Mi patria es la escritura: Sandra Lorenzano

Mi patria es la escritura: Sandra Lorenzano

Mi patria es la escritura: Sandra Lorenzano

Por Mario Bravo Soria

[La escritora nacida en Buenos Aires, Argentina, charló con Notimex a propósito de la publicación de su más reciente libro intitulado El día que no fue, editado bajo el sello de Alfaguara. Pero la conversación desbordó los márgenes de las páginas de dicha obra para expandirse hacia los distintos territorios donde Sandra Lorenzano habita: la literatura y la vida en sí misma…]

México, 9 de noviembre (Notimex).— Sandra Lorenzano (Buenos Aires, 1960) ha vivido en dos patrias: Argentina y México; sin embargo, tras la charla que sostuvimos con ella nos queda claro que ha habitado más de dos países, pues la narradora, poeta y ensayista también considera que la escritura es una patria en la que se puede vivir (y en la cual no existe exilio posible que te arrebate de sus hojas, de sus letras ni de sus ritmos).      Durante nuestra conversación se muestra llena de fuerza en sus palabras, como si respetase cada oración formulada, como si fuera ella un guardián de las letras, alguien que debe preservar el lenguaje porque es su única arma en contra de la injusticia del mundo.      Cada rincón de su apartamento resulta tan similar a la personalidad de la autora de La estirpe del silencio (2015), pues su hogar está hecho de libros, los cuales aparecen en cada pared de dicho espacio. Frente a frente, sentados a la mesa del comedor de Lorenzano, charlamos acerca de la literatura y sobre la vida, ¿quién puede distinguir cuándo se cruza la frontera entre una y otra? Así, mientras la escritora evocaba el pasado y parecía mutarlo en vivo presente a través de las palabras, su más reciente libro se hacía cuerpo, palabra oral, lengua y lenguaje, voz y sonido, memoria, introspección, biografía, herramienta contra el silencio y el olvido, arma contra la muerte.      Sandra Lorenzano en esta plática hace alquimia y transforma el miedo y el pasado en dulce memoria y trinchera, acalla el temor de que alguien suba por las escaleras de su edificio y la encuentre para clavarle un picahielos, tal como repite una y otra vez la protagonista de El día que no fue.      (Esta charla derrocó a la tiranía del silencio. Nunca más el silencio, nunca más. En su libro ella evoca una frase de cierto poeta venezolano: “¿Tendré desierta la boca?” En el caso de la autora radicada en México a partir de 1976, su boca —al menos durante esta plática con Notimex— fue una ciudad colmada de palabras.)      Alguien pregunta: “¿Usted puede contar esto?” Lorenzano responde:      —Puedo.

De miedos y exilios

—Leyendo El día que no fue, inicialmente percibí un ritmo parecido a quien está en el diván analizándose y evocando cuestiones que parecieran tomas de conciencia. Me parece que, en dicho libro su escritura fluye como una letanía, similar a quien anhela conjurar algún peligro o temor (cada lector deberá llegar hasta el final para saber qué es eso que la escritora intenta conjurar). En esas páginas aborda el miedo, la memoria y el exilio. No sé si recuerda ese día en el Aeropuerto de Ezeiza en Buenos Aires, cuando junto a su familia partió de Argentina en 1976, ¿qué recuerdos conserva acerca de aquel momento?      —Mira, me gusta mucho que hayas empezado así con esto del diván o de la terapia, que en realidad estamos hablando de la introspección (la hagas frente a otros en un diván o en tu escritura). Quise retomar el tema del exilio porque el miedo convoca siempre a tus otros miedos, personales y sociales. De ese día me puedo acordar que algunos compañeros de colegio fueron a despedirme, me acuerdo de la tristeza de esa separación, de dejar amigos, abuelos, a nuestro perro… y al mismo tiempo también existía una sensación de miedo. Tuvimos que salir con una maletita y luego un primo mío fue a nuestra casa y dijo que ya estaba todo tirado, habían entrado…      La poeta y narradora pareciera comenzar un viaje de auténtica introspección. Se expresa con vehemencia, empieza a cargar sus palabras con dosis de pasión. Evoca sentires añejos, aunque al convertirlos en lenguaje parecieran tan presentes, tan vigentes…      —Recuerdo ese miedo con el cual vives los últimos días antes de salir al exilio. Y el miedo de llegar a un lugar nuevo. No sabes qué te espera, con quiénes te encontrarás. Mi padre había llegado una semana antes que nosotros. Yo venía con mi madre y mis tres hermanos. Teníamos idea de mucha gente desaparecida, de la violencia en Argentina; pero de todas maneras quería quedarme en mi casa, pues tenía 16 años.      —¿En cuál barrio vivía en Buenos Aires?      —Yo vivía en una zona que se conoce como Gran Buenos Aires, ¿tú has estado ahí?      —Viví un tiempo en Argentina…      —¡Ah…! Bueno, en la zona de El Tigre… por eso en el libro hablo de los ríos… esa es mi zona. Estudié en el Colegio Nacional San Fernando; entonces yo no soy de Buenos Aires, la gente que conoce sabe que eso no es la ciudad sino la provincia. Mis abuelos sí vivían en la ciudad, así que las últimas noches dormimos (mi mamá y nosotros) en casa de mi abuela en plena capital del país. Además, a nuestros compañeros de colegio no podíamos decirles que nos íbamos a México, porque este país se conocía como el lugar que recibía a subversivos, y no podía decirles que nos íbamos exiliados. Pero decidí que iba a transgredir esa indicación materna y paterna, así que a mis amigos sí les dije acerca de nuestro viaje a México; sin embargo, mi hermano asistía al mismo colegio y él sí cumplió al pie de la letra lo que debíamos decir: nos iríamos a Estados Unidos.      “El problema fue que muchos de nuestros compañeros también eran hermanos, entonces comenzó una duda acerca de a dónde se van… ¿A México o a Estados Unidos? Fue peor, porque había muchos padres de familia reaccionarios y a favor del Golpe de Estado, y para ellos quedó claro que nos íbamos al exilio”.      ¿Es posible celebrar la independencia de tu país cuando has debido huir de él? ¿Es posible festejar la libertad en un lugar lejano a tu patria? Sandra Lorenzano nos responde y rememora el día de su exilio.      —Eso fue el 8 de julio de 1976, y llegamos a México el 9 de julio durante la mañana; no sé si te acuerdas que esa fecha conmemora la Independencia de Argentina, entonces fue muy raro llegar a este país durante ese día… aunque después eso cambió. Lo he contado mucho cuando he escrito acerca del exilio, porque para mí México fue el descubrimiento de la libertad. Caí en un colegio que daba mucha libertad y venía de un país en donde prácticamente siempre habíamos vivido bajo una dictadura. Me acuerdo que en el año 1966 tenía seis años y ocurrió el Golpe de Estado de [Juan Carlos] Onganía. Era una educación muy autoritaria en una sociedad muy represiva, entonces México fue como asumir: ¡Esto también existe…! Por eso le agradezco tanto a este país y por ello me quedé aquí y se convirtió en una casa muy amada para mí.

Donde habitan tus muertos

—¿Se pueden tener dos patrias?      —Sí, y se podrá tener más, seguramente. Insisto mucho en que soy argenmex, porque para mí las dos partes son importantes. No podría negar mis orígenes, lo que soy, además mi familia está allá; pero con 43 años aquí, claro que también soy mexicana y esta tradición también es la mía.      —Rainer María Rilke dijo: “Mi patria es mi infancia”, ¿qué ubica de esa infancia suya, de la cual uno pueda encontrar algo en su literatura actual? ¿No será, acaso, que siempre somos memoria y evocación de lo que fuimos en la infancia?      —Te diría que mi patria es la lengua, más que la infancia. Mi patria es la escritura, más que la infancia, pero vuelvo siempre a ella como una manera también (sobre todo con este tema del miedo) de reconocer estos quiebres con los cuales uno vive. Un miedo como el actual hace presentes todos los miedos anteriores. Y muchos de esos miedos (pero también la resistencia y asimismo la sobrevivencia; finalmente el libro habla de miedos, pero a la par de sobrevivencia frente a tal emoción) también guardan relación con la infancia. Desde mediados de 2017 y todo 2018 hasta enero de este año, estuve como subdirectora del Centro Cultural Universitario Tlatelolco, entonces trabajamos todo el evento de la conmemoración del 68. Ahí se me apareció mi 68 (tenía ocho años de edad) y para mí sucedieron dos quiebres fundamentales que se hicieron muy presentes ahora. Por eso la novela también tiene ese tono: en el 68 mi madre tuvo una bebé que murió a los dos días de haber nacido. Y mi padre estuvo preso por izquierdista, comunista, zurdo, por rojo dirían los españoles.      “Y ahí pensé en los quiebres: todo lo que crees inamovible de pronto se puede venir abajo. Imagínate que la persona que te da sostén, de pronto esté presa. Y en la vida feliz, de pronto, apareció la muerte. Hasta ese momento mis cuatro abuelos vivían, no había vivido de cerca ninguna muerte. La primera fue esa, mi hermana fallecida a los dos días de haber nacido, luego cuando mi abuelo materno murió pues nosotros estábamos en México y no pudimos volver a la Argentina. Mi primer muerto de adulta (con quien sí pude estar) fue el presidente [Héctor José] Cámpora, increíblemente. Te acuerdas que la dictadura argentina no lo dejaba salir (vivía en la embajada de México) y le permitieron irse cuando ya se encontraba en estado terminal y vino a morirse a este país. Le hicimos el velorio en la Comisión Argentina de Solidaridad: tu patria también es el lugar en donde están tus muertos...

El miedo y la muerte en la casa

—¡Tus preguntas me están llevando a una introspección dura…! Pero tiene relación con eso, los miedos traen otros miedos. Y claro que cuando aparecen, también emerge la infancia. Ahora Mónica Maristain (quien se acaba de ir [de mi casa]) decía: “Al final somos sobrevivientes del miedo”. La infancia es aprender a manejar esos miedos: no quieres que tu mamá se aleje; los niños no quieren ir a la escuela; después que no te separen de tus amigos… nos poblamos de miedo… conoces la muerte, mueren tus primeros perros, gatos, pajaritos. Nosotros vivíamos en una casa maravillosa, no porque la casa fuera maravillosa en sí misma sino porque mi madre la había convertido en un territorio de libertad. Ella fue niña de departamento. Entonces dijo: “El día que tenga a mis hijos, querré tener de todo”, y así criaba gallinas, teníamos perros, gatos, tortugas… nos dejaban correr en el jardín. Siempre querían que el pasto creciera y no lo hacía porque cruzábamos con la bicicleta, los perros corrían… y al final fuimos cuatro hijos. Frente a la represión del afuera, la casa era ese espacio de libertad; fue muy duro cuando en ese espacio de libertad se empezaron a colar la muerte y el miedo.      —¿La literatura sirve como arma en contra del miedo?      —Sí, sin duda. Por lo menos para mí, sí. Uno no escribe en el momento que siente miedo, porque estás paralizado. Uno escribe cuando puede tomar cierta distancia de esa emoción, pero la escritura te ayuda a entender cómo en otros momentos de la vida pasaste del miedo a la sobrevivencia, cómo te volviste sobreviviente. Por eso una frase que aparece a lo largo de la novela es: “Vengo de otra parte…”; o sea, no me amenacen a mí con miedos que vengo de miedos muy profundos: del miedo a una dictadura; del miedo a una desaparición; del miedo de las mujeres migrantes sobre las que estoy trabajando; del miedo de mi alumna Tania, quien nunca conoció a su padre porque lo desaparecieron antes de que ella naciera: un desaparecido de los años setenta en México, un tema del cual no se habla. Por suerte ahora el tema se aborda un poco más con la medalla a doña Rosario Ibarra, quien en un gesto ético absoluto como correspondía, la rechazó y dijo: “Señor presidente, guárdela y cuando haga justicia me la vuelve a dar…”      “La escritura me sirvió para entender todo esto y específicamente para entender el proceso de sobrevivencia. Para tener la certeza de que, salvo si alguien se me cruza por una escalera en la noche y me clava un picahielos, salvo que eso suceda, voy a sobrevivir, porque he sobrevivido y vengo de una estirpe de sobrevivientes: mi abuela que llegó después de los pogroms rusos, mi madre del exilio, nosotros… entonces uno le debe hacer honor a esa estirpe de sobrevivientes”.

La presencia de los ausentes

—Hace unas semanas atrás platiqué con Mardonio Carballo, quien me decía que tenemos ausencias (por muerte a través de una cuestión natural de seres queridos, que nos antecedieron o, en casos más difíciles, por desapariciones forzadas, por ejemplo), pero él entendía que la vida debía ser una ofrenda para esos seres que estuvieron antes de nosotros. Los días de la vida ofrendarlos a quienes ya no están. En ese sentido, en el libro usted menciona esa frase de Walter Benjamin: “Cepillar la historia a contrapelo”. Si uno hace ese ejercicio brotan otras historias y otras voces. En su propia historia, ¿cuáles serían esos silencios y borramientos que ciertas dinámicas intentaron reprimir y acallar? ¿Sandra Lorenzano escribe para que otros hablen?      —Me gusta mucho eso que dijo Mardonio y lo sumo a una frase de Natalia Ginzburg, la escritora italiana, quien, en Léxico familiar [1963], dijo: “Hablamos con todos nuestros ausentes”. De alguna manera, en mi palabra quisiera que estuvieran presentes esos ausentes, por eso también cuento esas otras historias silenciadas. Volviendo al tema de la abuela rusa y judía: la Argentina se creó como un país en donde difícilmente se recuerdan las historias anteriores al presente. Ni la de los migrantes europeos, ni la de los indígenas, pues parece que ellos no existieron. Somos todo eso, somos contrabandistas de historias propias y ajenas, como lo dice Jacques Hassoun, a quien me gusta citar; pero también porque hablamos desde esos silencios que ellos no anunciaron y con los cuales hemos crecido.      “En cualquier familia (y ahí me paso de lo individual a lo social), pero también en cualquier país, estamos poblados de silencios: no sólo por las ausencias de la gente que ya no está, sino por esas historias no contadas. Por eso Benjamin dice: “Hay que pasarle a la historia el cepillo a contrapelo”, esas historias que nunca se han contado, un escritor tiene la responsabilidad de contarlas. Hay una responsabilidad ética sobre la cual a mí me interesa mucho pensar y trabajar. Las historias de las mujeres no se han contado, las historias de las hermanas menores de mi abuela, aquella que se cuelga de la viga del hotel de su padre… ¿por qué?, ¿qué había pasado?, ¿qué había detrás de esa historia? No lo sé y no lo sabré nunca. Porque quizás la única que lo sabía era mi abuela, quizás un poco mi mamá, pero ya ninguna de las dos está y nunca me lo contaron. Pero también como sociedad tenemos tapadas esas historias”.

“Usted, ¿puede contar esto?”

—Ana Ajmatova escribe Réquiem [1963] y le realiza un prólogo, ella ya no era nadie (entre comillas) en la Unión Soviética porque imperaba la época estalinista que la dejó sin nada: prohibieron que circularan sus libros; ella ya no podía tener ninguna presentación pública; a su marido lo enviaron a Siberia y murió allá; a su amigo Osip Mandelstam lo mismo; su hijo estaba preso… y ella en el prólogo de Réquiem cuenta que estaba formada en la cárcel de Stalingrado (el día de visita para ver a su hijo), junto a una larguísima fila de mujeres que estaban formadas para ver a sus seres queridos. Y una mujer la reconoció y le dijo: “Usted, ¿puede contar esto?” Ella se quedó helada y después pensó que era su responsabilidad y le dijo: “Puedo”. Y textualmente Ajmatova escribió al respecto: “Y entonces, algo así como una sonrisa, se dibujó en su rostro…”      “Lo he hablado con otros colegas escritores, cronistas y periodistas: la sociedad mexicana nos está preguntando:      “?¿ustedes podrán contar este horror en el que estamos? ¿Estos miles de muertos y desaparecidos?      “Nosotros tenemos la responsabilidad ética de contestar:      “?Puedo.      “Y contarlo. Es una responsabilidad. Me interesa mucho este cruce de la ética con la estética como expresión de lo político. Es lo que trato de hacer desde lo que escribo en artículos, poesía y narrativa”.      —Viene usted de una familia de sobrevivientes, quienes produjeron sus estrategias para sobrevivir a distintas circunstancias de la vida. Usted es resultado de eso e incluso ha producido sus estrategias para sobrevivir en un país que al principio resultó ajeno. Hablando de esas estrategias, ha mencionado la memoria, la ética y la estética… ¿Qué más tiene Sandra Lorenzano en su cajón de herramientas literarias y de vida?      —La lengua, claro, pero eso no quiere decir que uno sea plañidero. No se trata siempre de llorar… esto que Paul Celan decía: “No podemos escribir como si el horror no hubiera sucedido…” No podemos escribir desde la ingenuidad (hay quien lo hace), pero si cobras conciencia de eso ya no puedes hacerlo. Fíjate que, ahora lo pienso y esta novela es también (aunque quizás no parezca tan claro) un agradecimiento a mucha gente que te sostiene cuando estás pasando por el miedo. En mi caso es la gente querida, o los amigos del exilio… y esta novela también es una forma de decirles “ya no se preocupen, sobreviví, aquí estoy. Aquí está mi historia, mi versión de la historia y gracias…”

“Valió la pena, totalmente”

—Percibo que si bien existe una biografía suya que quizás no fue la más dulce, pues existieron tropiezos, exilios, huidas y derrotas, incluso citaba esa frase de Celan y en automático se me venía a la mente esta otra frase del poeta español Luis Rius: “No se puede vivir como si la belleza no existiera…”; es la contraparte, si bien todo esto sucedió (y el lector de su novela deberá de distinguir hasta dónde es ficción y hasta dónde es la autobiografía de la autora), quiero pensar que la belleza estaba al final del túnel.      —Y no sólo al final, creo que te acompaña. Para mí ahí está la fuerza… es una novela de fuerza, de sobrevivencia, no de miedo y derrota. Fíjate que una vez escribí un artículo que decía “venimos de una estirpe de derrotados”. Mi papá me escribió en seguida diciéndome: “Momento, no venimos de una estirpe de derrotados; venimos de una estirpe de luchadores. A veces hemos ganado, a veces hemos perdido”. Además frente al horror que está sucediendo, soy una privilegiada. Estamos viviendo cosas terribles, lo mío es nada…      —¿Hay un acto de heroicidad en vivir el día a día?      —No sé si de heroicidad, sino de resistencia. Aunque hay gente que sí, por ejemplo las madres que salen a buscar a sus hijos en las fosas clandestinas en todo el país, esas sí que son unas valientes, esas sí que han vivido el horror. Hay que ser empático, pero no victimizarse uno cuando en realidad hay gente que la está pasando muy mal.      —Ha hablado un poco del México actual, de cómo no es fácil vivir aquí, pero tampoco le contaremos nada nuevo. Pareciera que existe una historia repetida y cíclica en nuestros países latinoamericanos: grupos que intentan infundir el terror y encontramos las maneras de sobrevivir. En este país que habita y del cual ya es parte de su inventario, ¿acerca de cuál tema le falta escribir?      —Lo que estaba escribiendo, cuando se atravesó esta novela en mi camino, era acerca de las mujeres migrantes que cruzan México y también sobre los desaparecidos en los años setenta. Quiero escribir sobre eso, recuperar las historias que no están muy contadas…también de las mujeres que formaron parte de la lucha armada durante los años setenta o de los movimientos de resistencia. De un Estado que al mismo tiempo que a nosotros [los exiliados] nos recibía con las puertas abiertas asesinaba a sus jóvenes en Guerrero y en el norte del país. Quiero contar eso. En última instancia, creo que uno siempre vuelve sobre sus mismas obsesiones; seguiré por esos caminos. Cambiaré épocas y lugares; pero las obsesiones son las mismas.      —¿Qué le diría a esa adolescente que un 8 de julio de 1976 salió del Aeropuerto de Ezeiza? Ha llovido mucho desde aquel día…      —¿Sabes cuál sería la frase que le diría? “Valió la pena, totalmente…”