LITORAL

A continuación reproducimos un fragmento del libro Totó, de Mónica Brozón, con la autorización de la editorial SM.

A continuación reproducimos un fragmento del libro Totó, de Mónica Brozón, con la autorización de la editorial SM.

Totó

De Mónica Brozon

1

Totó estaba nervioso. Esta noche, por fin, era su gran debut. Había estudiado y practicado por muchos años. Y, claro, se había puesto su mejor y más vistoso traje. Totó era el heredero de una larga tradición de excelentes payasos. Su padre lo era, su abuelo también y su tatarabuelo y el papa de éste fueron payasos reconocidos en la ciudad y en las ciudades vecinas. Muchas veces Totó imaginó al primero de sus antepasados, allá en la prehistoria, haciendo malabares con armadillos y metiendo su cabeza en la mandíbula de un tiranosaurio, aunque de esto no había ningún testimonio.

Antes de entrar al escenario, escuchó los gritos del público que lo esperaba ansioso, y ráfagas de nervios hacían temblar su colorido cuerpo. Tuvo ensayos toda la semana frente a su papá, abuelo y bisabuelo, quienes rieron muchísimo en cada uno de ellos. Los nervios no lo abandonaban, aunque estaba seguro de que todo saldría bien. Así se lo confirmaban las caricias tranquilizadoras de Dolores, su iguana, que era parte de uno de sus números y que, quizá, desde su escondite en el sombrero, percibís su ansiedad.

Cuanto Totó escuchó que Filomeno, el presentador, gritaba: “¡Y ahora con ustedes, en su primera presentación en público, el payaso Totóóóó!”, sintió que el temblor atacaba sus rodillas. Dio unos pasitos hacia donde estaban las luces, hasta que quedó en el centro del escenario. Miró las caras de los niños que coreaban su nombre por todos lados. Había tantos… Eran muchos, muchos niños. El temblor de sus rodillas aumentó, desde ahí viajó al resto de su cuerpo y, cuando llegó a su cabeza, Totó sintió que sus piernas ya no podían sostenerlo. Luego se puso todo negro y ya no recordó nada más.

--¡Totó, muchacho! –fue lo siguiente que escuchó. Abrió los ojos y vio la lámpara del techo de su camerino. Su abuelo y su bisabuelo lo miraban con preocupación, mientras Dolores le daba suaves golpes en la cabeza con una de sus patitas.

-- ¿Qué pasó? –preguntó con un hilito de voz.

-- Eso quisiéramos saber –replicó su abuelo.

(…)