LITORAL

ARTES DE LA REVOLUCIÓN

ARTES DE LA REVOLUCIÓN

Además de la literatura, la Revolución Mexicana tuvo repercusiones en otras artes, principalmente en las visuales y en el cine, con ejemplos que han quedado para la posteridad en muros y en el celuloide. Ya desde la misma era porfirista hubo manifestaciones que reflejaron los acontecimientos sociales y políticos que, posteriormente se sabría, anticipaban los tiempos de cambio y daban razón al levantamiento armado.

Sin duda alguna el antecedente más representativo del arte visual de la Revolución Mexicana es el trabajo realizado por el grabador aguascalentense José Guadalupe Posada (1852-1913), reconocido a nivel mundial principalmente por sus figuras esqueléticas y su famosa Catrina o Calaca Garbancera, como realmente se llamaba. Si bien el también creador de las figuras burlonas de los catrines no ilustró el movimiento armado, sí lo hizo de sus antecedentes, es decir la situación política y social del México porfirista, muy particularmente de la condición de miseria en la que vivía la mayor parte de los mexicanos, así como de la explotación laboral a la que era sometida, todo permitido por el régimen.

Por su trabajo en periódicos, carteles y otros productos populares, Posada ilustró la postulación y campaña política para llegar a la presidencia en 1910, con Francisco I. Madero a la cabeza de la oposición. Igualmente, en sus grabados destacan las figuras famélicas del pueblo mexicano, las fiestas dadas y que presumían las clases altas, la imperturbabilidad de Porfirio Díaz, las vejaciones que se cometían en las haciendas productoras e incluso en los sitios de enganchamiento, esas oficinas donde se engañaba al pueblo para contratarse y trabajar en condiciones ideales, resultando en la realidad un infierno.

Posada era un maestro del grabado, pero también un trabajador, por lo que dentro de su obra encontramos carteles celebratorios de las fiestas organizadas por el gobierno porfirista para festejar el centenario de la Independencia mexicana, con invitados de todo el mundo y en las que se gastaba un presupuesto millonario que fue muy criticado en su tiempo.

Pasada la confrontación armada, en los años 20 el gobierno surgido de la misma a través del presidente Álvaro Obregón encargó al intelectual oaxaqueño José Vasconcelos, hombre culto y con una visión amplia del momento que vivía el país y el camino que en su opinión había que tomar, la Secretaría de Educación Pública. Vasconcelos, autor de Ulises criollo, emprendió la enorme tarea de llevar la instrucción pública a todos los rincones del país. Para ello se elaboraron materiales para distribuir en las aulas, se preparó a los docentes y se emprendió una cruzada en la que se dispuso de maestro hasta las comunidades más apartadas posibles donde era factible llegar.

Al mismo tiempo, fue un fuerte impulsor de un arte que, a partir de entonces y por las siguientes cuatro décadas, pusiera en el centro al mexicano promedio, no el emanado de las clases altas, sino al mestizo, al indio, a la raza de bronce. Un arte que además rompiera con los cánones academicistas obsoletos. Para ello dispuso de inmuebles pertenecientes a las instituciones mexicanas, incluidos los de la dependencia a su cargo, donde nació el muralismo mexicano, la Escuela Mexicana de Pintura, y tuvieron espacios de expresión los tres grandes pintores de la época: Diego Rivera, José Clemente Orozco y David Alfaro Siqueiros.

Pero hubo muchos más, se extendió a expresiones escultóricas y al caballete, e incluso este movimiento llamó la atención internacional y de otras partes del mundo llegaron pintores, grabadores y hasta fotógrafos. Así, se pueden citar también los nombres de Juan O´Gorman, Jean Charlot, Raúl Anguiano, Roberto Montenegro, Pablo O´Higgins, Angelina Beloff, Rina Lazo, José Chávez Morado, Lola Cueto, Roberto Montenegro, Fernando Castro Pacheco, Amador Lugo, Gustavo Montoya, José Reyes Meza, Luis Ortiz Monasterio, Juan Cruz Reyes y Francisco Arturo Marín. Algunos estudiosos incluyen en esta lista a pintores como Frida Kahlo y Rufino Tamayo.

Grandes muestras de este nuevo estilo pictórico, que a partir sobre todo de los años 50 empezó a ser cuestionado y hasta descalificado, sobre todo por el movimiento de ruptura, se pueden encontrar en las paredes de la Secretaría de Educación Pública y en el Antiguo Colegio de San Ildefonso y el mercado público Abelardo L. Rodríguez, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, así como en el Palacio de Cortés, en la ciudad de Cuernavaca. Pero igualmente en el Teatro de los Insurgentes, en el sur de la capital del país, y lo que actualmente es el Museo Mural Diego Rivera.

Una de las características de la pintura perteneciente a esta escuela es expresar con orgullo al mexicano promedio, con su tono de piel cobrizo y rasgos que recuerdan su raíz Indígena, pero también a los sobrevivientes de esa etapa prehispánica. Murales y obras de caballete se empeñaron en plasmar la historia nacional como una lucha constante del pueblo, de la que ha salido victorioso y debe sentirse orgulloso, así como los nuevos héroes patrios, como Madero, Zapata, Villa o los hermanos Flores Magón, que se suman a otros ya conocidos como Cuauhtémoc, Nezahualcóyotl, Malitzin, Cortés, Hidalgo, Josefa Ortiz de Domínguez y Juárez. También se recupera a otros antes no considerados, como Sor Juana Inés de la Cruz y a las clases trabajadora y campesina.

Este movimiento nacionalista también tuvo otra vertiente de expresión en la música, arte en el que se desarrolló una escuela a la que pertenecieron notables compositores, músicos y directores, además de funcionarios públicos en algunos casos, como son Carlos Chávez, Pablo Moncayo, Manuel M. Ponce, Silvestre Revueltas, Blas Galindo, Daniel Ayala, Salvador Contreras, José Rolón, Daniel Anaya y Calendario Huízar. Esta corriente también tuvo como características lo que se considera el alma, el espíritu nacional. Deja atrás las fórmulas clásicas de la composición europea para incorporar expresiones de la música popular del país, y hasta algunos de sus instrumentos.

Baste recordar composiciones reconocibles en cualquier rincón del planeta como Huapango (Moncayo), Sones de Mariachi (Galindo), Cantos y Danzas de los Antiguos Mexicanos (Ponce), Sinfonía No. 2 Oxpaniztli (Huízar), Xochipili: Una Música Azteca Imaginaria (Chávez), Danzas Indígenas Mexicanas (Rolón) y El Hombre Maya (Ayala).

En fin, la Revolución Mexicana no solo significo un cambio social y político en la historia nacional sino que también tuvo su extensión en las artes, en particular en la literatura, en la pintura y en la música.