LITORAL

J. M. COETZEE DE UNA PIEZA

J. M. COETZEE DE UNA PIEZA

John Maxwell Coetzee (Ciudad del Cabo, Sudáfrica, 1940) es el escritor que el mundo conoce por el Premio Nobel de Literatura 2013 y por títulos como Esperando a los bárbaros (1980), Desgracia (1999) o La infancia de Jesús (2003). Pero también por sus opiniones y posturas respecto a diversos temas como el colonialismo, la injusticia, la ecología, los animales, el maltrato hacia ellos y la migración. Por sus expresiones, escritas y verbales, se trata, pues de un hombre íntegro, coherente.

La salida de su país natal en 2002, mismo año en que adquirió la nacionalidad australiana, aunque mantenga la sudafricana, es parte de lo mismo, así como lo es sentirse un extraño en la lengua inglesa y preferir que primero se publiquen sus libros en otros idiomas. De esa entereza, congruencia e integridad ha dado muestra en varios frentes y lo hizo esta semana en México, durante su participación en el coloquio que a su figura dedicó la Universidad Nacional Autónoma de México en su campus de Ciudad Universitaria.

Con casi 80 años de vida, el escritor se presentó con total seguridad en su andar a la entrevista/plática con la especialista en su obra, catedrática de la Facultad de Filosofía y Letras y actual embajadora en Ecuador, Raquel Serur.

Su obra aborda directamente o como trasfondo dos tópicos: su vida y los efectos del colonialismo, es decir, la imposición de uno sobre otro u otros, de la injusticia, lo que poco se ve en los tiempos actuales, es decir, que una voz de esa envergadura se levante contra esos hechos y los señale. Incluso, como lo manifestó ante Serur y los cientos de jóvenes y miembros de la prensa e invitados, mantiene una posición de resistencia frente al idioma que habla y en el que escribe: el inglés. De ahí que prefiera publicar primero su obra reciente en otros idiomas.

En los últimos años ha hecho una reflexión sobre su vida, para saber cómo ha llegado a ser lo que es hoy, y se ha visto como un niño al que no identifica con los afrikaners, los habitantes blancos de Sudáfrica, como otros lo podrían ver. Además, no tiene ninguna relación con los calvinistas, como ellos, y en realidad con ninguna religión. Igualmente, está en total desacuerdo con la arrogancia de ese idioma, de su colonialismo, y desde su trinchera hace lo posible “para resistir esa hegemonía”, aclaró en sus respuestas al cuestionario de la catedrática universitaria.

Su disgusto es por la manera en que el idioma en el que escribió William Shakespeare maneja el mundo, socavando a los otros, como sucede en su país natal; sus pretensiones universalistas, de imponer una forma de ver y concebir. “No me gusta la arrogancia que esta situación crea en sus parlantes nativos”. Por ello es que tal vez sus libros son ahora más fáciles de traducir a otros idiomas, por el tipo de acercamiento que tiene con esa lengua en la que también escribieron Herman Melville y Thomas Hardy. Es decir, su postura anticolonialista la ha llevado igualmente al plano idiomático.

Sólo de esa forma se entiende que su más reciente libro, Siete cuentos morales (2018), haya aparecido primero en español y en Argentina y que otros de sus títulos lo hicieran en holandés, pues sus libros “no están enraizados en ese idioma”, en el que se siente como un extranjero. Y más, el hecho de que Siete cuentos morales haya aparecido primero en español es una toma de posición al respecto, un gesto político que “para mí tiene una relevancia fundamental”.

En su infancia, recordó, fue educado a través de una serie de enciclopedias escritas en inglés, una de ellas especialmente dirigida a los niños, que eran francamente racistas, reconoció durante la charla en la Sala Nezahualcóyotl. Es lo que formó a la suya y las siguientes generaciones, pero era una publicación de los años 20 del siglo XX, época en la que Inglaterra acababa de salir de la Primera Guerra Mundial y lo que se buscaba era mantener el espíritu nacional, el que había derrotado a los ejércitos de Napoleón y a la armada española en el mar; que había colonizado Medio y Lejano Oriente, al África. En contra de ello pudo ser su primera rebeldía.

Rebeldía que puede seguirse a través de su obra literaria, que tiene algo o mucho de autobiográfica, y que también mantiene una postura crítica ante Estados Unidos, nación a la que está agradecida porque en los años 60 le permitió estudiar en la Universidad de Austin, donde pudo leer con sumo placer, pero que no coincide con sus gobiernos, desde esa época y con mayor énfasis en la era de George Bush hijo. Hay que recordar que con Barack Obama mantuvo sus dudas y al actual presidente, Donald Trump, de quien se ha referido por lo menos como una persona poco reflexiva y maleducado. Por ello, tampoco podría vivir en ese país, como tampoco lo haría en Inglaterra.

En cambio, eligió Australia desde 2002, si bien en la charla en el campus de la máxima casa de estudios de México, una de las más importantes en el mundo de habla hispana, expresó su desacuerdo con la forma dura en la que ha enfrentado el asunto migratorio que sacude actualmente al mundo, ignorando con argucias políticas y legales los tratados internacionales que tiene firmados y, por lo tanto, con el compromiso de respetar. Lo primero que se debe hacer, aconsejó, es dejar de ver al tema como un problema y saber convivir con ese flujo que es mundial, natural.

En fin, este escritor nacido en Sudáfrica, ese vegetariano, ese que se pregunta a través de su novela Esperando a los bárbaros si en realidad no somos nosotros los bárbaros a los que tanto tememos los occidentales; el que defiende el derecho de los animales y está en contra de maltratarlos, no es un afrikáner, no es un colonizador ni por la fuerza ni por la lengua, sino todo lo contrario, es ciudadano del mundo que ha escrito una trilogía sobre la vida de Jesús, también publicada primero en español, sin ser el personaje bíblico pero sí por haber quedado conmovido por la vida y muerte del personaje después de ver una y otra vez la película de Pier Paolo Pasolini El evangelio según San Mateo, no obstante que la religión nunca ha tenido un lugar central en su vida que ya casi celebra 80 años.