LITORAL

VOZ ORIGINAL

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CONTAR PARA EXISTIR: LA RESISTENCIA DE UN ESCRITOR EN LENGUA MÈ´PHÀÀ

Egresado de la Facultad de Filosofía y Letras y con una maestría en Estudios Latinoamericanos, Hubert Martínez no es un escritor que busque la popularidad, su idea de escribir está alejada de la ambición económica o del prestigio, es más bien un reto de resistencia que se ha impuesto para defender su historia, preservar su lenguaje y su cultura porque, para él, la poesía le permite contar, tener una voz que hable sobre su paso por este mundo y responder a la necesidad de su gente, de “contarnos para saber que existimos”.

De espíritu rebelde, lleno de inquietudes, pero sobre todo de la rabia de quien ve sufrir a su pueblo, Martínez, Malina o Matiúwaà, como firma sus libros, es de origen tlapaneco, nacido en Malinaltepec, una comunidad de la Montaña de Guerrero, donde a la pobreza y la falta de servicios educativos y de salud, se suman problemas graves como el narcotráfico, la trata de personas y la violación de los derechos humanos.

Su mirada es brava, desafiante; su voz no titubea para hablar de sí y de los esfuerzos para mantener viva su identidad mediante la defensa de su lengua, en particular a través de su poesía, ese lenguaje por el que se crean familias, por el que se pide lluvia o se abre camino a los muertos; ese lenguaje vital para el espíritu, que sacia la necesidad de los pueblos de contar las historias que los mantienen vivos.

Todo pueblo que tiene un lenguaje tiene una forma de hacer pensamiento y poesía y ésta es distinta a cómo se concibe en Occidente, el concepto mismo para nosotros es de otra manera, aunque de fondo pueda existir alguna coincidencia, porque “no tenemos un concepto que englobe todo, pero sí formas de nombrar al mundo”, asegura Hubert, miembro de la cultura mè´phàà, la más antigua del estado; hablante de una lengua que ha emigrado más allá de las fronteras y que ahora cuenta sólo con unos 120 mil hablantes registrados por el censo --aunque siempre puede haber más o menos, porque hay quienes ya no la usan o por aquellos que la niegan--.

Orgulloso de sus raíces y su geografía, La Montaña, un territorio marcado por la violencia y las múltiples carencias, y donde para acceder a educación y a otras cosas se tiene que emigrar, el autor se sabe uno de los privilegiados que pudo salir y hacer estudios primero en Tlapa, luego en Chilpancingo y la Ciudad de México, donde conoció del racismo, la discriminación y la diferencia de mundos que marcan las lenguas.

Estudiaba ya en la universidad, cuando escuchó a un maestro menospreciar la cultura mè´phàà y fue ahí cuando decidió defenderla, reivindicarla a los ojos de la ignorancia, consciente de que la lengua define y que la poesía le permite explicarse y explicar a otros el mundo lleno de contradicciones que le ha tocado vivir, por eso, desde un inicio ha roto el cliché de escribir sobre la tierra, la naturaleza o las creencias ancestrales, para dar paso a la cotidianeidad misma, al día a día, a lo que lo rodea e impacta de manera directa.

Su proceso creativo, confiesa a Litoral, es lento, porque tiene que ver con lo que experimenta día a día, “con mis amigos, mi comunidad, mis familiares, mi pueblo, mi cultura, esas cosas cotidianas que pasan y que uno va queriendo explicar, como cuando uno ve algo y tiene necesidad de contarlo, que sí te sientes amenazado ante algo, gritas, y si estás esperanzado igual. Es algo lento que se va gestando hasta que sale una historia” y en la Montaña, azotada por la violencia y el paramilitarismo; los grupos del crimen organizado, han surgido libros como su poemario Las sombrereras de Tsísídiin, que habla sobre la trata de niñas indígenas, “porque si eres mujer en este país eres violentada, pero si eres mujer indígena es por partida doble, y si eres niña estás completamente indefensa, pues nadie dice nada, se llevan a las niñas, las raptan, las venden”.

Tiene otro que tituló Tsína rí nàyaxà/Cicatriz que te mira y que habla de los niños que rayan la amapola en Guerrero, el estado que figura con la mayor producción de opio en América Latina, y uno más sobre desapariciones forzadas, que le parecen temas relevantes para él, porque la vida que no se nombra deja de tener historia y se normaliza, “entonces, para mí, la poesía es una palabra que puede dar cuenta del tiempo que me tocó vivir”.

DESDE SU TRINCHERA

Hubert sabe que la lucha contra todo eso sólo podrá triunfar librando batallas desde diferentes frentes, por eso, él hace lo que le toca, desde su trinchera, “trato de pensar, porque una cosa es hablar y otra pensar desde la lengua, me parece importante volver a la historia de las palabras que son identidad, y darnos cuenta de lo que va cambiando; escribir, yo escribo aunque sé que al escribir, por ser la región de la montaña , mi pueblo no me lee en mi lengua, más bien escribimos para el futuro, un futro muy incierto, porque es más probable que desaparezca la lengua, mi pueblo está perdiendo hablantes, pues hasta ahora no se ha hecho nada para rescatar las lenguas indígenas.

Y es que hay escuelas indígenas, pero no están enseñando contenido de pensamiento sino traducción, los apoyos, los eventos se hacen fuera de las comunidades, no dentro, entonces no hay programas que desde adentro generen lectores y productores de pensamiento en las comunidades, así es más fácil que se pierda la lengua a que llegue ese mundo ideal, donde haya respeto a la diversidad y a la coexistencia de los pueblos.

Cuántos hablantes de la lengua rescata este diplomado, dice al referirse al de Literaturas en Lenguas Indígenas al que fue invitado en octubre, en el Centro de Creación Literaria Xavier Villaurrutia. “A poco a nosotros nos toca sensibilizar a una sociedad que ha sido racista y violenta, inquiere molesto, porque a ellos, “a quienes nos llaman escritores, nos mandan aquí y allá como individuos, como si con eso hubiera una apertura en el reconocimiento de la diversidad, nosotros mucho hemos hecho con sobrevivir, pese a toda esa violencia a la que nos enfrentamos. Por qué no hacer estos diplomados en las comunidades, cuestiona Martínez, quien ve estos primeros pasos como políticas de un sistema empeñados en la “folclorización” de las culturas.

Trata de serenarse, pero recuerda que la gente que vale en los pueblos es perseguida y la rabia brota, la impotencia toma sus palabras, porque desde el 11 de octubre está desaparecido el activista Arnulfo Cerón de La montaña de Guerrero, cuyo único delito ha sido acompañar a las comunidades vulneradas (a la fecha hay un detenido por la desaparición. pero siguen sin rastro de Cerón). Cuestiona entonces la doble moral de las políticas que, por un lado, dicen sí al reconocimiento de los pueblos indígenas, pero por el otro les niegan sus derechos, su autonomía y su pensamiento.

Somos poetas, cuando la poesía es una forma occidental de hacer memoria, porque se nos ha dicho que sólo en los libros se preserva la memoria, porque la oralidad no tiene el mismo reconocimiento que los textos; pareciera que lo que estamos haciendo es ahogar nuestra lengua en las aguas de una lengua hegemónica, cuando escribimos, aleteamos para sobrevivir…la cosa es que no debería hacer poetas que escriban para sobrevivir, lamenta Hubert, con sus ojos encendidos por el calor de sus palabras, de sus convicciones.

Una de ellas es que no hay un mejor lugar del mundo para que la poesía mè´phàà sobreviva que dentro de sus comunidades, ahí es donde debe estar, asegura con vehemencia, porque de nada sirve en los eventos organizados afuera y desde fuera de las comunidades, de sus hablantes, eso no resuelve, pero abona, considera el poeta, quien fue becario del PECDA 2015-2016 y del Fonca 2016-2017, ganador de los premios como el Cenzontle de creación en lenguas originarias de 2016 y los de Literaturas Indígenas de América (PLIA) y Estatal de Poesía Joven del Estado de Guerrero en 2017.

Para mí, la poesía es la herramienta que he escogido para llegar a más oídos y más ojos y hablarles de la memoria, que para mí también es la historia, la identidad de mi pueblo que está reflejando su lenguaje, sentencia el poeta, quien regresará a La Montaña para seguir con su vida y con su poesía, esa que canta o llora lo cotidiano y que recrea ese instante que le tocó existir.