaría. Así,

dibujaba árboles, casas, el cielo lleno de pájaros, el sol y un

coche sin color. Pero todo lo que dibujaba se parecía a su

dolor. La maestra se daba cuenta y no decía nada. Le ponía

la mano en la cabeza y le decía al niño que su nuevo di-

bujo era muy bonito porque estaba también el resto del

mundo. Cuando sentía la mano de la maestra en la cabeza,

a veces le corría una lágrima por el lado derecho de la cara.

Bajaba rápido y sin titubeos porque ya conocía el camino.

En todo esto pensaba el niño cuando pasaba frente

al kínder rumbo al bosque. Y viendo al dolor que brin-

coteaba a su lado, se acordaba de cuando era más pe-

queño y casi le cabía en una mano. Pero entonces se de-

cía que en el fondo su dolor también era bello así, aunque

se hubiera vuelto más torpe. Siempre era fiel y el niño

sabía que nunca lo iba a dejar solo. Y dentro de ese pen-

samiento buscaba refugio todos los días.

Cuando el niño nació, era un día de mediados de

verano, aunque quizá fuera más exacto decir que cuando

el niño nació el verano empezaba a terminar. Había sol

afuera de la ventana y todos estaban en la playa. Todos

los niños que venían al mundo en esos días eran rojos y

ardientes. Los enfermeros y los doctores les enseñaban a

las mamás y a los papás a enfriar a sus recién nacidos.

Las mamás más expertas sabían que la solución más

simple era la de juntar los labios y soplar suavemente en

la cabeza de sus niños llevándolos en brazos. También se

lo enseñaban a las mamás recién llegadas. Los cuartos de

los hospitales eran todo un soplar en esas cabecitas ar-

dientes, mientras un poco más abajo las bocas de los hi-

jos succionaban los pechos. El pelo se levantaba y volvía

a bajar, empujado por el viento que las madres produ-

cían. Luego terminaban de mamar. Los recién nacidos

extendían los pies y las manos, soltaban los pezones, y

las madres seguían soplando aire en la frente y sonreían

por las muecas que hacían sus hijos.

Las manos del niño nunca se calentaban. No tenía

la cabeza sudada ni se ponía rojo como los otros niños.

Los doctores se preguntaban qué hacer. No tenía proble-

mas de circulación, pesaba lo que debía pesar. Todos los

exámenes decían que era un niño con buena salud. Los

médicos y los enfermeros le hacían preguntas a la ma-

dre, pero la madre daba respuestas de pocas palabras.

Tenía mucho sueño y en cuanto podía se dormía. Así, el

niño estaba en una cuna de metal junto a su cama y es-

peraba que pasara algo. De vez en cuando se asomaba

algún enfermero, le tocaba las manos, y veía que además

de frías, las manos estaban amarillas. Cuando tenía ham-

bre, el niño lloraba, la madre se despertaba y le daba de

comer lo que le habían recetado los doctores. En un

principio había intentado ofrecerle el pecho al niño y el

niño se le pegó. Pero el pecho estaba vacío, y era sólo

vacío lo que el niño tomaba del pezón de su madre. Sen-

tía que le raspaba por toda la garganta y luego bajaba. El

niño succionaba voraz, y vorazmente se llenaba de vacío.

Estaba inflada de vacío la panza, estaba inflado de vacío

todo su cuerpo. El vacío mojaba el camisón de la madre,

y por más que ella se secara quedaba siempre empapada.

Pero el vacío no le quitaba el hambre al niño, y por eso

los doctores le habían dado otra leche a la madre. Así, el

niño había vuelto a comer. Mientras comía, la mamá no

le soplaba en la cabeza porque no estaba morado, y no le

sonreía porque era una mujer infeliz.

El tercer día la mamá le dejó al dolor. Lo puso en la

cuna de metal y se volvió a dormir. Por instinto, el niño

lo tomó entre las manos y comenzó a jugar con él. Así,

dejó de esperar que su madre se despertara para jugar.

Mientras la mamá dormía en la cama, el niño reía y su

temperatura aumentaba. En aquellos días, nadie visitó a

la madre ni al recién nacido. Los parientes de las otras

mujeres inflaron y desinflaron la habitación a ritmos re-

gulares. A ritmos regulares la madre despertó y se volvió

a dormir, y el niño durmió y jugó con su dolor. En aquel

tiempo, los ojos del niño sólo veían sombras confusas.

La mamá era una gran sombra tumbada en una cama, el

dolor, una sombra más pequeña que el niño trataba de

enfocar. El dolor le hacía cosquillas en los pies, y el niño

abría la boca y reía. Mientras tanto, los doctores se die-

ron cuenta de que las manos habían cambiado de color

y poco a poco se estaban calentando. Así, le dijeron a la

madre que podía regresar a casa con su hijo. Ella les

agradeció, y acomodó en una bolsa todas sus cosas. Des-

pués tomó en brazos al dolor y entendió que también a

él debía llevárselo a casa. Luego se despidió de las demás

mujeres de la habitación con una sonrisa que era un tajo

en medio de la cara.

Por fin llegó también el padre. Entró al hospital para

llevarse al niño y a su mujer. Y como otras veces, también

aquel día fue evidente para todos lo que iba a pasar. Por-

que también el padre tenía un dolor, pero era un dolor

mucho más grande que el que la madre le había dejado al

niño. Era tan grande que, por muy fuerte que fuera el

padre, difícilmente podía sujetarlo con una correa. Por

eso, con frecuencia se liberaba de un jalón y agredía a

cualquiera que pasara cerca. Abría las fauces, ladraba y

después se oía el grito de quien había sido atacado. Así,

también el día en que el niño debía salir del hospital to-

dos se enteraron cuando el padre entró al edificio. Pri-

mero se oyó un azotar de puertas en los pisos, y después,

un silencio que como un pelotón subía las escaleras. Pa-

saba y se comía todo ruido, toda voz, toda risa, incluso

todo chirrido de carritos o chocar de platos. Tras su paso

no quedaba nada, un mundo de sonidos amordazados

por el miedo de aquel dolor que se abría camino.

El padre se asomó a la habitación, saludó a su mu-

jer, y ella le entregó al niño. Poco después estaban en el

coche. Aquel día de verano, el pueblo estaba tan vacío

como los pechos y los ojos de la madre. Sobre ellos se

extendía la silueta del dolor del padre. Mordía los asien-

tos, gruñía pegado a la ventanilla, los miraba como si

quisiera comérselos, y luego no se los comía.

(...)