LITORAL

TINTA FRESCA

TINTA FRESCA

PENSAMIENTO CRÍTICO, CLAVE PARA QUE SOCIEDADES NO PIERDAN LA BATALLA

La sociedad invernadero es un texto denso, lleno de datos duros y reflexiones profundas, que cruza por diversas disciplinas, desde la filosofía y la cultura, hasta la política, la economía, la historia y la comunicación, para ofrecer un análisis documentado y sistemático, sin dogmatismo ni interpretaciones lineales, sobre el neoliberalismo en su fase actual, la de las paradojas de la libertad, la fábrica de la subjetividad, el neofascismo y la digitalización del mundo; así como de los retos y oportunidades de nuestro presente.

Es el más reciente libro de Ricardo Forster (Buenos Aires, 1957), doctor en Filosofía, profesor e investigador de la Universidad de Buenos Aires, y catedrático invitado en universidades de México, Estados Unidos, Brasil, Chile, Uruguay, Colombia, Perú y República Checa, quien en su reciente visita a México presentó su libro y habló a Litoral sobre su percepción del mundo y la visión de un pesimista crítico-activo que impulsa su compromiso intelectual con el debate de ideas que eviten la autodestrucción de las sociedades.

Aunque no es la primera entrevista del día, exponer el tema le emociona, su interés, afirma, es que quien lea este trabajo sienta que alguna de las ideas o las preguntas que están ahí lo pueden tocar o conmover, y más en este caso en el que intenta adentrarse en la sociedad contemporánea y sus complejidades; en esa fábrica de producción de subjetividades que es el neoliberalismo. “Mi intención es que el lector sienta que ahí hay algo que también lo atraviesa, que puede ser parte de su experiencia y, sobre todo, que es posible una mirada crítica sobre el sistema en el que hoy estamos insertos y que nos prostituye, nos domina y nos hace daño.

Una de sus premisas es desentrañar cómo se ha ido configurando la “economización” del mundo, pero por qué es que nos interesa a todos, se pregunta. La respuesta es obvia, porque hoy todo en la vida está atravesado por la idea de rentabilidad, los afectos, el modo de vestir, el cuerpo, la política, las estéticas, la cultura, no hay nada que parezca salvarse de esta reducción economicista de todas las esferas de la existencia, es neoliberalismo en estado puro.

Por eso, explica, un libro como este lo que busca es desentrañar, descifrar, deconstruir los mecanismos a través de los cuales se ha ido desplegando y produciendo un sistema de dominación, de opresión que genera formas de fragmentación más profundas, de desocialización de nuestras sociedades, que lanzan a nuestros individuos a experiencias muy complejas, donde la figuras del hiperindividualismo, el egoísmo, o la meritocracia, dominan gran parte del modo como las sociedades actuales se procesan los vínculos entre las personas.

Vivimos, reflexiona, un momento de mucha crisis de lo compartido, de lo común, de lo que debería ser lo público, como lugar de confluencia de la experiencia individual, pero también de construcción de la experiencia comunitaria. El capitalismo en su etapa neoliberal es depredador de esas instancias y apunta a consolidar la idea y la práctica de una sociedad de individuos solipcistas, encerrados en una burbuja, de un invernadero climatizado al que solo tienen acceso un 20 por ciento de la humanidad, mientras que el otro 80 por ciento, que son miles de millones de personas, sobreviven atravesando distintas experiencias de precariedad, pobreza, exclusión, etcétera.

La sociedad invernadero es la sociedad del hipercapitalismo en su etapa neoliberal y discutir esto es discutir nuestros países nuestras sociedades, pero también entender que no siempre fue igual. Hoy el neoliberalismo ha logrado captar el sentido común de una parte de la sociedad y ha demonizado al capitalismo de bienestar. Por ejemplo, la gratuidad de la enseñanza y la salud son derechos que el neoliberalismo ha convertido en privilegios, el uso del agua y la energía lo ha convertido en negocio, todo se convierte en negocio, si algo vale es rentable, si no, no sirve, de alguna manera este libro busca desentrañar estos mecanismos, abunda el estudioso.

Si todo es tan negro, ¿qué nos queda por hacer?

Su rostro se anima, porque no obstante el panorama, sostiene, hoy es posible seguir librado un combate por ideales emancipatorios, pero para ello es imprescindible poner en evidencia el daño descomunal de un sistema absolutamente enloquecido y depredador de la naturaleza y los seres humanos, en la eternización de su lógica de rentabilidad, en ese sentido sí se dice optimista, “porque hemos visto que es posible, con todas las limitaciones y dificultades que marca esta época del sistema y del mundo, que se puedan ampliar derechos y ciudadanía, que la gente comprenda que las sociedades pueden organizarse de un modo que no sea la lógica de la maximización de la ganancia”.

En su opinión, hay que diferenciar entre el pesimismo pasivo, el que dice: el mundo siempre fue igual, el que corre más ligero siempre llega antes, pobres ha habido siempre, todos conocemos ese discurso, hay una especie de melancolía, en el pasado todo era mejor, este discurso ha sido cómplice del sistema sin saberlo, el sistema quiere pesimistas pasivos, que estén convencidos que nada es posible que es inimaginable transformar la injusticia en la sociedad en la que vivimos.

Del pesimismo crítico-activo, ese que tiene que ver con el optimismo de la inteligencia, que según Antonio Gramsci, es el de la voluntad, y que se ejemplifica con el pesimista que lo que hace es describir el horizonte en el que estamos viviendo, desarma la lógica del sistema y en ese sentido se activa porque necesita de la política, no entendida como el marketing sino la política como el litigio por la igualdad, la necesidad de encontrar alternativas para que los incontables tengan una vida mejor y ese es un chance de política emancipatoria.

Así, uno puede ser crítico y al mismo tiempo no renunciar a la acción transformadora, uno puede ser pesimista y describir la realidad de un mundo donde unas pocas personas son dueñas de la inmensa riqueza que produce la humanidad, fortunas individuales que tienen más de la mitad de la riqueza producida de tres mil 500 millones de seres humanos. No podemos renunciar a dar una batalla para que esta sociedad no termine destruyéndose a sí misma.

¿Hay algún punto de ruptura de estas sociedades invernadero?

Toma un segundo aire y explica que según él, no hay una ruptura lineal, porque paradójicamente “en nuestras sociedades, reconstruir un Estado social es algo revolucionario, en los años 60 se habría visto como un reformismo no muy interesante pero hoy un Estado que reconstruya la educación, la salud, que genere otro tipo de relación con el trabajo, que defienda los derechos y que no deprede y precarice la vida social es un gesto casi revolucionario y en algún punto de las experiencias que se están viviendo en América Latina eso ya está presente; es un momento interesante y activo, en un contexto difícil, donde crecen las extremas derechas, donde el ciclo del neoliberalismo produce un nuevo maridaje con formas del autoritarismo que se expresan en las extremas derechas europeas y en nuestro continente desde Donald Trump hasta Jair Bolsonaro, advierte el autor de La sociedad invernadero, publicado por Akal/Inter Pares.