FRAGMENTO J.M. COETZEE

A continuación transmitimos un fragmento del libro La Muerte de Jesús (2019), con el cual el escritor sudafricano J.M. Coetzee cierra su trilogía sobre la vida del niño David, precedida por La inf...

A continuación transmitimos un fragmento del libro La Muerte de Jesús (2019), con el cual el escritor sudafricano J.M. Coetzee cierra su trilogía sobre la vida del niño David, precedida por La infancia de Jesús (2015) y Jesús en la escuela (2017), autorizado por editorial Penguin Random House

LA MUERTE DE JESÚS

J.M. COETZEE

Traducción de Elena Marengo

El hilo de Ariadna

LITERATURA RANDOM HOUSE

1

Es una fría y despejada tarde de otoño. Él observa un partido

de fútbol que se desarrolla en el terreno verde que hay detrás

del edificio de departamentos. Habitualmente es el único es-

pectador de esos partidos que juegan los niños vecinos, pero

hoy dos personas desconocidas se han puesto también a mi-

rar: un hombre vestido con un traje oscuro y una muchacha

con uniforme escolar.

La pelota traza una curva y cae en la punta izquierda, don-

de juega David. El niño se adueña de la pelota, esquiva sin

esfuerzo al defensor que sale para marcarlo y eleva la pelota

hacia el centro. El tiro desborda a todos, desborda al arquero

y cruza la línea de gol.

En esos partidos que se juegan durante la semana no hay

verdaderos equipos. Los chicos se agrupan como les parece;

unos llegan, otros se van. A veces hay treinta en la cancha;

otras veces, cinco o seis. Hace tres años, cuando David se

unió al grupo, era el más pequeño en edad y en tamaño.

Ahora está entre los más grandes; muy ágil y hábil con los

pies pese a su estatura, pícaro además de veloz.

En el partido se produce una pausa. Los dos desconocidos

se acercan a él; el perro que dormita a sus pies se despierta y

levanta la cabeza.

–Buen día –dice el hombre–. ¿Cómo se llaman los equi-

pos?

–Solo es un partido improvisado entre los niños del ve-

cindario.

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–No son malos. ¿Usted es el padre de alguno?

¿Lo es? ¿Vale la pena explicar exactamente quién es?

–Ese que está ahí es mi hijo. David. El de pelo oscuro.

El desconocido observa a David, ese chico de pelo oscuro

que se pasea con aire abstraído sin prestar demasiada atención

al partido.

–¿No han pensado en organizar un equipo? –dice el hom-

bre–. Permítame presentarme. Mi nombre es Julio Fabricante.

Ella es María Prudencia. Somos de Las manos. ¿No ha oído el

nombre? Es el orfanato que está al otro lado del río.

–Simón –se presenta él. Le estrecha la mano al hombre

del orfanato y saluda a María Prudencia con una inclinación

de cabeza. Calcula que ella tendrá unos catorce años; maciza,

con cejas gruesas y un busto ya desarrollado.

–Se lo pregunto porque nos gustaría recibirlos como

equipo invitado. Tenemos un campo de juego bien trazado y

demarcado, y arcos armados como es debido.

–Me parece que los niños se conforman con patear la

pelota.

–Nadie se perfecciona si no compite –dice Julio.

–De acuerdo. Pero formar un equipo implicaría elegir

once y excluir al resto, y eso estaría en contra de la ética que

se han dado. Así lo veo yo. Tal vez me equivoque. Tal vez les

guste competir y perfeccionarse. Pregúnteles.

David lleva la pelota con los pies. Amaga a la izquierda y

se lanza a la derecha con tal destreza que el defensor queda

paralizado. Luego, pasa el balón a un compañero y se queda

observando cuando este remata con un torpe globo que va a

parar a las manos del arquero.

–Es muy bueno, su hijo –dice Julio–. Un dotado.

–Tiene una ventaja sobre sus compañeros. Practica danza

y tiene por eso mucho equilibrio. Si los otros chicos tomaran

clases de danza serían tan buenos como él.

–¿Oíste, María? –dice Julio–. Quizá tengas que imitar a

David y tomar clases de danza.

María mira hacia adelante sin desviar la vista.

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–María Prudencia juega al fútbol –dice Julio–. Es uno

de los baluartes de nuestro equipo.

Se está poniendo el sol. Pronto el dueño de la pelota se la

va a llevar (“Tengo que irme”) y todos volverán a casa.

–Sé que usted no es su entrenador –dice Julio–. También

me doy cuenta de que no es partidario del deporte organi-

zado. Sin embargo, por los chicos, piénselo. Le doy mi tarjeta.

Puede ser que disfruten de jugar en equipo contra otro equi-

po. Fue un placer conocerlo.

Dr. Julio Fabricante, Educador, dice la tarjeta. Orfanato Las

manos, Estrella 4 .

–Vamos, Bolívar –dice él–. Es hora de volver a casa.

El perro se levanta con esfuerzo y despide un pedo ma-

loliente.

Durante la cena, David pregunta:

–¿Quién era ese hombre con quien hablabas?

–El Dr. Julio Fabricante. Esta es su tarjeta. Es de un or-

fanato. Propone que ustedes formen un equipo para jugar

contra el del orfanato.

Inés observa la tarjeta.

–“Educador” –dice–. ¿Qué significa?

–Es una palabra presuntuosa para decir “maestro”.

Cuando él llega al terreno de juego al día siguiente, el Dr.

Fabricante ya está allí hablándoles a los niños reunidos a su

alrededor.

–Pueden elegir un nombre para el equipo. Y también el

color de la camiseta.

–Los gatos –dice uno.

–Las panteras –dice otro.

Los chicos, que parecen entusiasmados con la propuesta

del Dr. Julio, se deciden por Las panteras.

–Los del orfanato nos llamamos Los halcones, porque el

halcón es el ave de vista más aguda.

Interviene David:

–¿Por qué no se llaman Los huérfanos? –se produce un

silencio embarazoso.

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–Porque no andamos pidiendo favores, jovencito. No

queremos que nos dejen ganar solo por quienes somos.

–¿Usted es huérfano? –pregunta David.

–No. No soy huérfano, pero estoy a cargo del orfanato

y vivo allí. Tengo un gran respeto y mucho amor por los

huérfanos, que en el mundo son mucho más numerosos de

lo que supones.

Los chicos callan. Él, Simón, también calla.

–Yo soy huérfano –dice David–. ¿Puedo jugar para su

equipo?

Los chicos vacilan. Están habituados a sus provocaciones.

Uno de ellos le dice entre dientes:

–¡Basta!, David.

Es hora de intervenir.

–Me parece, David, que no te das clara cuenta de cómo es

ser huérfano, huérfano de verdad. Un huérfano no tiene fa-

milia, no tiene hogar. Y precisamente para eso está el Dr. Julio.

Le ofrece un hogar. Tú ya tienes tu hogar –se dirige ahora al

Dr. Julio–: Me disculpo por hacerlo partícipe de una discusión

de familia.

–No hay necesidad de disculparse. Lo que plantea David

es importante. ¿Qué significa ser huérfano? ¿Quiere decir

solamente que uno no conoce a sus padres? No. En el fondo,

ser huérfano es estar solo en el mundo. De modo que, en

algún sentido, todos somos huérfanos porque, en el fondo,

todos estamos solos en el mundo. Como siempre les digo a

los muchachos a mi cargo, no hay nada vergonzoso en vivir

en un orfanato porque un orfanato es un microcosmos de la

sociedad.

–No me ha contestado –dice David–. ¿Puedo jugar para

su equipo?

–Sería mejor que jugaras para el tuyo –dice el Dr. Ju-

lio–. Si todos jugaran para Los halcones, no tendríamos contra

quién jugar. No habría competencia.

–No le pregunto si todos pueden jugar. Le pregunto si yo

puedo –el Dr. Julio se vuelve hacia él, hacia Simón.

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–¿Qué opina, señor? ¿Le parece que Las panteras es un

buen nombre para el equipo?

–No opino. No quisiera imponer mis gustos a la gente

joven –se detiene. Le gustaría agregar: gente joven que era feliz

jugando al fútbol a su manera hasta que usted apareció.

2

Ya hace cuatro años que viven en ese edificio. Aunque el de-

partamento de Inés en el segundo piso es amplio para los tres,

por mutuo acuerdo él se ha alquilado otro en la planta baja,

más pequeño y amoblado con mayor sencillez. Pudo afrontar

el gasto cuando le concedieron una pensión por invalidez

debida a una lesión en la espalda que jamás se curó del todo

y que data desde sus épocas de estibador en Novilla.

Tiene ingresos propios y un departamento para él solo,

pero no tiene un círculo social, no porque sea poco sociable

ni porque Estrella sea una ciudad poco acogedora sino por-

que ha resuelto desde hace mucho consagrarse por entero

a la crianza del niño. En cuanto a Inés, se pasa los días y a

veces también parte de la noche atendiendo la casa de modas

que es suya a medias con otra propietaria. Sus amistades son

de Modas modernas y del mundo de la moda en general. A él

no le interesan esas amistades. No sabe ni le interesa saber si

Inés tiene amantes entre esos amigos, siempre y cuando siga

siendo una buena madre.

David ha crecido bajo el ala de ellos dos. Es fuerte y sano.

Años atrás, cuando vivían en Novilla, tuvieron una batalla

con el sistema de educación pública. Los maestros decían

que David era obstinado. Desde entonces, no lo han enviado

a escuelas públicas.

Él confía en que un niño de inteligencia innata tan evi-

dente pueda prescindir de una educación formal. Es un chico

excepcional –le dice a Inés– ¿Quién puede prever en qué dirección

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se orientarán sus dones? En sus momentos de mayor generosi-

dad, Inés asiente.

En la Academia de Música de Estrella, David toma cur-

sos de canto y danza. Las clases de canto están a cargo del

director de la academia, Juan Sebastián Arroyo. En cuanto a

la danza, no hay nadie en la institución que pueda enseñarle

nada a David. Cuando el niño asiste a esas clases, danza como

se le ocurre y los demás alumnos siguen sus pasos o, si no

pueden, se quedan mirando.

Él, Simón, también danza, aunque es un converso tardío

que carece totalmente de dones. Baila en su casa, por la no-

che, a solas. Se pone el pijama, enciende el gramófono a vo-

lumen bajo y baila para sí mismo, con los ojos cerrados, hasta

que queda con la mente en blanco. Luego, apaga la música,

se va a la cama y duerme el sueño de los justos.

La mayor parte de las veladas, la música es una suite de

danzas para flauta y violín, compuesta por Arroyo en me-

moria de su segunda esposa, Ana Magdalena. Las danzas no

llevan título y la grabación, realizada en alguna trastienda de

la ciudad, no tiene etiqueta. La música es lenta, majestuosa

y triste.

David no se digna asistir a las clases normales, en parti-

cular no se digna hacer los ejercicios de aritmética propios de

cualquier niño normal de diez años. Es un prejuicio contra

la aritmética, inculcado por la difunta señora Arroyo a todos

los alumnos que pasaban por sus manos, a quienes decía que

los números enteros merecen ser reverenciados porque son

divinidades, entidades celestiales que existían antes de que

naciera el mundo físico y seguirán existiendo después de que

el mundo llegue a su fin. Mezclar los números entre sí (adi-

ción, sustracción) o cortarlos en trozos (fracciones) o utilizarlos

para medir cantidades de ladrillos o de harina (la medida)

constituye una afrenta a su condición divina.

Cuando el niño cumplió diez años, Inés y él le regalaron

un reloj, que David se niega a usar porque (según dice) im-

pone a los números un orden circular. Puede ser que la hora

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nueve sea anterior a la hora diez (dice), pero el nueve no está

antes ni después del diez.

A la devoción por los números de la señora Arroyo, que

se corporizaba en las danzas que enseñaba a sus alumnos,

David le ha dado un giro propio: la identificación de ciertos

números con determinadas estrellas del cielo.

Él, Simón, no comprende la filosofía del número propug-

nada en la academia de manera manifiesta por la difunta se-

ñora y más discretamente por el viudo Arroyo y sus músicos

amigos (en privado, él no la considera una filosofía sino un

culto). No la comprende pero la tolera, no solo por conside-

ración a David sino porque, en ocasiones propicias, cuando

danza a solas por la noche, a veces tiene una visión, momen-

tánea, fugaz, de lo que la señora Arroyo solía hablar: inconta-

bles esferas plateadas que rotan una alrededor de la otra con

un murmullo ultraterrenal en un espacio sin fin.

Él danza, tiene visiones, pero no piensa en sí mismo como

un converso al culto del número. Tiene para sus visiones una

explicación razonada, que la mayor parte de las veces lo deja

conforme: el ritmo adormecedor de la danza, el canturreo

hipnótico de la flauta, inducen un estado de trance en el que

fragmentos arrancados del lecho de la memoria se arremoli-

nan ante el ojo interior.

David no puede o no quiere hacer sumas. Lo que es más

preocupante, no lee. Es decir, habiendo aprendido a leer

solo, sin ayuda, con el Quijote, no tiene interés por leer

ningún otro libro. Se sabe el Quijote de memoria, en una

versión abreviada para niños y no lo considera una historia

inventada sino verídica. En alguna parte del mundo –y si

no es de este mundo será del próximo– está don Quijote,

montado en Rocinante y acompañado por Sancho que tro-

ta a su lado sobre un asno.

El niño y él han tenido discusiones sobre el Quijote.

–Si abrieras tu mente a otros libros, le dice él, descubrirías

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que hay una multitud de héroes en el mundo además del

Quijote, y también de heroínas, que surgen de la nada gra-

cias a la fértil imaginación de los autores. De hecho, como

eres talentoso, podrías crear tus propios héroes y lanzarlos al

mundo para que vivan sus aventuras.

David apenas lo escucha:

–No quiero leer otros libros –dice con desdén–. Ya sé leer.

–Tienes una idea falsa de lo que quiere decir leer. No

significa solamente transformar signos impresos en sonidos.

Es algo más profundo. Leer de verdad significa escuchar lo

que un libro tiene que decir, y reflexionar sobre ello… tal

vez, incluso, tener una conversación mental con el autor.

Significa aprender cómo es el mundo, el mundo tal cual es

realmente, no como tú deseas que sea.

–¿Por qué? –dice David.

–¿Por qué? Pues porque eres joven e ignorante. Solo te

librarás de la ignorancia abriéndote al mundo. Y la mejor

manera de abrirte al mundo es leer lo que otra gente tiene

que decir, gente menos ignorante que tú.

–Sé cómo es el mundo.

–No, no lo sabes. No sabes nada del mundo, fuera de tu

propia y limitada experiencia. Danzar y jugar al fútbol son

actividades excelentes en sí, pero no te enseñan nada acerca

del mundo.

–Leo el Quijote.

–Don Quijote, te lo repito, no es el mundo. Todo lo contra-

rio. Es una historia inventada sobre un hombre viejo e iluso.

Es un libro entretenido: te transporta a esa fantasía, pero la

fantasía no es real. De hecho, el mensaje del libro, precisa-

mente, es advertir a lectores como tú para que no se dejen

arrastrar a un mundo irreal, a un mundo de fantasía, como

le pasó a don Quijote. ¿No recuerdas cómo termina el libro,

cuando don Quijote recupera la cordura y le dice a su sobri-

na que queme todos sus libros para que nadie se vea tentado

de seguir su loco camino en el futuro?

–Pero ella no los quema.

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–¡Sí que los quema! Tal vez el libro no lo diga, pero los

quema. Está más que agradecida de librarse de ellos.

–Pero no quema el Quijote.

–No puede quemar el Quijote porque ella está dentro del

Quijote. No puedes quemar un libro si estás adentro de él, si

eres un personaje del libro.

–Puedes hacerlo. Pero ella no lo hace. Porque si lo hubiera

hecho, yo no tendría el Quijote. Estaría quemado.

Él termina esas discusiones perplejo aunque oscuramente

orgulloso: perplejo porque no puede superar a un niño de diez

años en una discusión; orgulloso porque ese niño de diez años

puede enredarlo con tanta destreza. Puede que el chico sea pere-

zoso, puede que sea arrogante, se dice, pero al menos no es estúpido.

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